BÉRCHULES.

Un nuevo destino me persigue. El sentido de la frase es literal.

                He decidido hacer una especie de viaje introspectivo a algún lugar donde pueda asear la mente. Hacía mucho, muchísimo tiempo, que no me movía por estas tierras. El calor de julio va a ser sofocante según las cabañuelas, el hombre y la mujer del tiempo de todas los canales de televisión e incluso del horóscopo.

                He iniciado mi inmersión recorriendo kilómetros de autovías y autopistas esperando que el camino se “adecente” al ir aproximándome a las alturas de las Alpujarras granadinas.

Como algunos de mis viajes, no se trata de placer. Y a diferencia de otras visitas, esta es una tierra ya conocida, aunque es cierto que no la he visitado en bastantes años.

La música y el Toyota C-HR me dejan a orillas de La Rábita. Durante algunos veranos, visitar esta playa era sinónimo de estar acompañado de familiares. Los días se sucedían en un ambiente de sosiego y bienestar, entre su playa y su pueblo. Pasados unos años, se fue alejando de mí. Ahora me he topado nuevamente con él. Ha cambiado en algunas cosas. En otras sigue igual. Su playa, sobre todo. Tras un café, en una de sus terrazas del paseo marítimo, tomo dirección a Albuñol.

                Es una carretera ya sin dobles carriles. Ahora entiendo por qué me cansé de conducir coches. He recobrado sensaciones ya olvidadas. Dicen que no se puede vivir del recuerdo, pero enseguida se puede añadir que tampoco se puede vivir sin recordar.

Entre música de mi gusto y con el volumen autoimpuesto, sin interferencias de oídos sensibles, voy ascendiendo entre montañas peladas de vegetación y relativamente tapadas con plásticos que cubren cultivos y que reflejan el sol. También es cierto que estos plásticos apenas son una muestra, comparado con zonas cercanas.

Con relativa prontitud, para mi gusto, me topo con Albuñol. La escena me recuerda a Bienvenido Mr Marshall, de Berlanga. Entro en el pueblo por una calle, que parece la principal, y continuo sin detenerme. La diferencia es que no existe un comité de recepción. Ni falta que me hace. La vía se me antoja extensa. El ascenso es constante y la sensación es la de llevarme a donde quiero. Sin descanso en la ascensión, comienzo a abandonar la población. Aparecen a mi izquierda una sucesión de laderas inmensas y elevadas, con caducidad en su extensión. Están pobladas por árboles esparcidos, como si quisieran respetar los espacios entre ellos.

                Las curvas del camino comienzan a ser cerradas, para sortear la elevación del terreno. Fuera del Toyota, el calor fustiga el asfalto. Me pregunto cómo la pintura blanca de la carretera puede subsistir. La línea continua parece no tener fin. ¿Existe tanta pintura blanca en el mercado? 

                Cuando ya creía haber visto todas las curvas cerradas del mundo, la proximidad de Albondón me muestra otras que, más que curvas, parecen cambios de sentido.

                A partir de ese momento, empiezo a divisar pueblos llenos de luz. Son como motas de vida entre la sequedad abrumante.

                Las señales me indican que voy dirección a Cádiar. Me fijo en alguna rambla, que, por su anchura y composición, dejan entrever los peligros de esas lluvias fugaces (a veces) e intensas, que en más de una ocasión han dejado graves daños al toparse el agua con la costa.  Una de ellas es la Rambla del Banco.

                Entre tanto calor, gente del monte lleva productos de la tierra, a lomo de mulas, hacia algún lugar fuera del espacio de confort del viajero.

Llegando a Cádiar, aparecen las primeras sombras arbóreas en la carretera y desaparece la interminable línea continua. Los árboles consiguen que el paisaje sufra una transformación.

Aquí nunca hay una última curva. Al menos, no se puede saber. Tras una de ellas, aparece Cádiar, al lado izquierdo del sentido de la ruta. No está siendo una travesía interminable, al contrario. Quisiera que no se acabara nunca. Se aprecia perfectamente la población desde la carretera. Casi en medio del pueblo, sobresale la torre del campanario de la iglesia.

Voy dejando atrás esa imagen, aunque a veces se vuelve a mostrar tras algún giro, como si quisiera que me fijara bien en ella. De hecho, me acompaña un buen tramo, intercalando su existencia real con algunos pensamientos. Realmente, moverme por estos lugares me está sirviendo para recuperar algunas imágenes del pasado. Todas ellas agradables.

Tras un número casi interminable de curvas, aparece ante mí, Bérchules. Aparcar en el centro del pueblo es imposible. Dejo mi C-HR en un pequeño aparcamiento, a apenas cien metros de mi alojamiento. Suerte que he tenido.

Mi lugar de descanso está al lado de la plaza Obispo Miguel Peinado. Por supuesto con Iglesia. En esta plaza se celebra la Nochevieja de Agosto. He llegado una semana antes de la celebración…una pena. Me hubiera gustado verlo y, por supuesto, participar. Se celebra en la primera semana de agosto desde que, en el año 1994 y por culpa de una falta de suministro eléctrico, tuvieron que tomar las uvas de fin de año como pudieron. Ahora es reconocida esa celebración incluso a nivel internacional.

Volviendo al tema de mi alojamiento, lo conseguí gracias a un antiguo amigo. Estudié COU en las escuelas del Ave María de Granada y allí conocí a gente increíble, llena de historias y de mucho arte. Fue un año inolvidable. Paco Feria, tuno profesional, me recomendó el lugar propiedad de un amigo suyo. Apartamentos El Vergel de Bérchules. El nombre lo único que revela es la realidad del lugar. El propietario del establecimiento, Ricardo Toro, está lleno de amabilidad y, supongo, de historias personales. Como todos. La misma, o más amabilidad, ofrece su mujer.

                Mientras los esperaba para recibir las llaves, sentado en el bar de la plaza, repicaron las campanas de la iglesia. Las doce del mediodía y yo sentado cobijado a la sombra. Repito, un lugar privilegiado para despertar algunos sentidos dormidos o, quizá, distraídos, por el ajetreo de la ciudad. Vine a desconectar y ahora dudo si podré encontrar el interruptor para volver a conectarme.

                La comida la hice en la misma terraza donde esperé para recibir las llaves. Dejaría para la caída del sol el recorrer el lugar. Será fácil, no por la orografía, sino por lo reducido del pueblo.

                Y llegó el ocaso del astro, llamado rey.

Es entonces cuando toca recorrer las callejuelas inclinadas, beber agua de sus fuentes, observar el discurrir del agua por las acequias, y entre tanto, hablar con personas, de distinto acento al tuyo, de temas variopintos, como si los conocieras de años.

                 El repicar puntual de campanas marca los tiempos como si de un guion se tratara. Tienes hueco para todo. Escribir, caminar por senderos que te llevan a todas partes y mucha tranquilidad.

                Resumiendo, un lugar para alejarte del mundo y acercarte a la vida.

                El camino de regreso me llevó a Casares, pueblo cercano a mí y lleno de amigos a los que saludar. Un festival flamenco me esperaba para deleitarme con cantes llenos de historias centenarias. Historias con dolor y nostalgias. El cantaor, con apellido ilustre de Valderrama, me hizo pasar una noche increíble. Un final ideal. Volveré lleno de buenas imágenes y vitalidad renovada.

En mundos tan complicados como este, hay que decidirse por llegar a los lugares que nos puedan aportar ideas para vivir mejor. No siempre hay que dejarse hipnotizar por los nombres relumbrantes. En la sencillez de las personas y los lugares se cobijan algunos de los axiomas de nuestra existencia.

Bérchules.

Casares-Málaga.

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