Cuarto paso.







Ayer crucé el Rio Limia a través del Puente de Gustave Eiffel. Llegué agotado, pero en ningún momento me quedó la sensación de hartazgo. Al contrario. Lo poco que pudiera tener de agotamiento quedó contrarrestado con la visita fugaz de la ciudad. Para mí, e imagino que para la gran mayoría de visitantes, Viana do Castelo ha sido un enorme relámpago. La luz no ha sido cegadora, más bien ha servido para mostrarme algo hermoso. Ya al cruzar el rio, me di cuenta que estaba en otro nivel. El puente de hierro aguanta tanto trenes como vehículos motorizados. Por supuesto hay espacio para que el caminante lo transite sin riesgo excesivo. Me llevó prácticamente hasta el hotel, situado en el paseo existente al borde del rio. Podría olvidarme del camino y centrarme en la ciudad, pero no quisiera quitarle méritos a nada. Lo cierto es que Viana do Castelo tiene un casco antiguo tan profundamente cuidado que molesta a la vista cualquier objeto que no se corresponda con el lugar.

Lo primero que llamó mi atención fue la visión de la Basílica de Santa Luzía. Elevada sobre el monte más alto de la ciudad, te reclama aunque no quieras mirarla. Sencillamente bella. Pregunté en la Plaza de la República, mientras degustaba una cerveza, sobre la basílica y me comentaron en primer lugar las varias maneras de llegar a ella. Subiendo más de 600 escalones, en un funicular o por carretera. Me dicen que no puede haber mejor vista, tal vez en el mundo. ¿Cómo perderse la visita? ¿Acaso la debía realizar como si de un viaje guiado se tratara? No niego que ganas tuve de dejarme llevar por Viana, pero un costosísimo período de reflexión en la noche de hotel me hizo dejarlo para otro viaje. Un viaje especial. Un viaje para conocer, no para llegar. Lo que si hice ayer fue, como ya he comentado, caminarla un poco. Respiré tranquilo y sin prisas me moví por sus calles, en busca de una plaza, calle o callejuela que me permitiera tomar algo sólido y, por supuesto, líquido. Y en ese infinito paseo lo descubrí. Vi historia y vi cultura. Vi inviernos y vi atardeceres sin estaciónes. Me vi. Y gracias a ello aquí estoy, recordándome, con cada paso que me aleja de la urbe, a la que debo volver algún día; o más bien, que tengo que venir. Sobre todo, no quiero olvidar las sensaciones que me trasmitió la arquitectura contemporánea de autores reconocidos y emblemáticos que albergan sus calles.








Y tras plasmar en letras y fotos la tarde de ayer, me encamino (nunca mejor dicho) hacia un nuevo paso; un paso que me llevará a otros lugares y a otra gente, pero seguro que no veré algo igual.
Esta mañana no he iniciado mi camino a hora excesivamente temprana entre otras cosas porque quería ver, con luz natural, lo que iba dejando atrás. Esta zona del Alto Minho tiene mucho que ver y contar, pero como ya ha quedado claro, este tránsito es de caminante, no de camino.



En el siglo pasado, el puerto de Viana do Castelo era el más importante para la pesca del bacalao (y yo sin saberlo). Al ir saliendo de la población veo, sobrevolando la fortaleza defensiva de construcción típica portuguesa, las grúas del puerto, así como un aerogenerador que aparentemente no pinta nada en la fotografía. El viernes es día de mercadillo y por la afluencia de personas, parece que tiene éxito. Miro alguna vez más hacia atrás para despedirme de Santa Luzía, de las joyerías y de sus Corazones de Viana, del Museo del traje o de las artes decorativas, del buque hospital Gil Eannes, atracado y convertido en museo (antes buque hospital para la atención de los bacaladeros), de su catedral, iglesias, casas, plazas, sus tascas y bares…





Mi caminar no se distrae; vuelvo a pisar la senda litoral y, debido a la recurrente marea baja, termino por fijarme en las piscinas entre rocas y arenas. Pudiera ser que se dedicaran a salinas… Me recuerda un poco a los corrales de pesca de la localidad gaditana de Chipiona, aunque a diferencia de estas, las de la zona de Carreço, están trabajadas sobre las rocas.
El ritmo al caminar se acelera hasta llegar al punto óptimo. Ese punto lo coges cuando llevas varias jornadas caminando y entonces, sólo entonces, disfruto. Las lomas están protegiendo el interior de los vientos atlánticos. Recurrentemente, me giro hacia atrás para ir despidiéndome poco a poco de todo lo que ha supuesto Viana do Castelo para mis sentidos en esta parte del viaje, hasta que desparece. Hay que dejar atrás todo. Lo que te gusta y lo que no.

Llegan nuevas imágenes que se mezclan con mis pensamientos. Imagino historias, aventuras, situaciones y las relaciono con el lugar. No es tan difícil. Por ejemplo, tengo ante mí, entre el mar y el camino, un fuerte de dimensiones pequeñas. La cartelería me informa de su nombre, su uso y su datación. Es el Forte Da Vinha (también Fortim Da Areosa o Castelo Velho) puesto en este lugar, al igual que otros tres situados a lo largo de esta costa, para protegerse de las visitas de los piratas argelinos y algunos otros.
Nada puede detener la marcha. Voy disfrutando de lo nuevo, ahora que puedo, gracias a la grabadora de voz que he añadido a este viaje. Ha sido un descubrimiento. Ahora me dedico a observar mientras grabo. Este sistema ha ayudado a relajarme.
Esta maldita calima…

¡No me lo puedo creer! No hay calima. Ha desaparecido o más bien, no ha aparecido. Llevo varios kilómetros caminando y no me había percatado del abandono. Me doy cuenta de ello al ver mi sombra en el suelo. Es la primera vez que la veo desde que salí. Me he alegrado tanto que me siento el actor principal. Me recuerda a Chuck Noland (Tom Hanks) en la película «Naufrago». Mi sombra sería el Señor Wilson. Lo cierto es que llevo días sin hablar prácticamente con ser humano alguno. Quería una fecha tranquila para hacer el viaje y debo reconocer que lo he conseguido. Lo bueno: alojamientos variados sin problemas. Lo malo: cero comunicación y problemas logísticos varios.
La línea de costa es interminable. No me extraña que haya un lugar al que le llamen el fin del mundo. Seguro que cuando se acabe esta costa ahí estará. La temperatura (el clima en general) es totalmente benigna. Ello me está ayudando a pensar en recorrer unos diez kilómetros más de los pensados y así ganar tiempo para futuras opciones. Eso y algo muy personal que me anima a no desmayar y esforzarme cada vez más. También ayuda que las previsiones meteorológicas futuras sean favorables.
La ausencia de molestias físicas al caminar y el camino en sí, completamente llano, me permiten dedicarme en exclusiva a disfrutar de lo que veo y a pensar que este camino, vacío de peregrinos, me pertenece. Lo que estoy viendo ahora mismo, ni lo ve ni lo verá nadie. «Mi camino; solo el mío».
Y ver, veo. Veo el Faro de Montedor, sobre la colina con el mismo nombre y desde donde se pueden apreciar vistas increíbles de la playa de Carreço. Es una playa con arena entre rocas volcánicas que me dejan absorto. Toda esta zona tiene una gran cantidad de reclamos. Desde su faro, a los petroglifos, pasando por los molinos de viento (3), figuras grabadas en rocas junto al mar de la edad de bronce…

A mi pesar-pienso- debo iniciar una ligera incursión hacia el interior del territorio. Miro el mapa y veo que será solamente un tramo. El ascenso es pronunciado y con bloques enormes a modo de losetas. El camino me lleva en perpendicular a la costa, hacia el interior. Quizás sea el primer tramo con desnivel significativo en todo el camino. Casi terminado el ascenso, veo nuevamente el Faro. Señal para los marinos, referencia para el caminante. Llevo aproximadamente diez kilómetros caminando y me siento pleno de vitalidad. Ni la subida pronunciada alteran mi buen ritmo. He conseguido mantener un punto de esfuerzo totalmente asumible por mi cuerpo. Me ha costado tres días acostumbrarme al peso de la mochila y los kilómetros de más.

No hay subida sin bajada. En ella estoy cuando veo, en un terreno particular y con aparente dejadez, uno de los tres molinos que tenía documentado. No sé, pero creo que hay un buen ejercicio de marketing. No es criticable, en absoluto. Si no das valor a lo que tienes y quieres mostrar…
Aquí, ahora, se quiere enseñar. Yo lo quiero ver, si me topo con ello, claro.

Nuevamente en el litoral extremo, me encuentro con una pequeña fortaleza media derruida. Como voy solo, no puedo comentarle a nadie lo bonita que es la gran puerta de madera que se mantiene aun viva. Claro, nuevamente tengo que volver a imaginar su uso y/o disfrute. ¿Qué hacía allí? A la fortaleza me refiero, claro.







Esta vuelta al carril litoral supone pisar una senda muy verde, con arboleda incluida en el paquete. Si quisiera acercarme aun más al mar tendría que quitarme las botas y mojarme los pies. Tampoco estaría mal. Debo reconocer que las vistas increíbles de las playas es lo mejor de esta parte del camino. Todo es tan fácil que, llegado el momento de perder esa línea de playa, el panorama se vuelve oscuro, a pesar de la belleza del entorno. Estoy entrando en un prado verde; no hay camino señalado ni dirigido.

La dirección sigue siendo clara: Norte. Por el mapa que llevo, veo que me alejo del rumbo. No voy a preocuparme por ello aunque intuyo que me podría costar hacer kilómetros de más si tuviera que retroceder. He pasado de la madera de las pasarelas a la arena, de la arena a la piedra y de la piedra a las ramas por el suelo verde de un enorme prado. Teóricamente hay una senda, pero esta no aparece.

Cuando ya me llegan las hierbas a la altura de las rodillas y tras una excursión de más de media hora sin encontrar un sendero, decido volver sobre mis pasos. Como excursión ha estado bien, pero como exploración ha sido todo un fracaso. Encuentro pequeñas carreteras que llevan a otra transitada. Vista la hora y la poca certeza de encontrar algún sitio donde comer, decido ir al pueblo que veo a mi derecha, a lo lejos. Van a ser dos kilómetros entre la ida y la vuelta. No será un esfuerzo. Mientras ando por el arcén de la carretera, las dudas vuelven. No hay ningún lugar donde comer. Un par de preguntas y una decisión. Comeré en…la pequeña estación de ferrocarriles de Afife.
Afife es una pequeña freguesía de unos 2000 habitantes. El nombre puede que venga del árabe (Afif). Si es así, su significado es el de «virtuoso».
Acabo por encontrar un cruce de carreteras. el desvío de la izquierda me lleva al pueblo. Donde hay pueblo hay lugar donde comer. Atravieso un paso a nivel sin barreras y me topo con una pequeña estación de trenes. A su espalda, el bar con comedor interior que no puede faltar en ninguna estación y a su resguardo una terraza, complementaria, para comer al aire libre. Descansar del peso de la mochila e ingerir algo sólido y líquido es lo mas reconfortante a estas horas del día. Mientras estoy en ella, veo pasar gente de forma constante. Todo lo contrario al camino. Algunos vienen a comer, otros solo pasan de largo. Me pregunto si veré algún tren deteniéndose. Me gustaría ver como bajan y suben viajeros. Despedidas y recibimientos… Sería como ver una película antigua -pienso-. No sé exactamente en el momento que estaba de la comida cuando un Señor, que ocupaba una mesa cercana, me entabla conversación. En poco tiempo nos contamos mutuamente orígenes y destinos. Las preguntas se suceden como si de una entrevista se tratara. Tiene un alojamiento en el camino Portugués Central que alquilaba y que por culpa de la pandemia pasó al letargo más absoluto. Entre preguntas y respuestas surge mi destino y la Variante Espiritual. Un joven, de otra mesa, se une a la conversación al oído de la Variante. Decidido, la hace en el verano.
No pasa tren alguno y mi espera llega a su fin. Vuelvo por la carretera hasta que puedo nuevamente dirigirme hasta la línea de costa. Todo sigue igual. El mar sigue ahí, con sus manchas blancas sobre la superficie.
A veces desaparece el camino, como queriendo confundirme. En esos casos, como el de ahora, debo atravesar el arenal o dar un rodeo que tras tantos kilómetros realizados, no serían bien recibidos si no es porque me llevan hasta un pequeño puente que me permiten ir al otro lado. El rio Âncora llega sin apenas corriente a Vila Praia de Ancora. Es imposible quedar impasible ante el extenso arenal de esta zona. Entre terrazas y fortificaciones, camino mientras observo las olas perfectas para la práctica del surf. El puerto deportivo/pesquero y las terrazas se alinean y forman un conjunto perfectamente integrado. Mi caminar no se detiene, al menos físicamente. Mentalmente me paro cada diez metros para disfrutar de la enorme belleza del lugar.

Mi destino, en esta etapa se encuentra en Caminha. Es el último punto antes de llegar a Galicia. Para llegar a Caminha tengo que recorrer la bahía que la acoge. No es una bahía que encierre, todo lo contrario. Es como una ofrenda al inmenso océano.
Durante la última parte de la caminata intenté reservar alojamiento en el camping, pero no lo permitían. De todas formas, me aseguraron que no tendría problemas ya que apenas había campistas. Y tenían razón.



Tras treinta kilómetros, descansaba a la puerta de un mobilhome, con una sencilla mesa y una silla de playa, mientras saboreaba la cerveza. Merecido el trofeo y merecida la calma. Con la ropa lavada a golpe de jabón, la jornada corría el telón. Caminha queda un kilometro más adelante y no me apetece caminar por entre sus adoquines y sus casas de dos plantas. Sus fortificaciones seguirán ahí cuando algún día vuelva. Ahora toca poner el saco-sábana en la cama e intentar recuperar fuerzas, no antes de plasmar en papel la buena ruta transitada. Mañana… quinto paso.

Genial. Parece que estoy haciendo el Camino contigo pero sin moverme de casa. Jajaja
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