Una nueva entrega de este país lleno de costumbres y que sorprende recurrentemente al viajero.
La incursión por estas tierras siempre es a través de kilómetros de asfalto que parecen no acabarse nunca. Autopistas, carreteras nacionales, locales… el caso es avanzar en busca del inicio de la historia.
El nuevo relato de viajes por estos lugares lo comienzo a plasmar en mi agenda Moleskine mientras nos movemos por carretera nacional con dirección Kenitra al tiempo que suena «Ruta del Sur» de Los Rápidos. Lo cierto es que precedemos a otros dos vehículos, así qué…
Los campos de cultivos se suceden a ambos lados de la vía por la que circulamos. Unos puestos ofrecen, a modo de expositores, una alta variedad de frutas al viajero rodante. Me llama la atención la aparición de fruta tropical entre las ofrecidas.
Continuando la ruta por la carretera que indica que Mknes se encuentra a unos 55 km de distancia, me entretengo en contar nubes que parecen portadoras de agua. Por ahora se entretienen en unas montañas que se encuentran, en la lejanía, frente a nuestras miradas. ¿Lloverá? La pregunta me distrae durante algunos kilómetros. Por esta parte del país me moví en muchas ocasiones ya, al igual que mis compañeros de viaje. Olga es la segunda vez, aunque ya no se acuerde de la primera.
Salimos de la autopista y aparece el cartel de Ifran. En el arcén de la carretera se siguen acomodando los vendedores de frutas. La fruta del dragón y las granadas han tomado el mando por estos lares.
La hora de comer siempre llega, aunque sea tardía. Por la región de El Hayeb paramos para ello. La carne a la mosca llena el lugar de humo y olor. Curiosamente, no hay moscas. Mientras aprovechamos el descanso y comemos, las nubes de lluvia deciden ir en dirección a Ifran.
Tras la comida, retomamos la ruta en ascenso. Estamos a unos 30 km de Azrou y la temperatura no pasa de los 15 ºC. Al final del ascenso, las vistas a nuestra derecha son espectaculares. Abetos y tierra rojiza se complementan con la ayuda inestimable de piedras de aspecto volcánico.
Por el centro de Azrou quedan restos de la lluvia que se nos adelantó. La temperatura baja a los 13 ºC y el cuerpo lo nota. Una vez pasada la localidad, el ascenso continúa. Las construcciones son típicas de zonas de nieve; sobre todo por el tejado de las viviendas. La densidad de las nubes nos rodea, asemejándose a la niebla. Los monos en el arcén, la gente con su deambular y los establecimientos de comidas y recuerdos me hacen rememorar años anteriores. Nada cambia, aunque nada siga igual. Estamos en Michlifen, lugar en donde puedes encontrar estación de esquí con un pequeño número de pistas (5), todo ello rodeado de cedros que llegan hasta la provincia de Jenifra. En ese transitar, alguien recuerda por la radio que es allí, a la izquierda del camino, donde vimos en años anteriores unas enormes piñas. Gigantescas.
Decidimos dormir en el Hotel Meteorites Boulaajoul. La caída de ese meteorito ha sido plenamente amortizada. Para llegar hasta allí, pasamos por Bou Anger, Tiguerlmamine, Ait Oufella, Oualegh…
En el hotel coincidimos con gente conocida (Pepe Blanco) y disfrutamos de una velada de charla. La cena nos adecentó y a mí, en particular, me acercó a los sueños en cama.
Y amanece siendo domingo. La hora del desayuno típico es a las 08:30 No hace falta explicar cual es ese desayuno. Está descrito en todos los viajes anteriores. Tal vez por el frío de la noche, uno de los vehículos tarda en arrancar. Un toque mágico termina por ponerlo en funcionamiento. ¿Suerte?
La puesta en marcha definitiva es a las 09:35
Antes de la media hora de viaje (10:00) vemos que las altas cumbres del medio y alto Atlas están adornadas de color blanco. Esa noche pasada aportó nieve. En apenas unos minutos, Midelt se nos muestra bien cuidada, en apariencia, y con poco tráfico. Tanto de personas como de vehículos. Pertenece a la región de Draa Tafilalet y durante el año se abraza al extremismo climático. Al pasar con los vehículos, vemos como el monte Ayachi se compromete a mantenerla a su falda. El origen de la localidad es Francés (colonial).
La manzana es su fruto estrella. No exagero si digo que es de las primeras productoras de manzana en Marruecos. Así mismo, su situación geográfica le permite formar parte de un importante entramado de caminos. Minerales, fósiles y artesanía se mueven con suma facilidad. Restos judíos y católicos dan un toque especial a la zona.
Una carretera de varios carriles, en ambas direcciones, nos aleja de la población en constante ascenso. La cartelería informativa de la ruta nos muestra la dirección a Errachidia. Los restos de lluvia se hacen visibles. El Atlas parece no acabar nunca. Es cierto qué, a pesar de ser una zona ya conocida por mí, sigue despertando mi interés.
La entrada en un primer tramo de pistas coincide con el cúmulo de 850 kms desde la salida. Es justo en el tramo que va de Arfoud a Merzouga. Nos queda el valle del río Ziz y el palmeral de Tafilalet. Ahí está Arfoud. Para pistas… la entrada es a la altura de la gasolinera, en el segundo semáforo a la izquierda. La dirección es Este puro. Se podría decir que es la ruta de los fósiles, sobre todo marinos. O sea, estaba bajo el mar. Haciendo un pequeño esfuerzo, podemos llegar a imaginar el lugar sumergido en las aguas marinas… teniendo en cuenta que Arfoud está situado a ¡800 metros sobre el nivel del mar! Si andas espabilado y/o atento, puedes ver las montañas en forma de ola marina a punto de romper. Parecen esculpidas por artistas vasallos de Porfirión (Rey de gigantes en la mitología griega). Esa ruta nos permite acceder al Oasis de Safsaf. Es la primera vez que estoy en el lugar. Siempre, siempre… siempre queda algo por descubrir en Marruecos. La entrada al oasis es técnica debido a la estrechez entre palmeras. Juan Ramón ha querido dar el bautismo de fuego a Olga en este tramo y ella lo ha hecho con esmero y bajo supervisión. Estará eternamente agradecida al propietario del Toyota.
Un ágape en miniatura contribuye al disfrute del lugar. Un pequeño puesto con productos artesanos nos acompaña como si se tratara de un altar. Es un autoservicio. Coges lo que gustes, paga lo que creas. El oasis tiene un aspecto inmejorable. No es extenso y lleva agua por un pequeño río encajonado entre rocas con pequeñas cascadas. Su palmeral también es mínimo, si lo comparamos con otros ya vistos. Los restos de torrenteras, en la zona donde nos encontramos, nos advierte de los peligros del agua en ciertas circunstancias y lugares. Las piedras descarnadas no mienten.
La marcha se reanuda buscando, ahora sí, el destino final del día para pasar la noche. Llegamos a Merzouga y decidimos alojarnos en el Hotel Nasser Palace. El acceso se nos complica debido a la construcción de un muro de contención contra riadas. Es una obra que debió ser realizada hacía mucho tiempo pero qué, por causas desconocidas, se retraso en exceso (¿?). Tras un par de desvíos improcedentes, tuvimos que utilizar el comodín del motociclista de turno. El hotel está en obras de ampliación y no por ello nos sentimos incómodos. Una piscina, buena zona de comidas y habitaciones muy aceptables. Según Nasser (un personaje ligado íntimamente al apoyo a eventos relacionados con el desierto), su hotel terminará abarcando más de 5.000 metros cuadrados construidos.
Tras la cena, un vasodilatador, un resumen de la jornada y planes para el futuro inmediato. Así es la vida.
Hablando con Nasser, nos comenta los «efectos secundarios» de las lluvias intensas de varios días, y de repetición en el tiempo a modo de oleadas, en el desierto. En concreto, se refería a la formación de lagunas entre dunas; con rima y todo. También nos habló de inundaciones en la región de Tarudant y Al Hauz. Hubo muertos por las riadas. Entre ellos, una ciudadana española a bordo de un 4×4 que fue arrastrado por las aguas.
Sus indicaciones nos llevaron hasta el Bivouac Erg Znaïgui, en la región de Taouz. Como si fuera una fortaleza elevada, el camping gobierna estas pequeñas lagunas que llegan a tener hasta 4 m de profundidad. Es algo increíble y único para un rango generacional. Suponiendo que el famoso cambio climático no haga que se vuelva a repetir el fenómeno en tiempo record, claro.
La mañana y parte de la tarde sería dedicada a visitar las zonas con acúmulo de aguas producto de las nombradas precipitaciones. Estas pequeñas lagunas seguramente perdurarán durante bastante más tiempo, según datos de procesos anteriores. El Lago Iriqui, por ejemplo (que no visitamos en esta ocasión por seguridad), que está en la provincia de Zagora y llevaba desde el año 1968 sin agua, ahora la contenía en un espacio de 13 kms de largo por 11 de ancho (Según la Agencia Nacional de Desarrollo de zonas de Oasis y del Árbol de Argán, perteneciente al gobierno). Era una zona esencial para aves migratorias, sobre todo flamencos. El Draa dejó de abastecerlo por cambio de cauce debido a la sequía y ahora el Mahsser, venido desde el Norte, parece que le aportará ese agua. Que siga lloviendo y que las aves y demás animales, así como las personas de este lugar, puedan revivir tiempos pasados…
Deseos, siempre deseos.
Entre las zonas cercanas con agua que visitamos se encuentra el lago Dayet Srij (lago salado que depende de aportaciones de agua estacional) y el Yasmina, a las mismas puertas del Hotel Kasbah. Nos dejó un buen sabor de boca, por supuesto, aunque no pudimos ver aves…
Llegó la hora de comer y lo hicimos, de forma tardía, en el establecimiento llamado «Nora», en Khamlia. No era hora de comidas, pero nos atendieron. Eso sí, con limitaciones. La pizza Bereber no la olvidaré en la vida.
Al día siguiente (martes 29/10), cumplimos escrupulosamente con el protocolo. Desayuno, carga de vehículos y puesta en marcha. El Nasser Palace no ha sido una mala opción. Seis personas, dos noches, dos cenas y dos desayunos… 5.000 Dirhams.
La carretera nos marca dirección Ramlia. Vamos recorriendo los mismos trazos que el viaje del año anterior. Buscamos el fin del asfalto dejando siempre las dunas a nuestra izquierda. Todas las construcciones en esta parte de la carretera están en el lado derecho, dejando libre la vista hacia la cadena de grandes dunas. Hoy no puedo hablar de nubes, ni cercanas ni lejanas, pero sí de polvo. Cada vez que quiero anotar algo en mi Moleskine lo noto en las yemas de mis dedos al querer pasar página. Incluso los vehículos levantan polvo por el asfalto a su paso. El trasiego de 4X4 es constante. Los Toyota son los nuevos camellos del siglo XXI. Bueno, para ser justos, todavía quedan un buen número de camelus. Las rectas son interminables, dejando que aparezcan de vez en cuando alguna que otra curva suave y alargada que sirve de enlace entre los trazados rectilíneos. Esas dunas interminables parecieran vigilantes a la espera de llenarlo todo con sus pequeños granos de arena.
Llegamos a la altura de Taouz. Por esta pequeña población (entre otras) se desarrolla el internacionalmente conocido Marathon des Sables The Legendary. Más que un maratón, es una prueba de supervivencia y autosuficiencia. Cada participante tiene que portar su agua, tienda para dormir y demás cosas necesarias. Eso sí, solo mientras celebra la prueba.
Taouz tiene un mediano centro escolar. Lo cuento porque es casi lo primero que veo al toparnos con ella. También soy capaz de contar hasta dos al ver repetidores de telefonía. Las dunas de nuestro costado han desaparecido. Las acacias toman posesión diseminada del territorio, como queriendo dar un toque de vida a la inmensidad de tierra y piedras. La zona minera de Taouz, limítrofe con el Sáhara, ha dejado a la luz baritina, galena, hematíes…
Este viaje no está dedicado al estudio de minerales, cierto, pero viene a cuento hablar de ellos al observar sobre el terreno abundantes rastros de su búsqueda. Hay muchos kilómetros de movimiento superficial de tierras, dejando huellas de ello con montículos, a modo de depósitos, que no parecen acabarse. Eso solamente como detalle. Más adelante del viaje ese trabajo se realizará en montañas a cielo abierto.
La mirada toma nota de montañas alargadas situadas a nuestra izquierda. Se trata de señales físicas de la frontera con Argelia. Casi a tiro de foco de coche (algo exagerado). Cuando ya llevamos 30 km desde la salida de Merzouga, nos localizamos entre pequeñas elevaciones a nuestra derecha y una muy extensa a nuestra izquierda, de modo que se reduce el espacio de la llanura.
Como ya comenté antes, hay restos de lluvia del mes anterior. Amplios kilómetros con muestras de ella, por ramblas secas ahora, nos sacuden la mirada. Quedan daños de esa fuerza de la naturaleza en algunos tramos de la carretera, tanto en el asfalto como en puentes. Son muchísimos kilómetros de planicie, a lo ancho, marcados por esas riadas. Cuando pregunto y me dicen que llevamos 20 km viendo dunas a nuestro costado me parece increíble, aunque lo que si me llega a parecer excepcional es el color verdoso que consigue tapar casi todo el negro del suelo. Nunca vi algo así en ninguno de mis viajes por estas tierras. Entre el verde y el negro aparecen zonas marrones que indican que la tierra aun almacena humedad.
De vuelta a los espacios abiertos sin medida, volvemos a ver dunas lejanas una vez dejada atrás la cadena de laderas negras cercana a Argelia. Las vemos hacia el SO. El terreno se vuelve a encontrar con el color verde que nos había abandonado momentáneamente. Si no prestas atención en demasía, creerás que es una zona de césped. Increíble es la palabra perfecta.
Un poco antes de llegar al erg de Ouzina dejamos el asfalto. Su campo de dunas está a la vera del alojamiento que estuvimos el año anterior, aunque tal vez la frase debería estar puesta a la inversa. El alojamiento lo han puesto allí por las dunas. Se trata de la Kasbah Ouzina. La pista por la que circulamos se torna rojiza. Al fondo, en algún lugar de este mundo, una pequeña elevación, moldeada por la erosión, presenta en su cima una forma de pezón. Bien llevado, seguro que sirve de faro para la orientación. Antes de hacer un punto y a parte, quisiera resumir donde estamos: montañas, dunas, polvo, color rojizo, piedras, acacias y… ¡verde! Mucho verde.
Entre piedras y arena, nos movemos sobre las 11:30. Apenas 20´ después ya estamos en la Ciudad Perdida. A unos 400 metros de ella vemos trabajos de minería en las montañas. No recordaba esa actividad tan frenética en años anteriores. Debe ser una costumbre, pero las dos últimas veces que hemos estado en la ciudad hemos hecho lo mismo. Una vuelta de reconocimiento circunvalándola. La pista tiene abundante arena y la hace un poco técnica al subirla.
Hago con Olga lo que no hice el año anterior por las prisas. Por cierto, al desierto no se puede ir con prisas. En fin, lo dicho. Hago lo que no hice: subir a verla.
Es pequeña y mantiene aun rasgos de fortaleza sobre roca maciza. Prácticamente está asolada, aunque queda algún resto en pie de alojamientos y muralla (Ksur). El poderoso río de arena Ed Daoura transfiere al lugar espacios para la imaginación. Estando disfrutando de ella, aparece el grupo de Pepe. Nuevamente coincidimos. Si quedamos, seguro que no nos encontramos. Un refrigerio antes de continuar el camino. Son las 12:34
Como anécdota… el Rallye Äicha des Gazelles se celebra por su zona de influencia. Es solo para mujeres.
A veces, más de las que creemos, las cosas suceden por algún motivo. Estábamos intentando sortear un obstáculo, en subida, de arena y tras lograrlo el Toyota de J.R., los siguientes no pudimos continuar. Debíamos seguir, pero el río seco con elevada ribera nos impedía cruzarlo. Aparece en medio de esa nada un 4X4 de lugareños. Nos sugieren continuar un poco por el cauce del ahora rio seco en dirección ascendente y cruzarlo por un lugar accesible. Nos comentan que debemos darnos prisa ya que desde el Norte se acerca una crecida importante de agua. Metemos prisa a los vehículos y lo conseguimos a tiempo. Emilio avisa al grupo de Pepe de la noticia…
Al final, los aborígenes tenían amigos comunes con algunos de nosotros. Les dimos gracias eternas por la ayuda y la información. En la charla le pido a uno de ellos que me escriba el nombre del rio en el que estamos. Oued Ghbiss. Lo cierto es que lo he buscado en mapas y no lo encuentro. Tal vez alguna mala letra puesta impida esa búsqueda.
Nos plantamos en las 14:00 horas sin dejar ni un segundo las pistas. Un montón de kilómetros y lo que ello conlleva. Hemos atravesado una llanura inmensa sin apenas vegetación. Una estampa repetida.
Sobre las 15:00 encontramos un lugar donde cobijarnos para picar algo. Una enorme acacia nos acoge bajo sus sombras. Hay restos de barro y demás signos de que estamos en zona bajo influencia de las aguas de lluvia. Será una hora de relajación y charla fuera de emisoras.
Reiniciamos nuevamente la cabalgada sobre las 16:00 Horas. En poco más de media hora estamos en Alnif y lo aprovechamos para tomar «cagua». La localidad tiene un palmeral a su alrededor así como tienda de fósiles. En la terraza de la gasolinera hacemos la parada y aprovechamos para un nuevo repostaje. Café y repostar. Nuestra ruta nos debe llevar hasta Ait Ben Haddu. Nos pillará la noche; seguro.
Y, por supuesto, nos pilló el ocaso. Buscamos alojamiento en un hotel que ya conocemos. Se trata de La kasbah. Está a pie del Ksar, al otro lado del rio. A la mañana siguiente lo cruzaremos para su visita. Toca descanso.
Repito lo que comenté en una historia anterior. Ait Ben Haddu es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Era un paso importántisimo en las rutas comerciales a través del Sahara. Por esta ruta se atravesaba, entre las montañas del Atlas, por uno de sus pasos. Se trata de Tizi n´Tichka. Hacia él iremos tras la visita pertinente. Ait Ben H. es una ciudad fortificada que pertenece a la provincia de Ouarzazate, dentro de la región de Draa-Tafilet. Sus construcciones son de adobe y se encuentran protegidas por defensas amuralladas. Una gran mayoría de pobladores se desplazaron al otro lado del rio para vivir. Son apenas un par de centeranes de metros. Pateamos el Ksar, recordando antiguas vistas, tras el desayuno en la terraza aneja al hotel desde el que vimos sus construcciones rojizas sobadas por los primeros rayos solares. Me quedo con el agadir (almacén de grano) en la parte superior del complejo y con su cementerio judío. Un detalle. Esta vez el rio Ounila lleva algo más de agua.
Como parece que marca la tradición, sufrimos un nuevo problema de batería en este lugar. Da igual que se trate de otro año y otro viaje. La partida se retrasa hasta las 12:00 por la visita. Iremos en dirección a Ifflilte por carretera en muy buen estado, hasta que llegamos a un pequeño desvío por obras.
Nos movemos entre montañas y un rio con poca agua. Las poblaciones que vamos viendo son en su mayoría de adobe, aunque cada vez más se dejan ver de ladrillos. Llama nuevamente la atención la cantidad enorme de zonas verdes en las laderas. Sobre las 12:40 el espacio se va estrechando. Aparecen unas enormes piedras, de formas cúbicas, en equilibrio imposible sobre la carretera. Hasta Tafraout n Inkal la carretera es novísima, o sea, en perfecto estado. Para llegar hasta aquí hemos tenido que pasar por un elevado número de núcleos habitados: Tazentout, Timedline (Vemos mucha agua embalsada-Asif Tidili), Tizgzaouine, Tadoula, Zenife, Lamdint, Amerzgane, Adighane, Ait I Bourk, Tisseldeï, Tizerine, Tiourjdel, Inekrim, Agouin, Inkkal. Posteriormente Igherem N´Ougdal, Tamerna… y es aquí donde comenzó el ascenso. Aguelmouss y Tizi N´tichka.
Un intento de parada para comer algo resulta imposible. Un personaje intimida con su mirada a escasos metros de nosotros. La pseudo huida es preceptiva para poder tener un rato agradable.
Pasamos por Taddart y sus olores a carnes. Estamos a unos 95 km de Marrakech y son las 13:30.
Sobre las 15:00 estamos ya en una de las ciudades imperiales de Marruecos. Marrakech está a las faldas del Atlas. Hemos pasado por barreras para la nieve, señalizaciones verticales para marcar la carretera en caso de nevadas intensas, colores verdes en el terreno y nieve en cumbres borrascosas cercanas, a parte de montañas de rojo intenso. Sortear la ciudad en carretera sin percance es un lujo. Todo es caótico en sus accesos y circunvalaciones.
Tras muchos kilómetros, la noche nos abraza en la cercanía de Essaouira. Al mismo tiempo que nos acoge la noche, nos aleja del casco urbano. Está todo ocupado y lo que no lo está, no pasa el filtro de rigor. Volvemos a usar el comodín, pero esta vez sin moto. Tras varias de esas visitas a establecimientos del centro, nos sugiere un piso turístico en segunda línea de playa. Tras subir el equipaje, toca cenar algo. Vamos a un chiringuito de playa que está a unos 200 metros de la casa. «Le panoramique». Alguien me comenta que es de un español… ni idea.
Fue una cena sencilla. Yo, por ejemplo, pedí una pizza. Raro, pero la pedí… otra vez. Un par de perros nos entretuvieron; uno en particular, por su gran actuación rozando el dramatismo para pedir.
Essaouira está en la región de Marrakech-Safi, siendo la capital de la provincia que tiene su mismo nombre. Algunas de sus fortalezas y puerto fueron construidos por los portugueses. A lo largo de la historia, fue atacada en varias ocasiones, siendo posteriormente reconstruida. Formó parte del protectorado francés. Frente a las playas de Essaouira se encuentra el islote de Mogador. (A Essaouira se le llegó a llamar así también). Hoy en día es una reserva natural. Acogió a una fábrica para obtener tinte para prendas.
El día siguiente tocó visita a la ciudad. Serían dos noches por aquí y luego vuelta al punto de partida de la expedición, haciendo noche en el camino de regreso.
La primera visita fue la del puerto pesquero, con su olores y sus colores. Tuvimos la «suerte» de coincidir con la descarga de pescado de varios barcos recién atracados. Posteriormente, tiendas y compras hasta la hora de la comida en Mriste Jouhar. Cuando buscábamos lugar donde dormir (mientras circulábamos por carretera) recurrimos a él por si conocía a alguien. Lo intentó pero no pudo ser. En agradecimiento le visitamos. Pasamos toda la tarde en Essaouira y a la vuelta, andando hasta el apartamento, nos alcanzó la puesta de sol. Caballos y camellos se movían por la playa de Essaouira (¿Me olvidé de comentar que el significado es «bien diseñada«?) La puesta de sol es especialmente bella con una de las Islas Púrpuras de Essaouira (ya nombrada) como fondo. Mogador.
Al día siguiente despertamos con noticias sobre el drama de la Comunidad Valenciana. La ya famosa DANA que quedará para la historia dramática de la comunidad y de España.
Asomado a la ventana, veo como los camellos pasan por debajo del edificio en busca de la playa para su trabajo diario con los turistas. Toca empezar el camino final de regreso. La idea es dormir en un punto intermedio entre Essaouira y el destino final/inicial del viaje.
Una parada para comer algo en carretera y un montón de kilómetros nos llevaron al anochecer.
Buscamos alojamiento pasado Rabat; Salé es una población de interesante aspecto. Amurallada y con playas extensas, parece estar preparada para la acogida del turismo. Lo malo… no encontramos alojamiento y la noche ya había llegado.
Decidimos ir hasta Kenitra con la seguridad del alojamiento.
Al día siguiente acabamos el viaje. Pasada la frontera, hicimos reparto de sobrantes y… ¡hasta el próximo!
Sin imágenes, lo que se cuenta pudiera parecer una mera ilusión.


































































