Olhão, Tavira y Faro.

Tras mes intenso en Ceuta consigo alejarme físicamente del campamento mental que solemos crearnos cuando las cosas se complican. La crisis de este julio de 2026 será dificil de olvidar.

En Portugal al menos he podido descansar la mirada, que no la mente. Bueno, a ratos la mente si se ha relajado. Hacerlo por estos lugares es algo más fácil.

Olhão (Me ha costado encontrar el acento portugués en el teclado del ordenador) ha sido el lugar desde dónde movernos hacia otros lugares. Se ha convertido en el epicentro de esta búsqueda del espacio para el sosiego.

Olhão es una ciudad que está en el Algarve y pertenece al distrito de Faro. Sus 30.000 habitantes se me representan como con un toque especial. Me ha gustado la zona donde hemos posado nuestros cuerpos para descansar. La casa está situada en el barrio de pescadores llamado Barrio de Barreta. Aun quedan muchas de ellas sobreviviendo a la pertinaz invasión de los nuevos tiempos. La forma de cubo de las mismas es lo que las distingue. El amplio paseo marítimo está a apenas cinco minutos. En ese paseo domina el inglés y la apariencia turística de los viandantes. Los que están en las terrazas de los locales, consumiendo, también tienen esa característica.

Toca reseñar que la isla de Armona también pertenece al municipio. Esa isla está en la Ria de Formosa.

Cada anochecer caminamos por el paseo marítimo y nos dedicamos a observar el ocaso lleno de colores rojizos. Laca, nuestra perra de agua, nos ha convencido de que su raza está bien nombrada.

La iglesia parroquial, el mercado de abastos con sus cuatro torreones abovedados y cambiantes de color al anochecer y, por supuesto, el barrio de pescadores, que es donde nos alojamos y al que ya he nombrado, no son solamente un reclamo para el visitante. Son lugares emblemáticos para los habitantes. Por supuesto, tras el punto y seguido, el muelle pesquero y/o deportivo también llenan los sentidos de buenas vibraciones. Ir por el paseo marítimo, observando ese puerto lineal, merece la pena.

Dicen que el Algarve se ha convertido en un centro turístico al estilo de otros. Pareciera que las almas de los pescadores locales hubieran volado hacia otros mares. Sin embargo, dentro del Algarve, Olhão mantiene la esencia vital de sus ancestros pescadores. Lo dicho anteriormente (referente a la apariencia de muchas de sus casas) corrobora que es como el último reducto pesquero de la zona. En el barrio donde nos quedamos las calles son callejuelas, las fachadas parecen no estar hechas de ladrillos gracias al blanco que los cubre; las azoteas, que hoy son usadas para tomar algo de manera distendida bajo el cobijo de toldos, eran usadas por las mujeres de la localidad en el pasado para observar la llegada de los pesqueros con sus familiares a bordo y también para conseguir conciliar el sueño en las noches de veranos tórridos. No es para resumir, pero la gente residente parece ser la de toda nuestra vida.

Las lagunas y canales de la Ría de Formosa se acercan a la localidad al igual que esta intenta no despegarse de ella. Es un parque natural. No buscamos playa en la ciudad, porque no las hay. En realidad encontramos, sin buscar, la mirada del que no posa para el reclamo turístico. Me ha hecho retrotraerme a épocas muy remotas en las costas españolas, cuando el turismo tan solo se veía en alguna de las películas en blanco y negro. Eso es lo que realmente me ha provocado pasear por este barrio.

Puedes coger un transporte marítimo para acercarte hasta las islas de Culatra y Armona. Dicen que pasear por sus arenales blancos y senderos de madera suponen un salto de calidad. No nos acercamos a los ferris, que trasladan hacia ellas, porque dudábamos de que Laca lo pasara bien en la travesía. Muy cerca, en coche, tenemos otras playas. Algunas de ellas casi sin acaparadores humanos de rayos solares para destacar el aspecto de sus pieles. Laca se ha sentido parte de esas playas. Creo que, tras varios días, sigue teniendo granos de arena por entre su pelaje. Espero que Portugal no nos haga pagar por esa muestra de los arenales exportados hacia España, o sea, a Ceuta.

Zonas de playa en las que nos hemos movido:

  • Praia do Lacém Mar
  • La Barrinha, en Faro
  • Playa de Fuseta o Fuzeta. Muchos la conocen como la playa de los tiesos.

Para llegar a la de Lacém seguimos la carretera, en muy buenas condiciones por cierto, hasta llegar a un desvío. Ese desvío conduce hasta esa playa diferente a través de un camino de tierra. Muy cerca hay algún campo de golf. Hablo de playa diferente y el motivo para ese calificativo lo explico unas líneas más abajo. La zona pertenece a Tavira. Cuando nos topamos con ella (literal) la primera impresión es la de … «¿Playa?». Apenas hay seis personas en esta parte del arenal. La marea está muy baja y podemos observar como los/as mariscadores/as en la orilla se afanan, durante horas y bajo un sol injusto, para apenas capturar unos cubitos de almejas y otras vidas.

A diferencia de otras playas, en esta no vemos el gran Atlántico. Frente a nosotros aparecen islas de arena, como si fueran barreras físicas. Se oyen las olas tras esos islotes de arena. Delante nuestra, entre los islotes y el arenal donde nos posamos, circula una lengua de agua salada. Es como un meandro que circula, con corriente a causa de los cambios de mareas, aportando agua a temperatura casi ambiente. Una ria, para ser correctos. Tumbarte en ese flujo marino y dejar que el sol vaya dorándote de lado a lado no tiene precio. Laca corría por el agua tanto como nadaba. Todo tras su pelota favorita de juegos. Incansable y adorable al mismo tiempo. A esta playa hemos acudido un par de veces.

A veces dejamos espacio para adentrarnos en las entrañas de las poblaciones. Respetamos escrupulosamente el reparto de tiempo para disfrutar de todo un poco.

Sin dejar la ria Formosa, paseamos por Tavira. Nos acercamos a la Iglesia de Santa María Do Castelo siguiendo, a traves de calles, una lona azul a modo de pasarela. Atraviesa la población el rio Gilão y, en compensación, al rio lo atraviesa el puente romano. Parece como un acto de equilibrio natural. Tiene arenales inmensos y el Parque Natural de Formosa acoge a una gran variedad de fauna.

Siguiendo con la población, la visita del castillo medieval también forma parte del circuito a visitar. El acceso a la parte superior de las murallas protectoras es a través de escalinatas, cortas pero empinadas. Los jardines que lo adornan, a parte de mostrar colorido, trasmiten sombras.

El caminar por sus calles adoquinadas, observando con detenimiento sus edificaciones, te va dejando un gusto viajero diferente. La pausa no es un defecto. No miramos el reloj y el tiempo parece detenerse. No sé el motivo, pero consigue que imagines la vida allí en épocas muy lejanas. La mezcla de lo morisco y portugués han escrito su historia. Los azulejos en las fachadas son como las marcas de agua. Si te fijas bien, descubres las diferencias entre fachadas que parecen iguales.

El jardim do Coreto, con su quiosco y el estanque que lo rodea, es el más antiguo de la ciudad.

No lo puedo asegurar, pero al llegar nos hemos encontrado con la XII Feria da dieta mediterránea. No puedo negar que ese acento en la palabra «mediterránea » no es el portugués. el caso es que pareciera que la feria fuera como un recibimiento a nuestra llegada. En algunas plazas y jardines hay casetas expositoras de madera. Escenarios varios se han distribuido por zonas de la villa. Uno de ellos parece ser el principal, por su tamaño y situación. Es cierto que nos han faltado cosas que ver y calles que recorrer, pero el aire respirado allí ha abastecido de suficiente oxígeno a nuestros pulmones.

Fuseta Beach. Había que encontrar un lugar, alejado un poco de la oficialidad de la playa, para estar con Laca. En una esquina de esa playa, junto a la Estación de botes salvavidas, dejamos reposar nuestros cuerpos. La tranquilidad de la zona no se correspondía con las ansias de juego de Laca. Iría con ella al fin del mundo. Es una perra que parece hecha para estar cercana a mí. La estación salvavidas en una casa sostenida por pilares en pleno arenal. Los cambios de las mareas, de varios metros, hicieron que se construyera así. El único problema de la zona es el aparcamiento.

Termino mi viaje entre letras hablando de La Barrinha. Situada en Faro, esta playa inmensa hizo que dejara de clasificar de una vez por todas a las playas del Algarve. Para llegar hasta el arenal con el coche seguimos una pequeña carretera hasta que el asfalto desapareció. En esa zona perviven casas de pescadores luchando contra la fuerza natural de las dunas. Mantener viva esas construcciones necesitan de un mantenimiento constante. Allí me sentí un privilegiado. La paz interior se convirtió en un monumento que espero no desaparezca jamás de mis recuerdos. Reconozco que alguna conversación me ha servido para dar un toque final a una obra que ya creía acabada. También tuve un poco de tiempo para hablar con mi yo interior. La vida debería tener espacios suficientes para disfrutar de nosotros mismos.

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