DE CAMINO A SANTIAGO.

Tercer paso.

Tercer paso.

Es 17 de marzo de 2022. Hoy será, seguramente, el día más largo desde que inicié este camino. Las sensaciones son positivas totalmente, a pesar de las pequeñas secuelas respiratorias. Me siento fuerte de cabeza y con ganas de recorrer los más de 30 kilómetros que me esperan.

He iniciado bien pronto mi puesta en escena. Concretamente son las 07:00.

Continua la calima. Es tan densa que me impide fotografiar el Sol al amanecer. Con los malditos prejuicios (cada vez los odio más) ayer tarde dejé de recorrer Apúlia. Estos primeros pasos para salir de la población, en busca del camino, han supuesto una agradable vista y una demostración del error del día anterior. Para empezar, a apenas cien metros del albergue, un pequeñísimo mercado de abastos al aire libre (apenas 6 puestos) muy bien organizado. A esta hora permanece aun cerrado, por lo que no puedo ver que tipo de alimentación venden. Me hubiera gustado aprender algo de la gastronomía local, aunque no es difícil imaginar que estará íntimamente relacionada con el mar. Supongo que habrá algo interesante de la tierra también. Mientras me entretengo imaginando el mercado abierto, no reparo en el edificio que está justo enfrente. Es, a primera vista, algo vetusto y sobrio. No sé si ambas definiciones pueden describirlo a la perfección. Se puede leer «Colonia Balmar Infantil». Sa Carneiro. Busco información en internet y no encuentro reseña alguna…el caso es que he empezado el día tal como me siento: activo. Sigo caminando, aun a ritmo lento y tranquilo, y aprovecho para reflexionar sobre algunas cosas mientras me deleito con un pequeño «poblado» marinero. No es un ejercicio impuesto. Es una efecto secundario de mi estado. Ya me he flagelado por no haber caminado un rato por el pueblo en el día de ayer, así que toca mirar hacia adentro y adelante. Y en esas reflexiones interiores aparece la primera pregunta del día. ¿Estoy haciendo el camino o estoy caminando?

Pudiera parecer lo mismo, pero en mi respuesta no lo veo. Si estuviera haciendo el camino, haría visitas por donde paso. Visitas culturales y demás. Lo cierto es que sólo veo por donde camino. No es una huida, es un destino, una búsqueda del final. Bueno, es un pensamiento propio, sin interferencias ajenas. Si hiciera el camino como si se tratara de turismo, mi viaje sería de otra manera aunque pasara por las mismas poblaciones. Eso me lleva a pensar en como harían la peregrinación en la antigüedad.

Una alarma sonora me saca de la reflexión sobre el caminante y el camino. Estoy saliendo de Apúlia y el sonido lo relaciono con la despedida del lugar: «¡Atención, atención, se marcha el peregrino!» Pongo nombre al pensamiento y lo denomino broma introspectiva.

Avanzamos juntos el amanecer y yo. En ese avance me topo, en poco tiempo, nuevamente con el sonido del mar embravecido; ese sonido que no he oído en toda la noche. Van desapareciendo las moradas y va mostrándose la arena nuevamente. En ese ambiente me muevo como pez en el agua. La espuma de las olas y los matices cromáticos se funden en la mirada infinita hacia el Oeste. Es una pena que este amanecer, lleno de calima, impida disfrutar de la imagen. Seguramente me hubiera sentado un rato en el camino para sentirme parte del milagro.

Justo a la salida del pueblo, a ambos lados de la carretera que me aleja del mismo en dirección Norte, se suceden más de una decena de restaurantes, señal inequívoca de abundancia de clientela y oferta. Hoy no creo que haya nada de eso, teniendo en cuenta la falta de personal que he visto en los días anteriores.

Molinos Apúlia.

Aparecen molinos de viento en la línea de costa. Cuento cinco hasta donde llega mi vista. Sé que son molinos porque alguien me alertó. Creo que fue en la oficina de turismo de Matosinhos. El caso es que son edificaciones circulares de piedra (en apariencia) a las que les han quitado las aspas y están perfectamente mantenidas, ya que sirven de vivienda habitual. Y surge una nueva pregunta, lógica por otro lado. ¿Qué pintan unos molinos de viento en primera línea de playa? La respuesta es muy sencilla: para moler. Moler el grano que obtienen de sus cosechas. Y admirando el panorama, me saluda un hombre de edad avanzada. El buen camino es un deseo que se va repitiendo desde mi salida de Oporto. Le pregunto por los molinos, por su uso y por lo que significa para la zona. Son apenas unos minutos de conversación, pero me enriquece mucho. La avidez de conocimiento ha crecido exponencialmente en mi. No sé si será un estado pasajero o constante de aquí en adelante. Me explica que del mar recogían las algas, las secaban y luego las usaban de fertilizantes para el campo. Me dice que este mar tiene aguas muy yodadas y que por ello las algas son magníficas para el cultivo. Luego, continúa, el grano de las cosechas se llevaba a los molinos que, con el constante viento litoral, no paraban de funcionar. Y claro, hago el preceptivo ejercicio imaginativo. Otras épocas, otros caminantes viendo los molinos, pero con aspas, y los sacos de harina en las carretas. Y mirando al mar pienso en los duros inviernos y sus temporales. No son playas para baño, posiblemente.

Molinos vivienda.

Tras la breve charla, continúo hacía nuevas imágenes que no tardan en aparecer.

La sucesión de pasarelas y adoquines me sirven de guía entre las dunas. Desde ese firme se me muestran las primeras lomas. Y me envuelve un bosque de pinos. Supongo que es el bosque de Ofir. Sólo supongo porque a veces es difícil situarse. Hecho de menos información visual de los lugares por donde transito. Y no termino de suponer y de quejarme interiormente de la falta de información cuando de repente, aparece un cartel y me deja en mal lugar. Parque Natural del Litoral Norte. Cuando uno critica lo que cree negativo, debe reconocer, también, lo positivo. La zona la catalogo como preciosa, frondosa y tranquila. Se van sucediendo las imágenes que denotan la inclinación hacia el turismo que tiene esta zona. La discoteca Pachá creo que delata bastante este uso turístico. Pero hay más; hay camping, campo de golf…

A pesar de toda la abundancia de reclamos, no veo a nadie. Ni coches, ni personas… nada. Desde hace tiempo voy siguiendo las directrices que me marca la app Camino Ninja. Su mapa me está guiando prácticamente al milímetro desde que decidí añadir a las señales del camino el mapa de NInja. Usando ese mapa, recorto un poco el camino y me dirijo a la población de Fao. Hace muy poco, se unió con Apúlia para formar la freguesía de Apúlia y Fao. La traducción de Freguesía es variada. Desde feligresía a parroquia, municipio, barrio…

Puente Don Luis Felipe.

Para llegar a Fao, atravieso el puente de hierro de Don Luis Felipe. Me recuerda muchísimo las construcciones de Eiffel, lleno de tornillería y remaches. Gracias al puente puedo cruzar el rio Cávado sin necesidad de tener que dar una vuelta enorme. Necesito volver a la referencia de la costa y el cruce me lleva un poco hacia el interior. Desde el puente intuyo la desembocadura, mientras observo el ensanchamiento del rio y las dunas marcando el límite del mar. Atravesado el rio, continuo por la Rua Da Ponte Luis Felipe con dirección Esposende. Si tuviera que hacer un resumen del lugar sería: Rio, Huertas, Calima y carretera.

Espacio cuidado.

Es fácil encontrar el camino litoral. Y con el camino vuelven las pasarelas, el mar bravo y las dunas. Las pasarelas son discontinuas. Se añade un nuevo elemento que molesta el camino agradable. Son los adoquines pequeños. Menos mal que no son recorridos grandes. El dominio de la pasarela sobre la arena vence a los adoquines, para alivio de mis articulaciones. Caminar entre pinares y mar, sin presencia humana, es una sensación de lo más agradable. Por momentos pareciera que estoy en un parque, muy bien cuidado y limpio. Es una Eco Vía Litoral y parece lejos del mundo, al menos en estas fechas.

Un descanso.

Llevo 12 kilómetros y necesito parar un poco para comer y beber algo con tranquilidad. Un banco a pie de playa y un riachuelo me dejan en manos del relax más absoluto. El bocadillo, del día anterior, me sabe a delicatessen. Es más que un descanso y un repostaje. Es un «aquí estoy». Es un grito en silencio, un pie en el camino y el otro en el aire. Si no fuera por la calima contaminante diría que estoy en fusión con el universo. Y vuelvo en mí para continuar el camino.

Entre cultivos y acequias.

Es en este tramo es donde empiezo a sufrir las consecuencias de las guías. Las flechas amarillas se rebelan y se ocultan como si quisieran que me quedara en la zona, preso del lugar. No hay pasarelas y las dunas me ofrecen una salida. A riesgo de tener que volver sobre mis pasos, las busco como el hilo a seguir. Se vuelve duro el caminar ya que al peso de la mochila, se añade la arena blanda y las zapatillas que se llenan de arena. Mal día elegí para cambiar las botas por las zapatillas. Decido salir del campo de dunas volviendo un par de centenares de metros sobre mis pasos. Ese giro de dirección me lleva a camino estrecho, parecido al pavés, entre cultivos y acequias. A un lado, el pueblo con campanario y en torno a el, un mar de cultivos. Entre ellos, en la pequeña carretera, un tractor espera a ser movido. Una señora, septuagenaria, carga un par de cajas con tesoros de la tierra. Un sonriente saludo no interrumpe nuestras tendencias. Ella dirige su tractor hacia el pueblo y yo camino hacia el Norte, recorriendo, lo que denominan los pocos carteles que hay, el parque natural.

Cruce de rio y elección de camino.

Cuando surgen las tomas de decisiones a la hora de elegir caminos, empiezo a decidirme por las rutas más directas, evitando el exceso de kilometraje. En esa disyuntiva de izquierda o derecha estoy. Se resuelve rápido. La izquierda. Evito rodear el parque para llegar de igual modo al Rio Neiva.

Aprovecho la aparición de un grupo de casas para parar a quitar arena de las zapatillas. Esa parada hace que me fije algo más tranquilamente en el habitat que me rodea. ¡Hay indicadores! Como es normal, un problema se resuelve y aparecen otros. Lo importante es solucionarlos, no los problemas en sí. La carga del móvil (mi chaleco salvavidas, mi comodín) está agotándose al mismo ritmo que mi cuerpo. No es grave perder la guía del móvil por estos lugares ya que sólo hay que seguir en paralelo al mar, dirección norte. Lo que si pudiera suponer algún problema es que no tengo asegurado ningún alojamiento. Mi intención era quedarme en Anha, dependiendo de las fuerzas y las ganas con las que me viera. Y mientras se va apagando el móvil, el camino no deja de estar solitario. Me envuelven los alcornoques, pinos y eucaliptos mientras el sonido del rio no deja de acompañar. Es un camino bonito que consigue que minimice por completo el tema de la batería. Y caminando me encuentro con un nuevo puente; esta vez pequeño. Las señales me exigen que dirija mis pasos al camino de la derecha. Abuso de la batería para mirar lo que me marca la aplicación y esta me dirige a la izquierda. Poca batería y dilema existencial. Sigo la App. Tal vez las flechas marquen algo que debería ver…

Entre los kilómetros 20 y 24 me muevo por la zona de Castelo Do Neiva, con callejuelas variadas y caminos empedrados. Es la hora de buscar donde comer sin dar la opción de elegir. Y la solución es Amorosa. O sea, la población se llama así y donde me relajo, hidrato y alimento es en Pastelería Amorosa. Elijo terraza, como casi siempre desde que se inició la pandemia. Ha llegado justo a tiempo esta parada. He recargado todo. El cuerpo, el espíritu y el móvil.

Llegado el momento, me despido del camarero (jovencísimo) y la cocinera (agradable). Cargo mis hombros e inclino ligeramente mi cuerpo hacia adelante. Reinicio la marcha apareciendo a escasos metros un nuevo bosque con suelo de arena y obstáculos varios. No sé si estoy aportando arena al camino desde mis zapatillas o a la inversa. El caso es que no hay presencia humana. Sigo caminando en solitario y van ya un montón de kilómetros. Aunque ahora que lo pienso, vi uno a la salida de Esposende que pareciera no querer llegar nunca. Su ritmo era de paseo triunfal.

Acabado el bosque trampa, necesito sortear un acero que impide el tránsito de vehículos. Es una zona privada, según leo en cartelería situada en postes de madera. Estando muy bien de ánimo he pasado al lado oscuro del agotamiento a apenas 4 kilómetros del destino elegido para hoy:Viana Do Castelo. 26.200 metros en total.

Me ducho y salgo a picar algo a pesar del cansancio. No podía haber elegido mejor opción. Camino un poco por la villa y rápidamente me doy cuenta que ha sido todo un acierto. Es un lugar precioso. Estoy muy cansado tras tomar un par de cervezas y picar algo. Prefiero ir ya a dormir y descansar. Mañana contaré más sobre esta preciosa localidad.

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