COSTA VICENTINA-COSTA ALENTEJANA 4X4-PORTUGAL

Cuatro amigos para un camino.

Hemos pasado del posible enésimo viaje por tierras de Marruecos a hacerlo de manera iniciática por Portugal. Esta tierra, que no rehuye de su asonancia con el Oceáno Atlántico, presenta su naturaleza primitiva sin huir del avance del turismo. En gran parte esa visita de turistas busca algo parecido a lo que nosotros pretendemos. Mucho caminante y ciclistas entrecomillan sus caminos con destinos dispares.

Intentando no romper esa interacción con el territorio nos hemos ido moviendo por ambientes dispares con el máximo respeto por la naturaleza. Es nuestra forma de entender los viajes de este tipo.

El grupo de cuatro vehículos 4×4 no ha dejado rodadas nuevas en los caminos. Todas nuestras huellas han sido sobre otras ya existentes para no romper el espacio natural. Cuatro vehículos, cuatro viajeros.

Entre el Alentejo (más allá del Tajo) y la Costa Vicentina puedo apreciar una diferencia, al menos, bastante definitoria. La Vicentina está protegida por acantilados y la Alentejana por playas extensas con dunas. Ya sé que es una diferenciación muy básica y que no tiene por qué ser realista al cien por cien, pero es la mejor manera que he encontrado para poder referirme a ellas sin menoscabar a ninguna. Es cierto que ambas casi se superponen en algunos tramos.

La Costa Vicentina ocupa el litoral que va desde el cabo San Vicente (Playa de Burgau, en Sagres) hasta la Playa de Odeceixe, donde desemboca el rio Seixe.

La primera noche la pasamos en Loulé. Para ser preciso, la pernocta la hicimos a las afueras de la población yendo de camino hacia el interior. No es un viaje cultural, así que nos perdemos algunos «detalles» de la misma. Su mercado, el castillo, su ayuntamiento y, sobre todo, algo que se me suele escapar. En algún que otro viaje he dejado de verlo. Se trata de la mina de sal-gema. Son galerías de sal pura situadas a algunos centenares metros de profundidad. En todo caso, pudimos ver algunas de las fachadas de algunos emblemáticas edificaciones durante el tránsito para la cena.

El acceso a la casa es a través de una carretera local y estrecha. Casa de Avó, en Rua da cruz da Assumada. Es una casa pequeña y rehabilitada, con dos dormitorios y un salón. Por supuesto, con WC. Desde el salón se accede a un porche de madera y cañas desde el que se puede disfrutar de un pequeño terreno. En esa casa descubrimos una nueva forma de echar la llave a la puerta. No voy a explicar cual es el método… por seguridad. El caso es que tuvimos que acercarnos al pueblo, sin poder cerrarla. Colocamos uno de los coches pegado a la puerta de entrada para bloquearla. Al volver de la cena recibimos la información para poder cerrar con llave la puerta.

Llegamos al pueblo y tras un corto paseo, en el que una nativa del lugar nos recomienda un par de lugares para cenar, decidimos elegir uno en el que la terraza, con luz pobre natural y artificial, nos permite reponer fuerzas. Es un kiosko que recibe los platos de un restaurante que está justo enfrente.El ambiente es distendido siempre en el grupo que formamos. No es algo nuevo, todo lo contrario.

Acabada la cena, volvemos al alojamiento y nos relajamos más, si se puede, bajo la cubierta de la terraza. Un vaso dilatador siempre suma a la hora de las charlas.

Es martes y supondrá el primer día de camino 4×4. Hemos elegido una ruta interior antes de desplazarnos hasta la costa. Nuestra creencia, desde el desconocimiento, es que sería algo llevadero. Tan es así que contamos con completar el recorrido total, marcado por tracks ajenos de los que nos apropiamos a través de Wikiloc.

Desayunamos camino de Loulé en Campainha. Es un pequeño bar con terraza nombrado como Café Ideal. Unos bocadillos de chorizo con lonchas de queso sirve a alguno para cambiar el color de tez. Acabado, volvemos hasta el alojamiento e iniciamos la ruta. Son las 09:45 de la mañana de un día de verano incrustado en octubre. Es lo más parecido a una okupación. El asfalto nos lleva hasta los primeros caminos de tierra. A las 10:20 el polvo del camino comienza a tomar posesión de nuestras carrocerías. El día es brillante y la temperatura elevada. Mediados de octubre atípico, creo. Pasos con desniveles elevados se nos presentan casi sin dar tiempo a quitarnos el sabor de boca del desayuno. Los montes acogen a suficiente vegetación como para que predomine el verde sobre el marrón.

Pasado el medio día nos salimos de la ruta para tomar algo. La pista no es el camino de alfombras que pudimos imaginar. Lo hacemos en el Café Coelho. Todo acaba; el refrigerio también. Volvemos a enlazar pistas y terminamos dejando una parte importante de la ruta para otra vida. Hemos levanta polvaredas suficientes como para dar trabajo a las máquinas lava coches de cualquier localidad. Le hemos dedicado, a apenas 1/3 del recorrido, algunas horas. Hemos visto polvo en suspensión, pero también zonas de encinas y monte mediterráneo (curioso, estamos cerca del Atlántico), agua del embalse de Funcho, con su pertinente presa, y el rio Arade, patrocinador de sus aguas. Ha sido una toma de contacto que ha superado las espectativas.

A las 15:00 estamos en Amorosa. La Tasca de Zabel nos proveerá, como dicen que hacen los dioses.

Portimao nos espera. Para llegar necesitamos bajar la comida. Nada mejor para ello que acaparar nuevas particulas de polvo. Es casi el mismo escenario ambiental que el de toda la mañana. Desniveles, naturaleza y polvo… mucho polvo. Pasadas las 18:00 conseguimos llegar al destino.

Y ya estamos en la costa. La casa abuardillada exige a alguno esfuerzos en rodillas para alcanzar el cielo a la altura de la segunda planta.

Portimao tiene una amplio paseo martítimo y al menos un par de clubs nauticos. Gran parte de ese paseo está sembrado de arte. En fechas estivales seguro que acoge a visitantes en demasía. Tenemos la suerte de que es octubre y el paseo vespertino es apacible. Las fotos son imprescindibles para manejar los futuros recuerdos.

Me quedo con su amanecer caminando por el paseo marítimo del día siguiente.

Hemos traspasado el martes y nos sometemos al miércoles. Ya dejamos el interior y la línea curva nos lleva en dirección al Cabo San Vicente. Va a resultar no tener nada que ver con una fingida tristeza de amor. La costa comienza a mostrarse llena de sol y buena temperatura. A veces, jugando a ganar se puede obtener el premio. Decidimos acortar la zona interior y el toparnos con los altos acantilados costeros nos reafirma la ideoneidad de la selección. El caso es que decidimos visitar la Fortaleza de Belixe a apenas un par de kilómetros del cabo de San Vicente. Es la zona del Sagres. Desde la altura de esos acantilados podemos ver la playa de Beliche. Los primeros surfistas aprovechan las olas para equilibrarse sobre ellas, hasta que se caen, claro.

Recorremos la fortaleza, previo pago de entrada, de manera circular. No le dedicamos mucho más tiempo del necesario ya que, entre otras cosas, hemos venido a recorrer lo máximo posible de la ruta costera y nos quedan centenares de kilómetros para llegar al destino final.

Hemos aprovechado al máximo las horas que nos dispensa el día. A las 16:30 decidimos parar para comer. Estamos en la Playa do Amado y las moscas se han enterado de nuestra llegada y nos reciben con entusiasmo. Para llegar hasta aquí hemos tenido que circular a veces con exigencias. Algunos tramos con desnivel elevado nos animó, en algunos casos, a mantener máxima la atención. En una ocasión incluso nos hizo dudar de la viabilidad del camino. Nada pudo con las ganas. No hubo mejor manera de disfrutar el contacto con la costa tras esas pistas en ocasiones técnicas.

Entre el Parque Natural del Sudeste Alentejano y la costa Vicentina nos hemos ido adentrando, de manera puntual, por el interior. Tras la comida y su pertinente descanso, buscamos alojamiento. Terminamos de recorrer los caminos en dirección a la Playa de Bordeira. Esta última playa me dejó un buen sabor. Algunos acantilados del camino previo lucen bajo la pista de tierra. Es muy llevadera y válida para cualquier tipo de vehículo. El asfalto nos acogió sin necesidad de esperar a la noche para hacerlo. Eso para otros viajes africanos. Hemos discurrido por acantilados salpicados de arenales. Todo parece conjugarse para obtener la mirada precisa.

En Carrapateira encontraremos el lugar. Por 60 Euros nos acomodaremos en una casa con dos habitaciones. Emilio ha tomado el mando en la búsqueda de los alojamientos, salvo el de la primera noche. Raquel hizo el trabajo de localizarnos la primera desde Ceuta.

Tras tomar posesión, de un alojamiento para gente baja o con cuidado a la hora de levantarse, tocaba salir a tomar algo.

Lo hacemos en O Pontal. Es un bar con terraza situado en una plaza breve de espacio. Hay un par de bares más, con tintes turísticos. También tiene un pequeño mercado y, a la vuelta de la esquina, un bar de pueblo. Todos con terraza.

Nuestra primera opción era degustar un aperitivo y dar un breve paseo posterior hasta la hora de cenar. Estábamos tan relajados que tomamos algo como aperitivo y decidimos seguir allí enlazando con la cena.

Volvemos a desperazarnos. Nuevo día para disfrutar de los caminos en versión 4×4. Duchados, nos acercamos hasta el bar Amigos do Carrapateira (El llamado de «pueblo»). Nos adaptamos a la excesiva tranquilidad en el servicio y lo disfrutamos en la terraza. Es fácil toparse con senderista de nacionalidades diversas. A muchos de ellos nos lo cruzaremos por la tierra. Tenemos la delicadeza de reducir drásticamente la velocidad para no ahogarlos con el polvo en suspensión.

En este inicio de camino nos movemos casi ya por la playa de Bordeira. El rio Carrapateira nos separa de ello físicamente, no visualmente. Desde el Pontal de Carrapateira observaremos los arenales. Aun no me he acostumbrado a ver tanta belleza contínua.

Ahora estamos plenamente integrados en el Parque Natural.

El paisaje del inicio del día siguiente, jueves, no cambia prácticamente. Acantilados y calas. Las vamos dejando atrás hasta que decidimos desviarnos para poder disfrutar con tranquilidad de un de ellas. Está en la desembocadura del rio Carrapateira. Hasta una especie de mirador llegamos a pie a través de pasarelas de madera. Es común verlas en esta zona portuguesa. Desde allí nos deleitamos con la playa de Bordeira, apenas alejada de nuestra ubicación. Esta playa es lo más parecido a un anuncio telivisivo sobre el paraiso terrenal. Las olas fenecen en el arenal no sin antes levantar espuma mientras se reduce su onda. El camino sigue siendo muy transitable para todo tipo de vehículos. Una hora más adelante nos detenemos de nuevo para observar la playa del Canal. Esta vez el arenal ha dejado paso a los piedras y cantos. El camino está a apenas unos metros del oceáno. Nos estamos moviendo por el Parque Natural del Sudeste Alentejano hasta que llegamos a la playa de Odeceixe. Entre la playa y el rio se forma un lugar especialmente bello. Una pequeña población domina la cutodia del lugar. Está bordeando el rio Seixe. A su lado también podemos ver la playa de Adegas. Son más de las 15:00 cuando decidimos comer algo.

La tarde nos acerca hasta Vila Nova de Milfontes. A las 17:00 nos fusionamos con sus calles. El rio Mira la ve desde el norte. En esta población continuamos en el Parque Natural. Estamos prácticamente a la mitad del recorrido total programado.

Pasear por sus calles trasmite serenidad y calma. Su casco antiguo se asemeja a otros tantos ya visitados. La visita nos lleva hasta el anochecer. Es justo el momento reservado para cenar. Tras intercambio de pareceres, decidimos hacerlo en el centro de la villa. Una zona peatonal con tiendas para compras de souvenirs, entre otras, nos señala un restaurante para hacerlo. Está situado en una plaza alargada que hace las veces de remanso de esa calle. Nuevamente optamos por la terraza.

Llega el viernes como último día de todo terreno. Circulamos muy cerca del Forte do Pessegueiro. Este nombre me apetece ponerlo en portugués. La ruta nos lleva hasta un lugar especial a través de los caminos de tierra. Es la entrada a la población de Porto Covo.

Es como un encontronazo. El camino hace una forma de herradura y está sembrado de algas. La pequeña playa de la bahía de Porto Covo es casi anexa al puerto pesquero natural. Apenas unas pequeñas embarcaciones, que casi parecen de recreo, están fondeadas. En la punta de esa herradura hay algo parecido a casetas de pescadores. La bahía natural protege de olas a dichas embarcaciones. La imagen es preciosa. A veces los lugares diminutos albergan a grandes bellezas naturales. Éste es uno de esos lugares.

Tras atravesar la población por su centro volvemos a buscar el track del camino. Apenas una hora después llegamos hasta un lugar lugar que me recuerda a la Raya Real, camino del Rocio, en Huelva. Un ensanche arenoso, de algunas decenas de metros entre sus cunetas, convierten la conducción en lo siguiente a entretenida.

Volvemos a arañar nuestros vehículos con estrechas pistas pobladas de vegetación hiriente. Alguna rama caida hacen peligrar nuestra seguridad al circular por ellas. La destreza hace viable ese recorrido. Nuevamente regresamos hasta la línea de mar. Dejamos a un lado la Praia Do Forte Cortiço. También en portugues.

Y, teniendo reciente la llegada de la tarde, nos desviamos hasta la Playa de Costa de San Andrés. Es una playa con dunas que separan el litoral con el Lago de San Andrés. Allí decidimos comer, en un chiringuito a pie de playa llamado Santo André Beach Lounge. Charlamos un rato con moteros españoles.

En casa Rodrigues, reposaremos. Está en la población de Santiago Do Cacém.

Se acaba una nueva historia. Hemos llegado al final sin percances. Un nievo día, ya por asfalto, nos llevará de regreso a África no sin antes padecer el reventón de una rueda.

Ha sido una experiencia positiva, a parte de interesante. Otra forma de entender esta afición nuestra.

Hay lugares a los que me gustará regresar. Esta tierra tiene algo especial.

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