
Un año más. Una historia distinta, para un mismo lugar. Para hacerla merecedora de ese calificativo, hemos intentado circular por caminos no recorridos con anterioridad, al menos conscientemente. Finales de octubre y primeros de noviembre no han sido sinónimo de temperaturas bajas. Decir «todo lo contrario» sería lo correcto. Indudablemente, hay que moverse por lugares ya circulados, pero casi de manera anecdótica. Ejemplo de ello es la comida del primer día de viaje real. Salimos desde Arcila y llegamos, a través de carreteras nacionales y autopistas, hasta Boukefrane. La carne a la mosca también es un clásico que en próximos viajes deberíamos de dejar. Comer con la mosca tras la oreja… Nos echarán de menos, seguro. Por esas carreteras, hasta llegar allí, he podido ver campos de cultivos abundantes, miles de alcornoques, con falta de corcho en sus troncos, e infinidad de puestos de ventas de frutas a pie de carretera. Esto último, tras dejar atrás Tiflet.
Llegar a Midlet, para pasar esa segunda noche (tras la de Arcila), era lo planificado. El Kasar Timnay fue un lugar en el que no pudimos alojarnos en un viaje anterior. Su entrada tiene una zona extensa para aparcamientos. Le sobran espacios para realizar acampada y cuenta, por supuesto, con piscina… En fin, un amplio recorrido, también visual.
Tras la compra de agua, fruta y llenado de los depósitos de combustible de los 4×4, la búsqueda del track con prontitud es indispensable para llegar a una hora prudencial. El fin es atravesar el Cañón de Jaffar y por supuesto, no perdernos lo que otros ojos nos han querido mostrar. Otra cosa es conseguir llegar con luz natural al final de la jornada.
Estamos por allí desde una hora antes del medio día, aproximadamente. Cruzar el cañón ha supuesto un derroche de tiempo, esfuerzo e imaginación. Algunos obstáculos han tenido que ser sorteados con la ayuda inestimable de piedras, eslingas e incluso con la aportación de una joven del lugar sin pedir nada a cambio. Acompañada de dos pequeños zagales, que según explica no son suyos, intentó dirigir la empresa de ayuda en cañón. Tan joven…
Un par de tramos, al menos, han puesto las cosas bastante complicadas. Lo cierto es que ha merecido la pena. La belleza del lugar no ha esperado mucho para mostrarse. Desde un inicio, ha conseguido dejar que mi alma flotara por entre sus muros de rocas. El Circo de Jaffar ya se conocía. Esa comunión entre la garganta y el circo me ha llevado a formar parte de estos lugares.
Hasta Tagouidit las obras en la carretera parecieran una exposición a cielo abierto de los medios del país para acercarse a la prosperidad.
Los niños en carretera, ante cualquier cruce de población, es una norma para sortear con precaución.
Llegando a Agoudin, los pequeños huertos llenan mis ojos de curiosidad. La labor en ellos deja que los pensamientos se atrevan a aventurarse en el día a día de los pobladores de la zona. Sobrevivir no es una palabra vana en esta tierra de colores, hecha para poetas.
El camino, a modo de carretera, nos lleva en dirección a Imilchil. Es bacheado y estrecho. La distracción propia del copiloto me permite observar un grupo extenso de cedros. Me llama la atención porque los veo sanos. Con anterioridad, tuve que dejar de contar los cedros muertos. ¿El motivo? Tal vez el niño de los pajaritos me lo contó alguna vez, pero lo olvidé.
Los olmos anaranjados, por la época del año, colorean la imagen de Boutserfine. Los huertos dan su toque de civilización anecdótica a la estampa. El adobe marca los límites a esos terrenos que parecieran propiedad de pobladores de épocas ya extintas.
2.270 metros de altura hacen que no bajemos el nivel del disfrute.
Las montañas intentan encerrarnos para que no abandonemos el lugar. Anemzi se aprovecha del paso del alquitrán de la carretera por su centro poblacional, al igual que Tmalout y Tighadoouine, para que el polvo de nuestros neumáticos no llenen sus visillos imaginarios.
Tras circular por el cañón, y el circo, la carretera hace que la búsqueda de alojamiento no sea complicada. Nuestro descanso está cercano a Ait Ben Ali y a Ait Ouloussane. Sobre todo a la primera. Auberge Jardins D´Imilchil. Appart-Hotel Chez Said. Tiene teléfono, pero no quiero montar un numerito.
Tras el repetitivo desayuno, no vemos amanecer, pero si la claridad y aroma de esos primeros rayos. Tomamos dirección a Ouazarzate.
No llegamos a sortear Abi Daoun. Un lugar lleno de banderas nuevas, de distintos países, nos recibe con comitiva incluida. En la charla pertinente, conocemos a quien parece ser que lleva el establecimiento. Vivió en Barcelona durante tres años y su español no llega a ser malo. Nos cuenta la rehabilitación que está llevando a cabo y nos lo muestra. En una pequeña terraza, justo en la puerta de entrada, nos tomamos un té con el azúcar por echar. A 2.500 metros de altitud, el nivel exhibido es alto. El café y las manzanas también son presentados en sociedad.
Continuamos el camino en busca de unos posibles (que no llegamos a coronar, por supuesto) 3.000 metros de altitud. La carretera es bastante buena a pesar de las innumerables zonas de paso de torrenteras.
Entre montañas, la imagen debería tener un adjetivo superior a «bonito«. Las gargantas suaves se suceden e imagino los inviernos duros por estas tierras.
Esta zona Bereber (palabras textuales del ex residente en Barcelona) nos llevara hasta Ouazarzate tras algunas horas de más. Las montañas erosionadas, y con líneas marcando sus laderas, mantienen el escenario perfecto entre ellas y los cañones, en ocasiones sin aparente agua y otras con muestras de ella. Resumiendo esa travesía, me encanta lo que estoy viendo hasta el momento.
A partir de un determinado punto kilométrico, el descenso se hace evidente. Se realiza de manera lenta y uniforme. Tras veinte minutos de esa permanente bajada, observo un pueblo de tamaña mediano. Puedo apreciar que está situado justo a la subida, en sentido contrario al nuestro, claro. Vamos dirección Sur, eventualmente.
Aid Moussa Ou Ichou e Aid Ali Ou Ichou son dos pequeñas poblaciones cercanas que nos dejan imágenes abundantes de cultivos entre la carretera y las laderas secas, provocando un contraste de colores increíble. Y eso sin nombrar al segundo pueblo escrito en este párrafo. En él es donde más abundan los pequeños campos de cultivos. Esos campos no solo se circunscriben a la zona nombrada. Nos acompañaran durante bastantes kilómetros.
Al circular por zonas donde se están acometiendo importantes obras de reacondicionamiento, entiendo que ha tenido que haber importantes precipitaciones por estos lares que han llegado a dañar las comunicaciones terrestres.
Se suceden los pequeños pueblos con apenas distancia entre ellos. La sequedad a ambos lados de los valles llegan a confundir. La pregunta llega a plantearse. Verde o marrón. ¿Quién ganará la batalla? Si no hay un cambio climático inimaginable, la respuesta está clara. En esos valles, algunas de las casas de adobe llegan a proteger los cultivos. Son tantos los kilómetros que recorremos con esas características que llego a perder la cuenta de los mismos y lo cierto es que me da igual. Aquí no hay oscuridad.
Cruzamos, partiendo casi en dos, algunas de esas innumerables poblaciones (decenas), llegando incluso a circular bordeando, a ras de carretera, las tierras de cultivos.
La búsqueda de la Garganta del Dades acaba al poner, a tiro de vista, la grandiosidad de su inicio. Se encaja entre elevadas laderas perpendiculares, con suelo de cantos rodados, innumerables piedras y rocas de todos los tamaños y corriente casi nula de aire. El agua que corre por entre sus riscos parece tímida. Aparece y desaparece.
Tras una parada, para observar un cañón muy estrecho, llegamos a un pueblo un poco más grande de lo visto hasta ahora en esta jornada. Una rotonda nos deja mirando para Ouazarzate.
Una enorme planicie nos recibe casi de repente. Hemos pasado por entre dos conjuntos montañosos. Es un paso obligado para poder continuar. Echo la vista atrás y consigo entender el lugar. Esa apertura para el cambio orográfico, nos arrastra a casi una constante línea recta en forma de carretera. El rio queda a nuestra derecha, a muy baja cota, y las formaciones montañosas se arriman a ambos lados.
Poco a poco, nos vamos abrigando con las elevaciones a la izquierda del camino.
La planicie parece que va desapareciendo, tal vez por timidez, al contrario que el rio.
Dejado atrás Ouazarzate, tomamos rumbo hacia el Oasis de Fint. El lugar es increíble. Palmeras, viviendas, agua de rio… Lástima que el alojamiento que buscábamos estaba al completo. Suerte que al otro lado del rio, otro nos acogía.
Albergue Tissili. La llegada ha sido coincidente con la noche. Observar el lugar es imposible. Solamente queda cenar, tomar algo y charlar de la intensidad y emoción del día. Juan Ramón tiene mi reconocimiento personal. Ha trabajado el viaje y, al menos a mí, ha conseguido hacer que sonría y disfrute.
La cena, regu (como escribo en mi inseparable Moleskine e interpretando la letra distorsionada, producto de piedras constantes en pistas). Al contrario de lo que pudiera parecer, eso no suena mal. Lo que si me sonó mal fue la cama en forma de «U». Dormir agarrado a un lateral del colchón… Nunca me pasó.
Producto del esfuerzo por aferrarme al borde o, por qué no, a las ganas de visionar el paraje, me levanto a las 07:00, dejando atrás el alojamiento. Camino, en bajada, hacia el agua y las palmeras. Fotografío el lugar, alojamiento fallido incluido, y quedo lleno y pleno. La vida, con ganas, es como si hubiera encontrado todo lo que ando buscando. Supongo que puede ser como tener el poder.
Regu el desayuno, como la cena y la cama. Por primera vez en mi vida, he descubierto a mosquitos que no pican. Empáticos, supongo.
El mapa lleno de tracks, pisteros y de asfalto, nos llevará en dirección al Iriqui. Esta zona protegida está cercana a la puerta del desierto.
Ouazarzate. su situación ocupa el Souss Massa Draa. Las acacias ocupan una gran parte del todo y, por supuesto, de la nada. Cuando el agua hace que el Iriqui se convierta en el lago que se le supone, un gran número de aves acuáticas se cobijan allí.
Hasta donde lleguemos, estará todo dado por bueno. La paz y los kilómetros se mezclan entre sí. Posiblemente Izguid se convierta en destino. De hecho, en el aparcamiento previo a la salida, se comenta en el grupo hacer la jornada sin destino final prefijado. Cuanto más cerca de Tarudant mejor. Allí si queremos llegar en un par de días.
En medio de un trozo de carretera, paramos a tomar un té, café o Pepsi. No solo es cafetería. También es un bakalito donde aprovisionarse de lo que quieras. Se trata del «Café Assanfo». Bastante peculiar por cierto. No por su amplio repertorio en provisiones. Nos tomamos lo servido en el interior. Un patio, lleno de vegetación, con un par de mesas y sillas, hace de estancia. La tranquilidad es absoluta. Al salir, una escena reafirma la peculiaridad ya nombrada. Es también peluquería. No voy a describir el salón de la peluquería, mejor lo plasmaré en alguna fotografía.
La palabra Ait va delante de nombres en multitud de poblaciones a las que nos vamos acercando tanto como alejando. Es una carretera, en general, con escaso tráfico durante los innumerables kilómetros de palmerales. Las laderas montañosas secas también nos acompañan.
El palmeral lo mismo desaparece por completo que regresa más frondoso, si cabe. Es como un juego. Los carteles informativos de la carretera nos indican Tata y Tissint, entre otros destinos.
Uno de ellos es Allougoum. En la carretera, tienes la oportunidad de pararte y observar, desde un mirador, la grandeza del palmeral que parece infinito.
Como si se tratara de un documental, la carretera nos facilita la llegada a una Hammada. El paisaje es impresionante. La dureza confunde a la inteligencia y la presenta como belleza extrema. El terreno pedregoso y seco es de National Geografic. La línea recta de la carretera parece infinita, hasta que a lo lejos puedo observar como dos grupos diferentes de montañas terminan por estrechar el espacio. Pareciera que intentaran ser un solo espacio, pero algo se lo impide. No les han dejado confluir y fue, precisamente, justo antes del estrechamiento final y natural. Al menos en la dirección de nuestra marcha. Aparecen en este punto cientos de palmeras muertas.
Al atravesar el estrechamiento, a modo de bocana de puerto, dejamos a nuestra derecha la población de Foum Zguid.
Esa salida, o entrada (según se mire), nos trae una pista polvorienta, como todo el terreno circundante. Debemos bajar presiones de neumáticos a pesar de conectar con una hammada excesivamente pedregosa, para poder movernos por ríos de arena que a veces nos atrapa y retrasa.
Estamos tan cerca del Iriqui navegamos sobre su terreno. Un juego de palabras que viene para quedarse.
Erg Chegaga
Dormimos en el Bivouac Zayd Harmach, tras un intento fallido en otro lugar muy cercano. El precio, sin posibilidad de regateo, nos trajo hasta ese establecimiento. La noche nos acompaña en el traslado. También un trabajador de la competencia; de otro lugar. Nos pedían 75 Euros por persona y desistimos. Las jaimas eran iguales. El interior no.
Amanece otra vez. Salgo del refugio nocturno y subo a una pequeña duna para poder observar la salida del Sol entre dunas. Otra calidad.
Desayuno, leves toques en los coches y partida. Son las 09:40 exactamente.
Una hora más adelante, coincidimos con Ruben, sus motos (25) y su África Star. Una tremenda casualidad. Decir. «Se parece a Ruben el que está apostado bajo un árbol, a la sombra » y resulta ser él. Si hubiéramos quedado, seguro que no nos vemos. Los saludos pertinentes, las fotos grupales y las palabras nos llevan a la despedida. Su negocio prospera en estas tierras.
Casi al medio día ya hemos bordeado, por el Sur, el Erg Chegaga, en la provincia de Zagora y muy cerca de la frontera con Argelia.
La superficie por la que transitamos es de barro seco, blando y cuarteado. Las rodadas de otros vehículos se significan levemente.
Observo, para variar, la grandeza del lugar. Los calificativos se van acabando. Los camellos, las dunas rodeando la planicie y el Titanic. Albergue, alojamiento…
La entrada al Iriqui es por el N/O en dirección a la zona montañosa que marca la frontera con Argelia.
Iniciamos este paraje marcando en el cuenta kilómetros 1.415 kms y salimos con 1.548 kms. Las cuentas son fáciles.
Es el Sur de Nghimina.
Al salir de pistas, entramos en carretera y en unos pocos kilómetros topamos con Tissint.
Una gotas perdidas de nubes dejan su huella en los parabrisas. Son tan pocas que se sienten avergonzadas por la desfachatez de caer y desparecen con prontitud.
El lugar elegido por Juan Ramón Jr. es el Riad Ikaid Tissint, gobernado por Aziz. Tuvo la osadía de recibirnos casi con actos ceremoniales. Una gran puerta, de madera, nos abre el acceso al lugar. Apenas cabemos los cuatro vehículos en el patio interior.
La decoración del alojamiento está realizada con gusto y llama la atención al visitante. Eso y los títulos y cuadros informativos, sobre la historia del lugar, aportan información a tener en cuenta. Me acompaña Aziz para guiarme por el interior, hasta llevarme a la parte superior a modo de azotea, para que vea lo que no podemos observar desde la planta inferior.
Intercambio con Aziz direcciones y cuentas para poder enviarle alguna información de la obtenida por estas tierras. Lo veo como un personaje atento y educado. Su familia vive atravesando una puerta lateral situada en el espacio abierto donde dejamos los vehículos. Por cierto, a parte de tener espacio para cenar al aire libre y un apartado a cielo abierto donde charlar y tomar algún refrigerio en petit comité, esa especie de patio grande también alberga algunos vehículos tipo quads fuera de uso. Tras esa puerta, otro patio abierto deja paso a los aposentos familiares.
Durante el tiempo que estuvimos en la azotea, me habló de visitar algo parecido a unas cascadas que estaban a apenas diez minutos andando desde su establecimiento. Con la luz solar del nuevo día, y ya en ruta, lo iríamos a ver.
Levantados y desayunados, nos acercamos al lugar recomendado por Aziz. Se trata de un tránsito de rio, con vegetación y un entramado de dispositivos construidos para proteger de crecidas. Ese rio atraviesa un cañón profundo antes de su entrada en el pueblo. Para variar, el palmeral no solo adorna, también domina el lugar. Como siempre, ante etapas donde es complicado abastecerse de combustible, repostamos y llenamos presiones. El día será largo.
Durante el camino, alternamos asfalto con pistas, hasta llegar a Tarudant.
En un primer tramo, hacemos 20 km de pista, bordeando siempre un cauce seco y ancho. Pasados esos kilómetros, volvemos a carretera. Ial de Tata y Aka Ighane quedan registradas en mis notas manuscritas de difícil lectura.
Nos movemos cerca ya de Timzouguine y, por supuesto, por su palmeral. Mi primera impresión es que se trata de uno pequeño, pero al continuar el camino puedo apreciar, y aprecio, que no se quiere acabar.
A lo lejos vemos algo parecido a un camino que asciende agarrándose a laderas rocosas y muy empinadas. Que fuera ese el camino a seguir, consiguió acercar a la memoria mis años atravesando parajes montañosos con mi querido Montero 4×4. Cuantos buenos momentos con excelente compañía. Ahora, de copiloto, veo más e imagino menos.
Por entre un albergue y el palmeral, iniciamos lo que presupongo será algo especial. La estrechez del camino entre casas y palmeras casi me impide sacar el brazo para grabar imágenes. Llegado el momento, entre las viviendas y las palmeras, el Sol se rinde. No puede atravesar tal oposición y se reserva para mejores momentos de lucidez.
La subida sigue siendo estrecha y constante. El lateral de la pista, que da a una caída brutal, lo forman, como estructura de soporte del terreno, pequeñas piedras. En un momento dado, paramos para poder observar aquella imagen. El valle, su palmeral, las elevadas cumbres y… Oh, sorpresa: Una cascada, con pequeño embolsamiento de agua de color verdoso. La casualidad ha propiciado esa observación. Sin embargo, no pude apreciar la cabeza de mono, que parece esculpida por el hombre. Y nuevamente sin embargo, si interpreto en plena roca y a un centenar de metros de altura, la apariencia de una cabeza de un león. La imagen del lugar, en su conjunto, es maravillosa.
Me llama la atención algo no visto nunca en mis viajes. La intensidad del color azul del cielo. El contraste del color del terreno con el del cielo es difícil de transcribir. Las fotografías hablarán de ello mucho mejor que mis palabras.
Llegamos a una altitud de 1.035 metros y los pasos para los 4×4 se estrechan complicando nuestro circular. Llegado el momento, topamos con un cauce seco y muy pedregoso, donde no se aprecian rodadas de vehículos. Las marcas de los mapas nos llevan por ahí, pero dudamos. Una pequeña elevación, a pie de la pista, nos da la información para sortearlo. Desde arriba se aprecia el paso, justo delante nuestra. Lo atravesamos sin dificultad alguna. La vista suele engañar. A veces, es necesario parar y fijarse bien en todas las posibilidades. Es como la vida misma. Observa y analiza. Consejo gratuito para viajeros y usuarios de los días de esta, nuestra vida.
Varias decenas de kilómetros más adelante, encontramos asfalto nuevamente. Es una carretera estrecha, en ascenso y con curvas reviradas, como no puede ser de otra forma. Es típica de media/alta montaña. De ahí hasta el definitivo tramo por carretera, usamos nuevamente pista polvorienta.
Desde la gasolinera hasta el los últimos kilómetros del discurrir, hemos hecho 106 kilómetros. La noche se va apropiando de los lugares hacia donde nos dirigimos. Atravesar los alrededores de las poblaciones supone un riesgo excesivo. Ciclistas sin luces por los márgenes de la vía, motos fantasmas y personal a pie hacen que la adrenalina suba y la inquietud se establezca entre nosotros. La radio quema el ambiente entre avisos de peligros por los nombrados y los vehículos que nos adelantan sin un mínimo de seguridad.
Llegamos, por fin, sanos y salvos. Ni daños a terceros ni propios. El alojamiento (nuevamente Juan Ramón Jr hace un buen trabajo) es bastante bueno. Una pena no poder usar la piscina por la hora y las escasas ganas.
Seguimos en la región del Souss Massa Dra.
El alojamiento: La Tour De Toile.
Amanece temprano, como lo ha hecho últimamente. Desayuno, charla y nuevo contacto con la carretera. Toca llegar hasta Oualidia. Allí se hará cena de despedida, con homenaje de mariscos incluidos. Se trata de desdramatizar el largo recorrido de vuelta. Lo dividimos acertadamente para no emborracharnos de carretera en el regreso al hogar.
Un año más, una historia nueva que contar.










































































































































