DOS MARRUECOS 2023 Carretera y fuera de ella. Coches cafetera y camiones de Navidad

Un nuevo viaje a Marruecos me llena el espíritu. Desde hace unos años, mi inseparable ¨Moleskine¨ me acompaña para plasmar todo lo que veo, oigo…y vivo. Nunca jamás haré un viaje sin ella. Somos inseparables. Y en Marruecos lo complemento con mi mapa de carreteras en papel. Michelin siempre me sitúa en las rutas por este país. 

En esta enésima incursión por este país, bajamos con cuatro todo terreno. Siete personas amantes de este lugar. La vía de acceso al Sur es por carretera nacional, en dirección a Chaouen, Fes, Mkines…

A veces, circular por alguna de estas ciudades se hace de forma obligatoria. Por ejemplo, tuvimos que atravesar Mkines por el centro para dirigirnos a Azrou.

Pasado Mkines, ponemos nuestros ojos en la población con ¨carnes a la mosca¨. Se trata de Boukafrane. Es una población ya visitada en viajes anteriores y a la que le hemos puesto ese apodo por razones que no creo que haga falta explicar. 

Nos movemos por la zona denominada El Hajeb. Todo el trayecto de bajada hacia el sur se tendrá que hacer por carretera nacional. Nada de autopista que, tal vez, podría haber supuesto un dudoso ahorro de tiempo. En concreto es la N-13. A mi, particularmente, me ha gustado bastante. Los límites de velocidad y los famosos ¨radares camuflados¨ son otra historia. 

Continuando el viaje, nos adentramos en una zona con muchos árboles. Pinares, zonas de olivos e, intercalando, frondosos bosques. 

Llegados a Derdara paramos a repostar nuestros organismos. Al arroz con pollo lo acompañamos con ensalada, tallín,  de un bautizado rabo de ternera y con boniato exquisito y algo más con compañía de cebolla. Si lo aderezas con el aceite suave, te deja en el paladar un agradable sabor. El té y el café sirven de despedida. 

Unos kilómetros más allá tenemos que pasar por Chaouen y cruzar Mkines por el centro (suerte que tengamos).

El paisaje cambiante nos lleva de observar pinos y abetos a adentrarnos por la Mancha Marroquí. O sea, una zona árida en toda la extensión del vocablo. En la ruta podemos dar fe de la lluvia de días anteriores. Nosotros solo observamos el cielo nublado. Alguna historia, a través de la emisora, cae en nuestros oídos. La noche nos lleva a pernoctar en Azrou. Etapa de asfalto y tranquilidad relativa. 

Un nuevo día por la N-13. La salida de Azrou no deja ni tan siquiera que den las 08.00. Inmediatamente ascendemos entre bosques de cedros. Siempre es hermoso verlos. Pareciera que estuviera en otro período. Los pequeños derrumbes de las laderas aledañas indican lluvia importante en jornadas anteriores. A pesar de ser ya recorrida en otros viajes, me sigue trasmitiendo algo parecido a paz interior. Entre tanto mundo descomunal…

Todo acaba en esta vida; el primer bosque de cedros también. La llanura se apropia del paisaje. Se extiende hacia nuestra derecha. Apenas once grados de temperatura en el exterior. Una vez pasado el desvío hacia Ifran, aparecen las señalizaciones de hierro en forma de pértiga, a la derecha de la carretera, pintados en blanco y rojo. Cuando nieva hay que mostrar la ruta al personal.  

Un control de carreteras actúa y la primicia la tiene el primer vehículo de la caravana. Nada importante. Moviéndonos sobre los 1.800 mts de altitud distinguimos el Jbel Hebri, que supera los 2.000 metros y Mischiffen que también los sobrepasa. No resulta extraño que el paisaje muestre falta de vegetación. Se puede relacionar con la altura y el frío. Pasado Timahdite, situada en montaña y donde existe un antiguo volcán (a parte de acoger a la oveja autóctona con el mismo nombre de la población), atravesamos un cañón. La carretera por estos lugares me muestra belleza. La belleza que mezcla paisajes con sentimientos y que me suele sacar historias de dentro. Se renueva la imagen placentera de pinos y cedros y, por el desfiladero, un pequeño riachuelo fluye, decidido, hacia otros lares. Es una zona ya visionada con anterioridad, repito, pero que nunca me dejan indiferente. El adorno de la carretera lo aporta un asentamiento cubierto por plásticos. Con la dureza del invierno de esta zona no quiero imaginar las penurias de los habitantes de este pequeño lugar. Este tipo de asentamiento tiene una íntima relación con la ganadería y la extracción de minerales. La vida hay que buscarla. 

Al poco de esas imágenes iniciamos el descenso de altitud. Los canes parecen puestos exprofeso por alguna razón. Abundan por toda esta zona. 

En el trayecto entre Ifran y Middle hacemos una pausa en la cabalgada. Hay que repostar vehículos. ¡Una gasolinera de CEPSA! No lo había visto nunca por estas tierras. La gasolinera tiene una cafetería muy bien decorada con troncos y maderas y, en el exterior, unas sillas y mesas con la misma inclinación decorativa. El café sabe a gloria, para mi gusto, claro. 

La continuación nos lleva por una larga recta con altiplanicies lejanas atrapadas entre nosotros y el Atlas. A la altura de Bulajoul la imagen del Atlas impresiona. El Atlas y sus neveros decadentes en esta época.

Al topar con Zaida, paramos para comprar comida, carbón y parrilla para su uso y consumo. Parar en poblaciones no se diferencia mucho de hacerlo en cualquier lugar de lo aparentemente solitario. Nos acechan. En Zaida lo que atrae es el intento de trueques por parte de sus habitantes. Lo de los peques pidiendo cosas ya no sorprende al visitante asiduo. 

Sobre las 13:40 pisamos Middelt. Me vienen a la memoria selectiva, un viaje anterior procedentes del Atlas. El gran Atlas siempre estará presente en mis imágenes retrospectivas del país. Pero hay que continuar. La dirección es Ar-Rachidia. 

Justo antes de Rich, pasamos por una pequeña garganta. Desde este lugar nacen varias pistas en dirección al Alto Atlas. Er Rich está prácticamente en las ladera del Atlas. La vista de los picos es majestuosa. Y siguiendo la ruta, circulamos por la Garganta del Ziz. Por supuesto con su ¨Tunel del legionario¨.

Se va lentamente la luz solar. Antes de llegar a Erfoud nos adentramos por una pista hacia el Oasis Saf Saf. La pista se convierte en una mezcla de piedras y ramales de arena. Del sol solamente van quedando retales de su luz. El polvo del paso de los vehículos complica la visibilidad enormemente y nos obliga a transitar con sumo cuidado. A pesar de todo, esta parte del recorrido me parece intensa… Para circular sin riesgo a quedarnos atrapados por la arena, debemos bajar presión a los neumáticos. No es que sea importante, es imprescindible. Y en esa situación de baja visibilidad, aparece una motocicleta conducida por un ser del lugar. Su ritmo es frenético y se acerca entrando y saliendo de las rodadas como si nada le pudiera detener. Al llegar a nuestra altura, pide y ofrece. Ropa y minerales en concreto y por ese orden. Ante la falta de premio, continua su ruta sin camino. Es como si se moviera con los ojos cerrados… de todas formas apenas hay luz. 

En Merzouga, tras un cambio de impresiones, acordamos dormir en ¨Ksar Merzouga¨. 

Ha sido una jornada intensa en el amplísimo sentido de la palabra. Tras la cena, me arrimo al querer de mi inseparable Moleskine. Mientras viva, ella me acompañará. Si muriera  antes que yo, perdería partes preciadas e inolvidables de mi vida del todo irrecuperables. 

Amanecemos el tercer día de viaje y yo, casi al unísono. La hora española ha cambiado, aunque eso realmente no afecta en estas tierras africanas. Desayuno en solitario, mientras el resto del grupo aun no han atravesado el umbral de sus habitaciones. Es el mismo desayuno de siempre. Acabado con el desayuno reponedor, me dejo caer en una pequeña plaza interior, con piscina rodeada de algunas pocas mesas y tumbonas. Repaso el mapa en papel y transcribo a mi Moleskine algunos datos del día anterior. Ya guardo en el un montón de sentimientos y apreciaciones de antiguos viajes. 

Repasada la ruta de ayer y marcada en el papel, me doy un paseo por el exterior. Busco la primera luz que trae un nuevo día. La visión es maravillosa. Por un lado veo irse la luna plena y por el lado contrario, enfrentados,  observo los primeros rayos que hacen cambiar el color de las grandes dunas que siembran el terreno. Como no, la música me ayuda a no pensar en otras cosas que no distorsionen el momento. ¨Dance¨ de Hawa. Estamos a las puertas del Erg Chebbi. Argelia queda a tiro de dunas. 

Iniciada la marcha nuevamente, navegamos por Mergan. Uno de los ríos de arena nos acerca hasta la hora de la comida. Bajo la sombra, aislada, de algunos árboles, preparamos de comer. Kefta al carbón, ensalada de tomates con melva, cebollas, aceitunas y alguna cosa más, es el menú del día. Se riega con algún vino y cerveza. Ciertamente se está a gusto. Frente a nosotros, elevado sobre una formación rocosa, tenemos un mirador, pero nos saltamos el paso de llegar hasta el.

Mientras comemos, observamos el trasiego de vehículos de competición (Panda) por  el río de arena. Las competiciones llenan el territorio en estas fechas.

Hay que visitar el Oasis de Ouvira. Para llegar hasta el lugar hay que sortear dunas. Su presentación ante mis ojos es como si de un tráiler de una película de aventuras se tratara. El acceso al Oasis lo hacemos directamente con los vehículos. Observamos como el personal que lo lleva está en pleno rezo y lo respetamos. Creo que no es un momento para detallarlo. Es mejor dejarlo para que se interiorice. Un par de teteras ayudan a mantener el espíritu de nuestra visita. 

Salir de aquel laberinto de dunas no fue sencillo. Un percance, con vuelco de vehículo desde arista de duna, no solo nos dejó con el miedo en el cuerpo. Supuso que la entrada de la noche nos hiciera pasar un mal momento. La ayuda inestimable de habitantes del lugar nos sacó de aquella trampa. Para recorrer apenas 500 metros necesitamos de varias horas. Es complicado aventurarse sin luz natural por estos lugares. 

Pasadas las 23:30 llegamos a nuestro alojamiento. A pesar de la hora, tuvieron el detalle de prepararnos algo para cenar. El digestivo preceptivo aportó algo de tranquilidad. Los daños se evaluarían en la jornada venidera. El plan para el nuevo día se hizo con alguna que otra variable, sobre todo mecánica. 

El cuarto día también trae amanecer. Desayunados, cargamos vehículos y prestos reiniciamos el viaje. Han sido dos noches en Merzouga y nos esperan nuevos caminos y nuevas metas. La temperatura me parece ideal y las moscas intentan apoderarse de mi piel sin piedad. A veces pareciera que tengo un tic nervioso. Resulta imposible alejarse de ellas. Lo peor es que alguna quiera acompañarte en el interior del vehículo. Cuando pasa eso, es como si tuviera la mosca tras la oreja.

Nos cruzamos con mercadillo de todo. Estamos tomando dirección a Arfoud.

Para hacer la revisión de daños, hacemos un stop, pensando en un rápido go! Terminamos revisando los cuatro vehículos con problemas varios y acaba por hacerse tarde. Durante la espera hacemos acopio de comida y carbón. Previsión se llama, aunque tal vez debería meterlo en el epígrafe de deseo. 

Un poco antes de que acabaran las labores de revisión y reparación, dos pequeños personajes se acercan a mí. Estoy dentro del vehículo y me llama la atención que no piden nada. Algo sucede, extraño, porque termino visionando con ellos fotografías del archivo de mi teléfono. Brillan los ojos de los dos chavales cuando ven imágenes de Italia, Portugal, UK, Escocia. Irlanda, Grecia, Francia, Noruega, España y, curiosamente, de su Marruecos natal. Me preguntan, con señas, si yo había estado en esos lugares. Mi respuesta afirmativa les ilumina la mirada. Sinceramente, después de esos momentos malos que he pasado en estos días y, por qué no decirlo, en meses anteriores, el tiempo que estuve con ellos me ha impregnado de más tranquilidad de la que suelo llevar habitualmente. Siempre hay calmas tras las tempestades. Nunca me desharé de mis tesoros. Los recuerdos, los pensamientos íntimos, mis fotografías, mis letras, mis amigos y mis enemigos íntimos… Con todo ello evoluciono. 

La dirección tomada se gira hacia el sur, nuevamente. Dejamos que vaya desapareciendo Merzouga. El asfalto se convierte en un plan de construcción nacional. Pasamos de carretera asfaltada a pistas colaterales para sortear las obras.

Las montañas argelinas se enfrentan a nosotros hasta que llega un momento en que nos ponemos paralelos a ellas. 

Como siempre, busco cosas que me sorprendan, tanto de las personas como de las cosas y lugares. Tengo anotado el sistema utilizado para la construcción de esta carretera. Es como un canal de hormigón relleno de tierra y sellado de asfalto. 

Y esta vez si, llegamos de día hasta al destino para pernoctar. Se trata de la ¨Kasbah Ouzina¨

La llegada ha sido tan temprana que comemos (comida propia) regada con alguna cerveza y vino. La siesta se apodera de mi cansado cuerpo. Se alarga tanto que se fusiona con la cena. Llenamos el momento con conversaciones sobre gustos e historias de otros viajes. Algún conocimiento de los cuatreros ponen guinda al final. Si no sabes oír nunca aprenderás. Porque de todo y de todos se aprende, por poco que te parezca. 

Nunca entenderás a los demás si no eres capaz de ponerte en su lugar. Esa fue mi última reflexión antes de caer en un nuevo sueño profundo. 

Amanece, de nuevo. ¡Menos mal! Y lo hace temprano. 07:30.

El desayuno está listo para abordarlo y se repite la misma ceremonia que en días anteriores. En este primer contacto del día con los alimentos, entablamos conversaciones de recuerdos y anécdotas de carreras y ¨otras cosas¨. En el planing del día aparece la palabra pistas. Será un día lleno de ellas. O sea, tendremos polvo; mucho polvo. Al final, aparece un café hecho por nosotros mismos que se acompaña de música de KT Tunstall. Universe and you. Tema apropiado para el lugar en el que me encuentro. Desde el costado de la duna donde nos encontramos, iniciamos la ruta en busca de la Ciudad Perdida Marabu. Hay comentarios sobre el entorno maravilloso que acoge estos lugares. Es la primera vez que los visito. Siempre hay una primera vez en todo, incluso para algo que contar. Entre colores rojizos, la imaginación se acerca a la vida en estas tierras, la analiza y saca conclusiones. Se vive el momento, el ahora. No hay mañana si no estás en el presente.

Atravesamos un lago seco y nos detenemos. Han sido unos kilómetros de pista los que nos han llevado hasta una población que nos va a servir de panadería. Es Ramlia. Detenidos los vehículos, empiezan a revolotear menores y no tan menores. Como si de una estrella fugaz que atraviesa el firmamento se tratara, inesperadamente, un grupo de mujeres se alinea en el suelo. Serían como diez. Apoyan en el terreno souvenirs y, sin elevar el tono de voz en ningún momento, esperan pacientemente que nos acerquemos a lo expuesto. Me parece una demostración de educación y respeto exquisita. A veces no hace falta acudir a nombradas universidades para tener ambas cosas. Me llaman la atención sus pañuelos y colgantes. Lo dicho, me ha maravillado el lugar y las personas que lo habitan. Mientras, esperamos que nos hagan el pan en una pequeña caseta de obra. Dos mujeres, en su interior, se afanan en preparárnoslo. Utilizan un horno a gas. Tras el horno, una mujer amasa las tortas. Apenas son las 10:30 de la mañana. Durante la espera, me paseo por la pequeña población y obtengo algunas imágenes para el recuerdo. Son esas fotos que, cuando las haces, tienes la certeza qué, al revisarlas en el futuro, siempre sabrás el lugar donde fueron hechas.

Salimos de la población, bien provistos del pan recién horneado, hacia la Ciudad Perdida. Serán unos 16 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta. El nombre de esta construcción, porque apenas es una sola construcción elevada sobre una pequeña colina y rodeada de antiguos muros prácticamente derruidos en su totalidad, es Ba-Hollou. Para llegar hasta ella hemos tenido que tomar dirección norte, siguiendo el rio. En apenas unos minutos escucho dos historias sobre el mismo lugar; dos historias que no me extrañaría tuvieran relación entre ellas. La primera es que estaba ocupada por la Legión Extranjera Francesa. El enclave debió ser un lugar estratégico. Desde ella se controlaba el paso hacia la región y además tenía para aprovisionarse de agua. Ese agua les servía de defensa. Se administraba también el cobro de impuestos, que por cierto, se realizaba con especies. Resumiendo, por lo visto era un lugar importantísimo. La segunda versión es que era un lugar comercial. Prefiero imaginar que era las dos cosas. ¿Cuántas historias se habrán vivido? La vida pasa exageradamente rápida, aquí y en cualquier lugar, pero este lugar me ha llenado de paz y tranquilidad. Ha conseguido parar mi reloj de vida. Nuevamente algo ha conseguido que me centre en vivir.

Necesitamos volver sobre nuestros pasos para tomar dirección al alojamiento que nos cobije al caer la noche. Se pensó en la Kasbah Marabu. Al llegar al lugar estaba todo ocupado. Una competición de vehículos Peugeot 205 nos ¨adelantó¨ a la hora de concertarlo. Pero en estos lares todo tiene solución. Tan solo hay que tener paciencia. Esa que tengo innata desde mi infancia, tal vez por influencias. Al fin y al cabo, esta es mi tierra. El caso es que uno de los trabajadores de la Kasbah utiliza sus contactos para buscarnos alojamiento. Nos indica que dirección tomar para encontrarnos con el propietario del establecimiento que nos va a proporcionar la pernocta. En un cruce de una pequeña carretera, un señor con una  motocicleta nos espera.

Le seguimos hasta la kasbah Maggaman. Sinceramente, aun sin conocer la otra Kasbah, creo que salimos ganando. Está regentado por el señor de la motocicleta y los que lo trabajan son sus hijos y su mujer. El encanto del lugar es como para dejarse llevar. Se localiza en Tafraoute. Zona de Sidi Ali.

Comemos bajo techo pero al aire libre, acompañados de un palmeral y con un ambiente distendido. El tiempo seguirá pasando, pero pausado. La cena si es totalmente al aire libre. Nos encontramos una mesa preparada, en la zona de acceso de vehículos, bajo un velo de estrellas y acompañados de luces tenues. Nada de aire, nada de calor sofocante, nada de prisas. Un lugar más para recordar. Solamente reseñar que la kasbah es íntegramente para nosotros. ¿Un lujo? Por supuesto. Son cinco habitaciones…

Y partimos…desayunados y con los coches nuevamente organizados. Desde el Mismo Sidi Ali empezamos a coger pistas hasta alcanzar el lago seco. Es un lugar de gran belleza. Antiguamente, hace mucho tiempo, moverte por aquí era más, como decirlo… íntimo. Ahora te puedes encontrar con muchos vehículos trasgrediendo, como nosotros, la soledad infinita de estos lares. Bueno, es el precio de lo excelso conocido y reconocido. 

Dirección a Zagora, nos enfrentamos a imágenes de planicies con multitud de rodadas paralelas sobre el terreno árido. A veces es casi mejor navegar fuera de esas rodadas. Unos pocos grupos de acacias motean el color del terreno. En el rodar se alternan los pequeños saltos del terreno con zonas onduladas. A veces, el exceso de velocidad puede causar sustos, pequeños, pero sustos a fin de cuentas. El paisaje, para que el lector pueda imaginarlo, es el llamado Hamada.

Topamos con Okun Jaranne. Es un gran palmeral; que decir de estos contrastes…

Seguimos dirección a Tisemoumine. A partir de aquí el asfalto deja que lo pisemos, al menos hasta el pueblo. La vista me deja disfrutar de un llamativo grupo de casas de nueva construcción hechas con ladrillos. Pasando por el lugar, topamos con una zona de lascas verticales en una zona llana y cercada. Es el cementerio de la comunidad. Una despedida en toda regla. La visibilidad baja enormemente por el polvo que levantan los 4X4. Recuerdo la jornada de ayer. El polvo en la lejanía y el viento me dejaron el pensamiento de una tormenta de arena. Nunca he estado inmerso en una de ellas. No me importaría comprobar su inmensidad. He oído algunas historias… Al final nada sucedió. Ya lo viviré algún día. Carteles en la zona, publicitan que terminará asfaltada en su totalidad. Es lógico, aunque se pierda algo de atractivo para los que nos gusta respirar polvo. 

Se va elevando el transitar por la pista mientras se encajona entre formaciones rocosas naturales. La orilla del camino está señalizada con piedras. A ambos lados. La zona montañosa de la derecha está formada por elevaciones rocosas erosionadas, al contrario de las que vemos a la izquierda. El encajonamiento trae consigo un camino pedregoso hasta que poco a poco vamos saliendo del embudo natural. El mundo comienza a abrirse de nuevo. La amplitud ahora no parece tener fin. Es uno más de los numerosos contrastes de esta tierra. Uno más, como si no tuviera importancia.

Y la pista dura lo que dura. El asfalto se adueña nuevamente del suelo. Tropezamos con Immi Ousaff. Algunas viviendas dispersas rodean o se integran directamente con plantaciones familiares de palmeras y otros vegetales. Parece lo único vivo del terreno. Los pequeños huertos se diría que fueran una errata en este árido lugar. 

En Zagora pasamos por boxes a través del pit line, que es una carretera perpendicular a la principal de entrada a la localidad. Hay un dato curioso que quiero plasmar. En la carretera de acceso a Zagora se sitúan mecánicos a pie de carretera, ofreciendo sus servicios. Se ve que suele venir gente con coches tocados de la ruta. Por supuesto, nosotros también. Una vez que te contactan y aceptas, te guían hasta su taller. Las revisiones siempre traen sorpresas y un ¨ya que estamos…¨ 

Pasan horas trabajando en los cuatro vehículos y mientras, hacemos unas compras. Busco algo llamado brújula Bereber. Es un encargo. Me informo de qué se trata en realidad. Se le puede llamar también Cruz del Sur Tuareg o simplemente Cruz de Tuareg. Totalmente manufacturadas en plata. ¿Amuleto de protección, brújula…? Tradiciones, que sé yo. El caso es que solía pasar de padres a hijos, como si de una herencia se tratara. Leo en algún lugar del cosmos, o sea, internet, que, en la entrega, se pronunciaban unas palabras parecidas a las siguientes: ¨Hijo mío, te entrego los cuatro rincones del mundo, porque nunca sabremos donde acabaremos muriendo¨ Lo dicho, donde no hay magia, se busca.

 Curioso también es que te hagan el ceremonial del té dentro del garaje. Nunca me había sucedido eso. 

Terminado el trabajo, horas después, pasamos, ahora sí, por Zagora y su gran palmeral, quizá el más extenso de Marruecos. Así mismo, tenemos la posibilidad de ver como el Oued Draa atraviesa la ciudad prácticamente seco. El Valle del Draa me trae recuerdos en forma de imágenes. Siempre pensando…

Pasadas las 15:00 nos dejamos llevar por la N8 dirección a Tamegroute. El palmeral sigue alcanzando esta localidad. Las indicaciones de carretera nos guían hacia Tagounite, pasando antes por Anagam. A la altura de esta localidad podemos ver el Jbel Bani a nuestra izquierda. 

Ls temperatura de 35 Grados en el exterior nos exige poner el aire acondicionado. Vamos por asfalto, no hay ningún problema en ello. El sol cae como si le tiraran de una cuerda. El repostaje se hace necesario, sobre todo si lo que se avecina es lugar sin ruta asfaltada. Antes de dejar el asfalto, paramos en Mhamid. Un café y un estiramiento es protocolario, sobre todo por lo que nos queda. La hora…siempre la hora y la falta de luz. 

Dirección Chegara, una de las opciones es visitar la fuente sagrada-Ource Sacrée Abd Er Rahmane. Hacer planes, moviéndonos por zona sin asfalto y sin luz natural es un riesgo. De hecho, la fuente sagrada solamente la intuimos. El Oasis fue nombrado como de Oum Lâalag y es zona protegida. Apenas es usado ya por nómadas, siendo suplidos por turistas que lo suelen utilizar como base para las visitas en camello a las dunas de Erg Chegaga. Noche y prisas son malas compañías. No hubo parada. Así pues, tocaba ir en busca del alojamiento para esa noche. El polvo, las pequeñas dunas y la nocturnidad confunden al ojo humano. Llegamos a las 19:45 a nuestro lugar para pernoctar, no sin tener que reorientarnos en alguna ocasión. 

¨Alladin Logde¨

Se trata de un alojamiento, al menos curioso, en el Cheggaga. Nos dan cobijo en la zona campamento. Es la más asequible, tanto económicamente como por la alta demanda de la parte noble del lugar. De todas formas, la zona de campamento es bastante aceptable. 

La cena es en el exterior y nos vemos sorprendidos por una especie de fiesta con sonidos rítmicos de tambores. La fiesta no era por nosotros, evidentemente. 

Amanece el sexto día y la luz nos deja ver que estamos a los pies de un entramado de dunas. Desayunamos como en días anteriores. Es como si una franquicia los distribuyera. 

Al poco de la travesía llegamos hasta el Lago Iriki. No es un lugar nuevo para nosotros. Por supuesto, del lago solamente queda el nombre. El lago forma parte de un parque nacional (al que también pertenece el Oasis Sagrado)  y por tanto, zona protegida desde los años 90. En el parecía que se acababa el Rio Draa, aunque seguía fluyendo bajo la superficie. Antiguamente, el lago únicamente se secaba en la época de sequía. La presa de Ouazarzate cambió esa dinámica. Desapareció como zona pantanosa, quedando tan solo los restos salobres, en el terreno, de sus aguas. Cabalgamos cambiando constantemente la formación. Lo mismo vamos en paralelo, que en una fila india reducida, siempre intentando esquivar el polvo que levantan los neumáticos. La foto de rigor, la visión del paso de algunos buggui, que parecen ir flotando entre dunas y tierra, convierten el terreno en un intenso viaje al más acá. Es un encuentro con dos de las caras de este mundo. La soledad aparente y el turismo atrayente. 

En un momento determinado, observamos el alojamiento Titanic. También es restaurante. Unos fuertes muros lo elevan para poder evitar la llegada sorpresiva y contundente, a veces, de las aguas al lago. Su color lo hace mimetizarse con el entorno. Ojalá nunca se hunda. 

El inicio de la salida del lago es entre arena y rodadas. Cientos de ellas creadas por otros vehículos. Hay espacio para ello y mucho más. 

¨El dedo¨ 

Hacia él vamos. Es una formación rocosa, en forma de tubo, elevado y sostenido por otra formación de forma pseudo piramidal. Para llegar a ella, primero hemos de pasar una zona de Hamada. Es pedregosa y no vemos mucha arena. La aridez lo engulle todo. Hemos visto Ergs, hamadas y… bueno, hemos visto solamente algo. Nunca se puede decir que has visto todo. Yo al menos nunca lo diría. Vamos en busca del dedo y al mismo tiempo acercándonos a Foum Zguid. Una zona montañosa, con parte superior plana y laderas verticales que no deja de acompañarnos. Una breve parada nos sirve para observarlo bien. Estamos a unos 20 kilómetros de Foum. A partir de su encuentro estaremos nuevamente sobre asfalto. Una vuelta subidos a los vehículos nos permite ver su plaza pequeña y su palmeral anexo y maltrecho. Son las 13:00 horas y la temperatura no baja de los 32 grados. No nos retiene mucho el lugar. Viajamos por la N12 hacia Tata. Allí llegamos tarde, aunque nada nos impide comer. Elegimos el restaurante Oasis de Rêve. De entrada a la comida, tenemos un nuevo arreglo en algún vehículo. Se trata de asegurar una rueda que le dio por alejarse del vehículo y adelantarlo de manera autónoma. Suerte que no hubo desgracias. 

La búsqueda del lugar para dormir se hizo ya en la noche. Esta vez lo hicimos en Borg Biramane, regentado por personal francés. No pudimos ver el paisaje que nos acogía. Así pues, únicamente nos quedaba acomodarnos en el refugio, cenar y brindar. Nos quedamos sin nuestro vino, ya agotado y decidimos pedir uno del establecimiento. Los 180 Dh que pagamos nos pareció muy aceptable. 

Al amanecer, el entorno volvió a emocionarme. Son los recuerdos que llenan mi memoria con capacidad infinita, sobre todo para estos lugares. Lo demás es solamente superficial. Tras plasmar con fotos y vídeos, tanto el entorno como el enclave, volvemos a reunirnos en el desayuno. Nada cambia…el mismo.  

Reiniciamos el camino ya con dirección al mar. Y a todo esto, One de U2 me deja inmerso en la paradoja que me muestra el lugar. Tanta belleza con tanta pobreza me sobrepasa a veces. 

Las acacias y los palmerales aislados se suceden. En pocos kilómetros el asfalto vuelve. El tráfico es escaso y la tranquilidad lo envuelve todo. Iguiguaz es el primer núcleo urbano, por llamarlo de alguna forma, que nos topamos. Cuatro casas contadas y su rio seco. Oued Tamanerte. En ese momento apunto el pensamiento diario : ¨He aprendido que tras la queja siempre me llega la tranquilidad y el positivismo¨.

A apenas 30 kilómetros de Buizarkane, un palmeral esta vez extenso y atrayente nos saluda al pasar. Debe ser productivo porque hay tenderetes a pie de carretera con dátiles expuestos para la venta. 

El siguiente enclave que cruzamos es Timoulaye. En esa carretera nos cruzamos con moteros que si saludan. Es curioso, lo que antes era una tradición, ahora llama la atención. En fin…

Es una población, de tamaño mediano, la que encontramos ahora a pie de montañas (a nuestra derecha). Se trata de Bouzicarne. Al tiempo que nos acercamos a ella me llama la atención un cúmulo lejano de nubes aparentemente oscuras. Tal vez tengamos lluvia, pienso entre distracciones. ¿Qué tiempo hará en Sidi Ifni

Atravesamos la población, con multitud de gente en la carretera y sin más postes libres para poner banderas del país, para continuar sobre la R102. ¿Qué dirección? Tagannt. 

Desde los vehículos podemos ver una línea infinita de red eléctrica totalmente recta. Ya en Tagannt, el viento, reflejado en el flamear intenso de la banderas, se hace notar. 

Mientras nos retienen en un control, observo como la nubosidad lejana parece crecer y, claro, pienso en que ojalá no se estropee el camino por la costa. Es el recibimiento de Guelmin. Bueno, eso y dos puertas ornamentales sobre la carretera. Guelmin se ve enorme. La decisión de tomar una circunvalación para entrar hasta el centro de la  ciudad sin agobios es esencial. Esta parada nos permitirá sacar algunos Dirhams y tomar café. Queda poco ya para llegar a Sidi Ifni y, por ende, acometer un largo recorrido por carretera hasta Essaouira. 

Llegamos a Sidi Ifni sobre las 13:30. Apenas paramos para tomar un café y observar algunas fotos antiguas, en el Hotel Suerte Loca. Hay un oleaje creciente en su mar. Un par de surfistas españoles nos comentan que las olas no son propicias para la práctica de su deporte. Algunas historias más nos contamos hasta llegar al instante de la despedida. A pesar de haberla visitado varias veces, me da cierta rabia no poder patearla nuevamente. ¡Otra vez será!

Y llegamos a Essaouira con noche ya cerrada. Soltamos bolsas en el hotel y nos vamos a visitar algunas tiendas. No da ni para comprar apenas. La cena, con celebración de cumpleaños y santo, antecede al sueño. El viaje se acaba. El día siguiente serán más de 700 kilómetros por autopista. Un viaje pesado. 

Volveré.

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