De Cabo de Gata a Senés

TRES MOTIVOS PARA UN FIN DE SEMANA LARGO

Iniciamos el fin de semana un jueves por la tarde. Preferimos pasar la noche en Fuengirola para salir temprano hacia Cabo de Gata.

La visita, prometida a Fernando para conocer su cortijo en Senés, también la aprovechamos para hacer algo que nos gusta: remar en el mar. Esa costa me resultaba atrayente desde hacía bastante tiempo, pero nunca se pudo hacer. Habíamos quedado a las 10:30 para recoger los kayaks en La Playa de Piedra Galera. Una ligera brisa del SO nos anticipaba una buena mañana de remo. Un hándicap, pensado pero no esperado, ha sido la falta de timón en tres de los cuatro kayaks. Fueron un poco más de dos horas de navegación con viento en contra de ida hacia la playa de San José y a favor a la vuelta, lógicamente, pero con constante aumento en la intensidad del mismo. Quince kilómetros en total. La ida la hicimos costeando, sorteando rocas a veces, entrando en pequeñas cuevas y bordeando calas. Cala Cortada, Cala Chica, Cala Tomate, Cala de las Hermanicas, Cala Higuera…

Pegado a la playa de San José está el puerto. Pequeño pero suficiente para protegerse las embarcaciones de menor tamaño. Desembarcamos justo en la esquina de la playa que está pegada a ese puerto y tomamos algo en una terraza que estaba en la Calle del Puerto. Suerte que llevábamos móvil para poder pagar.

La vuelta fue algo más complicada. El viento subió y levantó un poco el mar. Sin timones (sobre todo si estás acostumbrado a llevarlos) es más complicado. No difícil.

A la llegada a la playa nos esperaba el carro de las piraguas y un perro con ganas de morder.

Tras entregar kayaks y demás accesorios tocaba buscar lugar donde comer. Almería sería el destino.

Me ha sorprendido su zona de bares. Por referencias, buscamos El Puga, pero estaba de reformas. Casi a su vera, El Quincho nos acogió. La idea inicial era alternar en varios locales, pero el trato y la oferta hicieron mella en nuestra voluntad inicial y acabamos donde empezamos. No nos movimos hasta que cerró, por descanso del personal. Tal vez nos quedó alguna tapa que probar…

Un paseo por sus calles era preceptivo. Bajar lo comido a veces es importante. Nos paramos en El Kiosko de Amalia. Una mesa para cinco en la Plaza Manuel Pérez García. ¿Qué beber? Indudablemente el «Americano». No había oído hablar de ello en mi vida. ¿Y de qué se trata? Es un cóctel, con leche, de color rosado con adornos de cáscara de limón y canela. La pregunta es… ¿Dónde está el alcohol? Sencillo y a la vez complicado. A la leche se le adereza con licor de cola (o crema). El licor se obtiene de la nuez de cola. Apenas tiene 30º. Nada, nada… Y ahora viene un pequeño detalle importante. Se puede pedir de invierno o de verano. O sea, caliente o frio.

A pesar de ser servido en un vaso pequeño, con uno bastó. Tocaba llegar a Senés, donde nos esperaba el «Patrón» Fernando. Caminamos hacia el parking y aprovechamos para dejar nuestras vistas en algunos lugares. A mí, por ejemplo, me gustó el sencillo Mercado Central a pesar de que sus puestos ya estaban cerrados. Un bar en su interior acogía a bastantes «usuarios». En sus alrededores, lo mismo. Mucha gente. Nos restaban unos 50 km para cumplir con la promesa realizada años ha. Visitarle en su cortijo llegó a parecer un imposible.

LOS GURULLOS. Desde Almería hasta el pueblo de Senés se hizo algo largo a pesar de la corta distancia. La noche empujaba los últimos rayos de Sol hacía la otra parte del mundo y nunca se llegaba. Una vez allí, vivimos una situación algo surrealista. Quedamos con el Patrón en la Plaza del Ayuntamiento y de la iglesia. Apenas unos metros antes de llegar (no más de 20) paramos el coche para llamarle por teléfono, justo a la altura de un bar, para que nos explicara como llegar. La conversación no tuvo desperdicio. «Os habéis equivocado de pueblo». «Ese bar que me decís no está aquí…». Y de repente, un presentimiento hizo que pusiera en marcha de nuevo el vehículo y avanzara unos metros, para dejar atrás la esquina de la casa en la que estábamos y… allí estaba el Patrón. Si hubiéramos prestado algo de atención, lo habríamos oído hablarnos sin necesidad de poner atención al móvil. Surrealista.

Tuvimos que esperar a la llegada del otro vehículo que formaba la comitiva inicial para trasladarnos hasta el cortijo.

Senés se encuentra al sur de la Sierra de los Filabres. Ocupa su lugar en zona montañosa y su paisaje trasmite la sensación de que el tiempo transcurre despacioso y en silencio. Las cubiertas de las viviendas están hechas de lastras. En los alrededores hay varios despoblados. Por la zona se cultiva el olivo, los almendros y las chumberas.

La pista que sube desde el pueblo hasta la vivienda está situada en la zona conocida como Campillo Alto. La poca luz tan solo nos hace imaginar los barrancos que sostienen el camino. Llegados a Los Gurullos, tomamos posesión de camas. Así se llama el cortijo. Gurullo es una pasta que se crea por esta zona y que se hace con harina, agua, sal, aceite y tal vez también azafrán, formando trocitos alargados, o no, e ideal para platos de cuchara.

Tenemos cena concertada por el Patrón en un bar del pueblo. El Mirador de Adela. Senés apenas tiene 350 habitantes. Esa noche debieron huir de allí porque no había un alma en sus calles. Cuando volvimos a la plaza, para dejar los coches, nos movimos andando hasta el bar. Curiosamente era el que por lo visto no pertenecía a ese pueblo.

Un rato después, llego el tercer coche que faltaba para cerrar el grupo. Un componente más se unió a la reunión. El bar estaba con más gente que la totalidad del pueblo. Tres personas sin contar a la pareja que ejercía de anfitriones.

Tras la cena, en compañía del loro que imitaba el sonido de la llamada de teléfono, subimos nuevamente a Los Gurullos. Un vasodilatador, una pequeña charla y a dormir en la cueva. Literal. El cortijo tiene dos zonas para alojamientos. La casa principal, con dos dormitorios y un salón que hizo de uno más y la zona de las cuevas. Dos cuevas con microclima y bien acondicionadas. Solamente utilizamos una, con dos camas, porque la otra no dio tiempo a adecentarla. Se estaba de lujo.

Amaneció y resultó ser sábado. El día iba a ser intenso. Muchas cosas que ver/hacer para tan pocas horas. Bajamos por un camino diferente al del día anterior. A diferencia del otro, a partir de unos pocos kilómetros está asfaltado. Cuenta Fernando, ya en el toyota, que cada año asfaltan 1 km y 1/2. Espera que el año que viene llegue hasta su propiedad. Por cierto, tiene 8 hectáreas su lugar.

Mientras avanzábamos, el Patrón nos documentaba.

Si hay bolinas (tipo de vegetación), significa que la tierra no se ha tocado.

Se refiere también a la retama (del árabe andalusí). Nos habla de los beneficios de esta planta para el control de la erosión, como hábitat para animales, de su adaptabilidad a casi cualquier tipo de terreno e incluso a temperaturas bajas y otros beneficios medio ambientales.

Cuenta que los cerezos aparecen a modo de motas por las laderas y enlaza, casi sin darnos cuenta, con la aparición de belgas y franceses, tal como esas motas, para comprar tierras y casas. Habla de gente y lugares que no conocemos de Campillo Alto y Bajo. Señala con la vista hacia las laderas, haciendo referencia a los bancales y aterrazamientos que ayudan a retener el agua y así favorecer el cultivo y crecimiento de plantas. Algunos de esos aterrazamientos se remontan a la época medieval Al-andalus. Usa la palabra «despoblados» y consigue llamar mi atención. Ha conseguido que lea algo sobre ellos en la Sierra de Filabres. Lo conseguido es saber qué, resumiendo algo, el pueblo se encuentra en la ladera sur de la sierra ya nombrada, que tiene una fortaleza, restos de un despoblado que se movieron (esos restos) hacia la zona de La Hoya y las terrazas de cultivos y el pueblo, o sea, Senés. Tras estudios e informaciones, se sabe que cultivaban el moral y producían la seda, criaban ganado y trabajaban con el mineral de hierro. ¿De dónde sacaban el agua? Seguro que disponían de un original método para proveerse.

Poco antes de acceder a la zona asfaltada de la carretera, dejamos a nuestra derecha la subida al Velefique (Valle de la higuera). Está en la comarca de Los Filabres-Taberna. Allí nace el río Sierra. Tiene no más de 250 habitantes y su clima es casi estepario.

Siguiendo por la carretera camino de Los Albardinales (tienda para comprar el aceite), pasamos por la zona conocida como La Cerrá. Traducido… un conjunto de cerros que gobiernan el terreno. También llegamos a ver la Plataforma Solar de Almería, el Observatorio astronómico de Calar Alto y las vistas increíbles del Desierto de Tabernas.

Degustamos y como cabía esperar, compramos el aceite. Poco más podíamos hacer. Tocaba volver nuevamente a la zona de cortijos. El Patrón había sido invitado, junto a sus amigos, o sea, nosotros, a comer en un cortijo no muy lejano al suyo. En concreto, se trataba de El Rulo. Sus amigos y amigas ejercieron de perfectos anfitriones. Nos prepararon unos entrantes con quesos, jamón, banderillas, salmón y… un cocido de trigo con pringá para varios cocidos más. Nunca había probado un cocido de trigo. Estuvo genial. Hubo conversación tras comida para crear lazos. El origen del cortijo con su coche abandonado para cacerías, las garrapatas que casi han desaparecido por culpa de la escasez de agua, el acogimiento de un par de perros encontrados y sin dueño aparente. Total, acercarnos.

Todo acaba. La comida y la charla posterior también. Volvemos a los dominios del Patrón para que no nos pille la noche. Alguno sube casi al cielo para observar desde allí sus vistas. El resto quedamos en modo reposo, pero picando. La noche se llena de satélites y se alarga la conversación en demasía. La mañana nos llevará de regreso a casa.

Un descubrimiento con historia.

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