Varsovia

Dejar Cracovia atrás es tan solo un espejismo. Sus imágenes nos persiguen en las conversaciones, camino de Varsovia, siguiendo la línea férrea.

KRAKÓW GLÓWNY-ESTACIÓN TREN.

Un grupo de cuatro personas, sentados a nuestra vera, hablan y le entendemos mientras lo hacen. Son chilenos. La pareja está de visita, otro de ellos reside en Polonia, con familia polaca incluida. Nos instruye sobre curiosidades y la charla entre todos se vuelve bastante amena. El cuarto componente, de mayor edad, está en silencio. El tren es confortable y ayuda a recuperar imágenes y momentos vistos y vividos en Cracovia.

Pasan los escenarios a velocidad suficiente como para poder admirar algunos contrastes. El trayecto se cubre en unas tres horas y cuarenta y cinco minutos.

Ponemos pie en tierra sobre las dos de la tarde. El tiempo justo de llevar equipajes y salir a comer algo. La pizzería Cole Powizle nos mantiene la actividad estomacal en funcionamiento. Era lo pertinente.

PIZZERÍA COLE PWIZLE

Sigue luciendo el sol y la temperatura aun no se nota muy baja. La primera visita es al Castillo Real de Varsovia. En ese camino se aprovecha para fijar la mirada en nuevos escenarios.

Únicamente podemos ver su patio central, abierto al público de manera gratuita. Destruido, en la gran guerra, había sufrido ya, en épocas anteriores, ataques. El alzamiento de Varsovia provocó el efecto «reacción», tal vez un poco antes de tiempo, de su destrucción total por parte de los Nazis. Usaron sus escombros para reconstruirlo tras pasar la etapa comunista. La visita, no hecha, deja algún que otro mal sabor de boca. Ver un Rembrandt, en una de sus salas, no tiene precio, por ejemplo.

Un túnel elevado une el castillo/palacio con la Catedral de San Juan.

Justo delante del castillo, La Plaza del Castillo (¿Cómo iba a llamarse?) con La Columna de Segismundo. No cuesta mucho entretenerse para ver el Rio Vístula, desde la misma plaza, y un barrio renombrado en algunas conversaciones: Barrio de Praga. Por cierto, me llegó una historia sobre joyas encontradas en el rio, tras una intensa sequía, saqueadas en otra época y provenientes del castillo.

Dejada atrás la plaza, y el castillo, nos movemos por la muralla de la ciudad. Alguna compra de estilo vintage nos acerca un poco a lo antiguo. Deambulamos fácil y admiramos La Barbacana. Su función era y es, entre otras, la de servir de entrada y salida de la parte antigua a la nueva. Por supuesto, fue destruida casi en su totalidad. Usaron ladrillos de edificios destruidos para su reconstrucción. ¡Eso es ahorro!

Un breve paseo nos lleva hasta un monumento, con soldados, que representa El Alzamiento. Ello nos permite meternos más en ese proceso histórico. La noche hace que se convierta en un episodio de serie dramática. Leer un poco sobre ese escenario ayuda en algo a imaginar ciertos momentos.

Monumento al Alzamiento de Varsovia

Una gran caminata, tras el monumento anterior, acaba en Piwna Kompania, con un ambiente de lo más germánico; sobre todo por la vestimenta de los trabajadores. Esa cena también fue amenizada por la cerveza XXXL. Nada que ver con una última cena.

Se acabó la noche y volvimos al movimiento del cuerpo, entre frío y llovizna.

Toca visita de Varsovia guiada, entre amenaza de lluvia y evidencia de frio. Ha sido un viaje iniciático en ese sentido. Fuimos ligeramente impuntuales, pero no nos impidió realizar el tour desde el inicio. Totalmente recomendable, al menos en nuestro caso, el elegir un tour guiado. Free, por supuesto.

Nuestra guía habla un español fluido. Nos comenta que el «paseo» será de unos cinco kilómetros. Poco para nosotros.

El barrio judío, su historia y sus lugares serán el centro de este viaje a través del tiempo. Los relatos de situaciones dantescas me traen recuerdos de Berlín y Budapest. Es la historia del ser humano. La locura nos arrastra a cometer atrocidades para luego, pasado el tiempo, tacharlo de deleznable. ¿Cambiaremos alguna vez? ¿Se podrá vivir en nuestra historia?

Nos da datos de habitantes, de antes y después de la locura. Aporta también porcentajes de víctimas, migraciones por la brutalidad, anécdotas de lugares y personas.

Calle Prózna.

La «pillamos» vacía de gente. Mantiene apenas cuatro edificios de viviendas de la Varsovia judía. Cada año se celebra en ella, y en algunas zonas más de la ciudad, el Festival de la Cultura Judía.

Hacia el año 1940 la zona fue cerrada para los judíos. Primero con alambradas, luego con muro. En total ocho kilómetros de longitud. Ese muro pasaba justo por detrás de la Iglesia de los Santos.

En la parada inmediata, nos relata el plan de la visita. Pasearemos por El Gueto Pequeño, posteriormente veríamos La calle Chlodna, en donde se construyó un puente, por los nazis, para que los judíos pudieran pasar de un lado al otro sin pisar la calle, que por aquel entonces era una importantísima vía de comunicación. Su estructura era de madera y mientras pasaban por el, podían observar como alemanes y polacos transitaban con total normalidad por la calle. El puente no existe en la actualidad, pero si un monumento que lo conmemora.

Nos cuenta historias el Gueto Grande, su destrucción total y la única superviviente de todo aquello: Iglesia de San Agustín. Esa historia me pareció de película. Construida de ladrillo, se salvó para que, entre algunas cosas, sirviera de orientación a los alemanes. Estaba todo arrasado.

Desde una relativa lejanía, nos habla del Palacio de Ciencia y Cultura. Incide sobre el color de su fachada, grisáceo, para informarnos de que era blanco de construcción. ¿Contaminación? Según ella, hay bastante gente a la que no le gusta su historia y su apariencia. Pasó de llevar la coletilla Stalin hasta que, en la actualidad, cada vez se le respeta un poco más. Me refiero a la edificación, claro. La dominación soviética trajo algunos de estos edificios a las calles de países anexionados. Se le conoce como Pekin, como abreviatura de su nombre en polaco. Los 237 metros de altura hacen de el uno de los más altos de Polonia.

La guía nos informa que es visitable hasta la penúltima planta. Le haríamos caso tras el tour.

Cada vez que nos deteníamos, Virginia, la guía, nos contaba historias qué, quizás de otra forma, no hubiera conocido jamás. Detalles tan pequeños que hacen grande a la narrativa. En una de esas paradas nos habla de que el sábado en la noche la visita a los museos es gratuita.

La siguiente reseña es junto a un mini centro, judío, con guardería, local con comida Kosher (Pura y apta), sinagoga… usada como establo por los nazis. Su visita es de pago (5 Euros). Está vigilada las 24 horas del día por la policía. Hubo otra sinagoga en la zona de negocios que fue quemada y destruida.

Virginia seguía metiendo cuñas entre historias. Le tocó el turno a un espectáculo de agua y luz, con música que varía de temática cada año, y que se realiza los viernes y sábados entre el rio y el casco antiguo.

Seguimos el camino y nos detenemos ante una pared que se supone pertenecía a un edificio. Este fue destruido también en la segunda guerra. Lo que nos quiere mostrar es un grafiti de tan solo una frase que, separadas las palabras a modo de juego de ellas, viene a decir «¿Piedra y qué más?»

Girando apenas un poco la vista a nuestras espaldas, vemos 18 bloques idénticos. Es la seña de identidad de la época comunista. Se hicieron en los años 60´s. Las viviendas eran de unos 50 metros cuadrados.

Y llegamos hasta un fragmento de muro, incorporado de manera tal que sirve de base a una edificación relativamente reciente. Era el límite del gueto. Concretamente estamos en el giro del muro, dejando a la vista lo que era una cervecería. Queda solamente la muestra. En el muro aparece una placa en negro con informaciones de la historia.

Existen unos símbolos en fachadas de edificios que resaltan su valor. Si no recuerdo mal, se tratan de triángulos amarillos y azules.

Volviendo al puente narrado con anterioridad, los judíos pasaban por él y los alemanes se entretenían disparando sobre ellos. Virginia narraba como si lo viviera.

Sus palabras nos acercan a gente reconocida. Por ejemplo, al creador del esperanto. Se trataba de Luis Lázaro Zamenhof, oftalmólogo polaco de origen judío. Hubo una época de mi vida que me dediqué a estudiarlo. Por supuesto, el esperanto. Lo hacía con un gran amigo y compañero ya fallecido. Mientras Virginia hablaba de él no pude dejar de recordarle.

Tocaba hablar, y mostrar, la casa más pequeña del mundo. Creo que tal vez se vino arriba Virginia al clasificarla así. Lo cierto es que es muy estrecha. Vimos solamente la parte trasera de la misma. Según su información, la parte más ancha mide 120 centímetros. Su uso, aunque parezca increíble que lo tenga, es de instalación artística. Su historia en sí es para que cada uno la conozca con la particularidad mental del ser. También nos habla de que existe otra mini casa estrecha en el barrio antiguo, junto a la campana. Tal vez cuente algo de ella antes de cerrar esta historia, o no.

A la izda (Si, a la izda) «La casa más pequeña del mundo»

No sé si lo hizo por algún motivo en concreto, pero nos habló del dulce típico polaco. Bola, con mermelada, pistacho…

Hay un punto en el que judíos y polacos se encontraban. Se trata del edificio de los tribunales.

Siguen apareciendo nombres insignes. Ciertamente, importan los nombres, pero no tanto como lo que realmente hicieron o sea, llegaron a suponer. Y hablando de ese pasado, nombra a Irena Sendler.
Se trata de una enfermera polaca que ayudó a más de 2.500 niños a escapar de la barbarie. Se salvó de morir el mismo día de su ejecución porque sobornaron al soldado que la trasladaba a la muerte. Si llega a ser ejecutada se hubieran perdido miles de historias. Escondió en el jardín de una amiga los datos de todos ellos y, cuando acabó todo, desterró esa información que guardaba sus nombres, donde vivían, qué familias los acogieron…

Una historia de película. Si, se hizo película de aquello.

Entre sus palabras se cuela el narciso. Su forma de estrella se convirtió en símbolo del levantamiento fatídico del gueto.

Una vez que superamos esta parte de la visita, nos encontramos con zonas de niveles elevados para construcciones. Construyeron encima de los escombros.

Una curiosidad llega a la narración. Se trata de una iglesia. En concreto, de la Virgen María. Durante la ocupación soviética, años 60´s, quisieron agrandar una avenida (muy típico en el régimen comunista), pero la iglesia lo impedía. ¿Qué hicieron? ¡Moverla! Utilizaron para ello una plataforma. En una noche la movieron 21 metros hacia el norte. Hay marcas en la carretera que indican el lugar en el que se encontraba.

Seguimos moviéndonos. Ahora tocaba ver un mural conmemorativo de personas, acontecimientos y lugares emblemáticos. Se trata de la zona conocida como Avenida de la Solidaridad.

El levantamiento del gueto, antes nombrado, sucedió en el año 43. Querían terminar de deportar a la gente que quedaba y destruirlo. Se toparon con la resistencia judía, organizada con armas obtenidas por el contrabando. Los esperaban y consiguieron pararlos, al menos casi un mes. Lo arrasaron. Existe un monumento a los héroes del gueto.

Un año después tuvo lugar el alzamiento de Varsovia, provocado por el pueblo polaco contra la ocupación, que duró 63 días. Cada uno de agosto se detiene la ciudad durante un minuto para conmemorar aquello.

Me sigue llamando la atención el continuo pasar de tranvías. Ellos y sus sonidos.

La última jornada, antes de regresar, visitamos el Museo del levantamiento.

Dejo para otra ocasión algunas visitas. Es una parte compleja de esta corta vida. Quisiera levantar mi voz para parar cualquier barbarie en este mundo que aparece como empobrecido en cuanto sucumbe la dignidad de las personas.

Anécdota: di las mismas vueltas sobre la campana para pedir mis deseos. La diferencia estuvo en que mis vueltas eran más amplias y tardé más.

Por cierto, ese sábado, previo a ir al aeropuerto para el regreso a España, probé la sopa Flaki.

Hablar del regreso en uber al aeropuerto es como referirse a un cuento para niños. El chofer se perdió entre obras y lo mismo nos alejábamos que nos acercaba. Alguien llegó a pensar, olvidando la lucidez, que se podría ir andando hasta el área donde estaba el susodicho aeropuerto.

Crear un futuro en paz no debería ser una promesa. Esta es mi frase acuñada tras moverme por historias oídas por esta Europa llena de secuelas.

Deja un comentario