BORDEAUX-BURDEOS 2022. UNA CIUDAD CON BUEN COLOR A SU ALREDEDOR.

Vuelvo a hacer la maleta. Acabo casi de llegar y me ha dado tiempo a sobrevivir al Covid y embarcarme de nuevo en un cortoviaje, siguiendo el perfil de viajes anteriores. Francia se convierte otra vez en destino. Esta vez toca la región de Aquitania y como punto neurálgico, Burdeos.

La salida en vuelo hacia Burdeos desde el aeropuerto de Málaga es temprana. 10:10 A.M. El aeropuerto de destino se encuentra en la localidad de Merignac y está a apenas una decena de kilómetros de Burdeos. Para este tipo de viajes siempre alquilamos coche para poder movernos de forma autónoma. La idea es dejar la visita de Burdeos (ciudad) para los tres últimos días del cortoviaje. Así pues, nuestra dirección, tras hacernos con el vehículo, es La Rochelle. Pasamos por Cognac aunque no nos detenemos en ella. La hora a la que llegamos a La Rochelle es la de la comida. Se elige Le panier de Crabe, en La Rue de la Forche. El restaurante (Fruit de mer) está en una plaza sin lujos. Esa peculiaridad es la que la convierte, contradictoriamente, en un lujo… para algunos de los sentidos. A mí, particularmente, me traslada a alguna película de la segunda gran guerra. Y la comida.¡otra calidad!

La Rochelle comenzó siendo un pequeño enclave pesquero construido sobre piedras. Literalmente. Su historia es curiosa. Entre asedios, luchas intestinas, comercio y religión se movió durante siglos. Una ciudad peculiar y, para los curiosos, una fuente inagotable de historias. Un verso libre dentro de Francia que aprovechaba su situación geográfica para obtener réditos. Frente al catolicismo, protestantismo. Frente a choques bélicos Francia-Inglaterra, comercio de sal y vino entre ambos países. De libre a clausurada. En fin, una lucha eterna entre centralismos e independencias. De belleza peculiar, llama la atención su antiguo puerto o tal vez sería mejor decir «sus tres puertos». El del Comercio, el de la Pesca y el del Ocio. Lo de que fue puerto negrero lo dejo como un apunte. Las defensas de la zona portuaria también están incluidas en el término «belleza», incluyendo sus torres. Tres en concreto:

Torre de San Nicolás. Su uso era el militar. Sobre todo para la vigilancia. Sus más de 40 metros de altura seguro que ayudaban mucho a ello.

Torre de las Cadenas. Con menos altura que la anterior. Es coetánea a ella y su uso era para el de cobros de las correspondientes tasas (entre otros). ¿Su nombre? Tal vez tuviera algo que ver con la cadena que se colocaba entre ambas torres para el cierre del puerto.

Torre de la linterna. Llama la atención su aguja de estilo gótico. Es la más alta de las tres torres con diferencia. Intenta llegar al cielo con sus 70 metros de altura. Era utilizada ex aequo como faro y presidio.

Para acceder al casco antiguo de La Rochelle debemos pasar bajo la Puerta del Reloj. La puerta forma parte de La Torre del Gran Reloj. No hay que hacer esfuerzos en buscarla. Ella te encuentra a ti, puntualmente.

Aún queda por ver una quinta torre. La del Ayuntamiento. Un incendio no muy lejano en el tiempo (2013) mostró al mundo una imagen dantesca del edificio. El techo de la sala de banquetes se esfumó. Lo quemado y/o desaparecido de este monumento histórico ha podido ser restaurado.

Entre otras muchas edificaciones, llama la atención el uso que se la ha dado al antiguo Mercado de Pescadores. Ahora sirve de cobijo al Festival de Cine Internacional. Esta ciudad siempre será peculiar, incluso hasta para su Festival de Cine. Ni premios ni nominaciones. Se proyectan más de 250 películas, de ayer y de hoy, fuera de circuitos comerciales. Todas las películas son subtituladas en Francés. Lo dicho, ciudad libre e independiente In saeculam saeculorum.

Ostras. Muchas ostras. La Rochelle es el paraíso del cultivo de la ostra. Poco se puede añadir. Bla bla bla.

Caminando por su centro histórico (casi todo él es peatonal desde los años 70´s) nos dejamos llevar entre soportales, palacetes, casas del siglo XII de fachadas blancas, arquerías…

Como caminante asiduo de poblaciones a visitar, me llama la atención sus construcciones nórdicas. La explicación a esa tendencia arquitectónica es sencilla. El comercio con esos países.

Se va acabando la visita turística y toca hacer una incursión con otros tintes históricos. La Guignete. Este establecimiento lo fundó sobre el año 1933 Edmiliano García. Desde este barrio Bretón suministraba vinos y bebidas espirituosas a los barcos de pesca que llegaban a puerto. Teniendo en cuenta que fue un puerto importantísimo en el comercio del bacalao…

El caso es que las bebidas se transportaban en un carro desde el local hasta el puerto. La taberna es sencilla. En la entrada, a la izquierda, hay un espacio acristalado que lo hace independiente del establecimiento. Su uso era como de administración. Al cambiar de propietario ha terminado convirtiéndose en la fortaleza del señor del lugar. Fue tras el cambio de propietario (finales de los 60´s) cuando obtuvo licencia para la venta de bebidas al público en general. Sus paredes parecen ancladas en el tiempo. Fotos y demás detalles (algunos fuera de lugar) cubren sus muros. A mediados de los años 90´s su bebida roja sin gas es registrada con el nombre de La Guignette. Fue un gran paso para el local. El reconocimiento del mismo traspasó la frontera de La Rochelle. La verdad es que viéndola en directo no pareciera que su influencia sobre la gente del lugar fuera tan importante. También es verdad que las tardes de los inviernos, allí metidos, no debían ser tan agobiantes. Luego surgieron bebidas de otros colores. Sobre colores, gustos.

Una curiosidad no vista: Base de submarinos alemanes durante la Segunda Guerra Mundial a apenas 5 kilómetros de la ciudad. En su construcción «participaron» presos españoles, entre otros.

Tras una intensa jornada por las calles de La Rochelle, toca descansar en una vivienda ubicada en un edificio que recuerda a los que se construían en España como viviendas sociales, años ha; eso sí, perfectamente preparado para el visitante. Es nuestra primera noche por estas tierras. La cena está incluida en la noche.

Rumbo a la Isla de Ré.

Un puente nos separa de ella. Tan sólo es un puente que une La Rochelle con la isla. Como si eso fuera poco. No hay manera de conectar por tierra con la isla si no es por el. De los más largos de La France (aprox 3 km) ya tiene sus años. Fue construido en la década de los ochenta.

Dejamos el puente y entramos en Ré. Rivedoux plage nos recibe con arenales orientados hacia el continente y casas blancas y bajas salpicadas por el terreno. Siguiendo la carretera, por la línea de costa, llegamos hasta el Fort La Prée. Tenemos que dejar el vehículo a unos cientos de metros para acercarnos por un camino de tierra, pegados al mar, hasta él. Tiene forma estrellada (tras una reconversión) y está rodeado de un foso inundable. Fue re-diseñada por el arquitecto de Luis XIV, Vauban. La visita la hacemos como si estuviéramos al acecho de una incursión. Está cerrado el acceso a su interior a esa hora y sólo nos queda recorrerla a pie por su exterior. Fue un importantísimo pilar para la defensa de La Flotte y por ende de la isla. Sirvió también como presidio. Con posterioridad llegó a formar parte del muro Atlántico creado por los alemanes en la Segunda Gran Guerra.

El camino nos lleva ahora hacia la «Abbaye des Châteliers». Esta abadía es un monumento histórico que sólo conserva su esqueleto prácticamente. Es cisterciense (me persigue esa orden) y en un principio era conocida como Notre-Dame de los Châteliers. Fue abandonada tras un incendio. Antes ya había sufrido daños importantes por otras causas. El caso es que está entre verdes prados y turquesas aguas. Pasear por su entorno es respetar el silencio y la soledad. Es respetarse a uno mismo.

La mañana está llena de luz y calor. Repasando su historia descubro que, otrora, la isla estaba conformada por tres pequeñas islas (leo en algún lado que incluso podrían ser cuatro). La acción del hombre y de la naturaleza la han convertido en una sola. Una treintena de kilómetros te llevarán de una punta a otra de ella.

La programación y la carretera nos dirige hasta La Flotte. Buscamos un mercado. Es ese mercado que tratas de imaginar siempre que te hablan de uno. Su imagen es medieval, con una plaza abrigada con puestos alineados y con techados de madera. Dan ganas de pasearlo y recrearse en su bullicio menor.

La primera parada es en el puesto de una artesana del «tagua». Alguna historia de su vida anterior sale a relucir al conocer que éramos españoles. Una conversación distendida y poli temática. Y si tanta dedicación era para obtener alguna venta…lo consiguió. La visita del mercado nos llevó por un mundo de olores y sabores, como imaginábamos encontrar. Como cualquier viaje fuera de tu zona de confort, siempre se buscan colores, sabores e imágenes. Éste en concreto es un mundo organizado y ataviado de frutas, verduras, pescados y carnes, entre otras cosas, expuestas para su venta. Un puesto con productos locales (quesos, vinos…) nos hizo trasladarnos a otra forma de estar allí. Empiezas a formar parte del lugar. Compras, charlas (no por ese orden necesariamente), ríes, preguntas y… brindis. Muchas preguntas. Compramos algunas cosas pensando en la hora de la comida. Tal vez sea en alguna playa…

No hace falta fijarse mucho para darse cuenta que el principal medio de transporte que se utiliza es la bicicleta por la cantidad de ellas que vemos circulando y por los carriles para ello. Bueno, para ser sincero, no sólo es la bicicleta. También se puede usar el burro. La Flotte tiene (también) un puerto con historia y con importancia. Desde ese lugar se comerciaba con vino y sal, por ejemplo. Todo ello producido en la isla. Más adelante, con el tiempo, se convirtió en recinto pesquero y de ocio. Lo cierto es que lo del ocio se ha hecho endémico. Hay multitud de locales para ello en el lugar. En el paseo por el cantil del puerto se puede ver, a modo de exposición al aire libre, barcos antiguos como si estuvieran en dique seco. Son los llamados «viejos aparejos». Algunos están reconocidos como monumento histórico.

Continuamos camino, ahora costeando menos. De todos modos no dejamos de ver el mar. Vamos en dirección Noreste hacia Saint-Martin de Ré. La vista hacia el Este nos trae el Pertuis Breton. Digamos que es un estrecho entre la isla y el continente. La visibilidad es perfecta y nos permite ver casi hasta donde queramos.

Llegados a Saint-Martin, la primera intención es la de subir al Campanario observatorio. Analizados todos los pros y contras, la decisión es de ahorrar esfuerzos y pasear en busca de algún lugar en el que hidratarse antes que callejearla. Hay buenas cervezas artesanales fabricadas en la isla.

Sus estrechas calles adoquinadas parecieran que conducen a su puerto. Las murallas y construcciones defensivas, como no, fueron dirigidas por el ya nombrado Vauban. Así pues, la distribución de la localidad está clara. Por un lado la villa y por otro la zona amurallada.

La parte central de la villa se inclina hacia su puerto. Puerto de historia, como no, y de belleza acumulada. Llama la atención, entre muchísimas otras cosas, la obra de ingeniería que permite mantener un nivel de agua suficiente para la flotabilidad en el interior de la zona abrigada del puerto. Son las esclusas. La entrada al puerto está protegida por la zona amurallada. Al rededor, acercándose al mar, encontramos tantas terrazas como se pueda imaginar. La preferencia en el paseo hace que se omita alguna visita, como la del Museo Ernest Cognacq. Desde este puerto salían los presos hacia Guayana y Nueva Caledonia. También era importante en exportación e importación. Turísticamente, en la actualidad, está en la zona alta de la tabla.

Se va acabando la visita del lugar y tocaba ir pensando en comer algo. Decidimos saciar el apetito en una playa a modo de pícnic. Hacia el norte de la isla nos quedaban por ver bastantes cosas. Es estos «cortoviajes» hay que decidir y priorizar. Es elegir, a veces con argumentos y otras por intuición o apetencias. Como teníamos la intención de llegar por la tarde a Burdeos no quedaba otra que iniciar el camino de regreso y para ello debemos dejar media isla por visitar. Resumiendo, nos quedó por ver el Faro de las ballenas con sus 257 escalones, El Atelier Quillet, en Loix, con sus trabajos de restauración y/o conservación (también encuadernación) de documentos y libros antiguos, y posiblemente alguna maravilla más.

Cruzamos la isla de Este a Oeste y nos descalzamos en el arenal de la playa de Les Grenettes en pleno litoral Atlántico. Terminamos de hacer la compra en la localidad de Le Bois-Plage. A refugio del viento, entre barreras que protegían el movimiento de los granos de arena, dimos cuenta de la comida. Digerida, apetecía un breve paseo por el blanco arenal y tras ello, iniciamos el regreso hasta Burdeos, por supuesto a través del puente. La bajada hacia la capital fue costeando. Entre notas musicales y mar anduvo la cosa.

Airbnb nos llevó hasta la casa de Odile. Es una morada acogedora, con zonas interiores acotadas para los visitantes, dentro de una urbanización cerrada. Su decoración tiene tantos toques personales de su dueña que pareciera estar construida después de decorarla. Es una mujer peculiar, en apariencia, amable sin duda alguna y totalmente detallosa. Nos recomienda un lugar para cenar, camino de Burdeos. Nos comenta que está regentado por un amigo suyo. Le bistro du sommelier.

Ya teníamos la cena programada pues. Ahora tocaba visitar la «Gran Burdeos». Vamos con la suerte de que la luz solar es una aliada. Anochece tan tarde que pareciera nunca llegará la noche. Los pasos nos llevarán a un casco antiguo repleto de monumentos y de edificios con altísimo valor cultural e histórico. Habría cosas que dejar para el día siguiente ya que nuestro vuelo de regreso sería varios días después y tarde. Lo dicho, hay que aprovechar los minutos en este tipo de viajes. Este camino a pie lo hacemos desde la casa de Odile hasta el centro por la Rue Georges Bonnac. En la acera contraria llama la atención un muro que separa el Camposanto de la mirada del transeúnte. Se trata del Cimentière de la Chartreuse, o sea, el cementerio del monasterio. Está construido sobre los antiguos jardines de La Cartuja. Era una zona pantanosa y fue drenada con la ayuda de Los Cartujos. El Arzobispo que mandó actuar sobre el lugar hizo construir La Chartreuse Notre Dame de Miséricorde para ello. Hoy en día solamente queda la puerta principal del cementerio como vestigio de aquellos usos. En su interior pareciera que hay una exposición de arte. Muchos monumentos funerarios de gran valor acogen los restos de personalides de todos los ámbitos. Con suerte se puede disfrutar de conciertos de violonchelo, procesiones con antorchas y velas ornamentales en su interior. Los visitantes recomiendan que la visita se haga guiada. Destaca, entre muchos otros, el Monumento a los caídos en Argelia y, como apunte personal, el Monumento a Goya.

Tener la suerte de observar estas maravillas con distintas tonalidades (gracias a la estancia de varios días) no tiene precio. Paseamos por la urbe con tranquilidad y sin prisas por la hora. La verdad es que pareciera que es un efecto secundario por tanta belleza.

Amanece el nuevo día. Se ha programado una bajada en kayak por el río Leyre. Supongo que es por deformación profesional (nos gusta el mundo del kayak). Llegamos en coche hasta la Rue du Port, en el puerto de Biganos, Darromans Parcs et Jardins, que es donde está la logística de la empresa a la que nos hemos encomendado. Una arboleda rodea el lugar a escasos metros del agua. Canoe-Kayak Courant D´eyre serán los anfitriones de la jornada. Una bebida caliente ofrecida allí mismo por la empresa nos entretiene hasta que se completa el grupo. Completado, nos trasladan en un microbús hasta Mios. Antes nos habían explicado que la navegación por el río sería la más corta de las que tienen. La poca agua impedía hacer la más larga. Los kayaks que nos entregan son los conocidos como autovaciables. Muy anchos, muy estables, muy tostones. La corriente nos llevará hasta el lugar donde se mezcla con el agua de mar, o sea, nuevamente a Biganos. Paramos brevemente en algunos lugares para no hacer que la travesía no pase de corta a mini. El río, con estas condiciones, es a veces peligroso. Hay muchos troncos semi sumergidos y abundante ramas por todo el trayecto. La panorámica prácticamente es la de dos orillas y vegetación tras ellas. No se puede ver más allá. La llegada es entre canales. Forman un puerto donde se pueden ver algunos barcos, normalmente de recreo, atracados. El canal tiene poquísimo calado. Una vuelta entre los canales adyacentes y desembarco para entregar lo usado. El trayecto desde el desembarco hasta el lugar donde dejamos el coche está entre construcciones con fachadas forradas de madera y con techos de tejas cuadradas. Los árboles y algún que otro prado terminan por adornar este remanso de tranquilidad. Tiene pinta de ser un lugar para vacaciones totalmente.

La jornada no para. No es que sea un constante moverse envuelto en prisas. Simplemente no nos entretenemos. Toca conocer más de este lugar. La Bahía de Arcachón apenas la hemos empezado a conocer navegando con el kayak hasta los límites de la desembocadura del Leyre. El delta que se forma es un sitio Ramsar, o sea, un humedal de importancia internacional reconocida por los servicios y beneficios que aporta. Los alrededores marinos de la bahía encuentra obstáculos en el mar, como el banco de arena de Arguin situado frente a la Duna del Pilat. Así mismo, el Cabo Ferret, que pareciera cortar el Atlántico con su alargada y afilada lengua de tierra y su interminable faro visitable también deja marcas que apuntar en esta visita. Sólo lo vemos desde la aparente lejanía. Entre canales protegidos se suceden asentamientos y ostricultores. Estos canales son cambiantes. El mismo Río Leyre actúa como desatascador, por sus aportaciones de agua dulce. Es un entramado natural que pareciera hecho por ingenieros. En una zona central de la bahía, expuesta a las poderosas mareas, se pueden ver las Casas Pilotes. Son exactamente dos con características peculiares, aunque en la zona se pueden contar hasta 50 cabañas. Las casas pilotes se encuentran elevadas sobre el terreno para evitar las mareas altas. Están sostenidas sobre cuatro pilotes. Se las conoce como Chancas, en Gascón (Cabanes Tchanquées). Su traducción es la de «subido sobre zancos».

La visita nos lleva ahora hacia La Teste de Bouche. Esta comuna de la Nueva Aquitania es la de mayor población de Arcachón. Un enorme bosque nacional separa sus tres zonas urbanas. Antiguamente el uso del puerto era para la carga de vino y resina de los pinos (ese enorme bosque nacional…). Cuando la marea bajaba, los buques que venían para llevar esa carga se quedaban recostados sobre el fondo. En sus bodegas llevaban lastre (bloques de piedra). Se deshacían de ellas para sustituirlas por la reseñada carga. Esas piedras se utilizaban para la construcción. De ahí las numerosas casas de piedras.

Pasado el tiempo, se crearon nuevos canales para ampliar la zona portuaria. El principal se construyó robándolo a la marisma salina. Paralelo a éste se construyó un segundo canal conformando el actual puerto.

Nada más adentrarnos, paramos en uno de sus numerosos establecimientos productores de ostras del lugar.

Chez Jejhene. Productuer affineur d´huitres. Junto a nosotros, en la terraza al aire libre, una piscina muestra la producción. Unos vasos de vino y unas cuantas de esas ostras nos dan la bienvenida a la visita. La temperatura hace que la estancia en la terraza sea muy agradable. Con tranquilidad (pero sin pausa) damos tiempo al lugar para que se acostumbre a nosotros. ¿O tal vez fuera al contrario? El caso es que este lugar y sus historias tienen un encanto particular. La bonanza en el negocio de la ostra no siempre fue el mismo.

Nunca fue fácil el cultivo por razones muy variadas. Hubo un momento que supuso un avance fundamentalmente para la estabilización del negocio. Las ostras eran silvestres y desde la época romana se recolectaban. Era la ostra plana (Granettes). Por alguna razón, que desconozco, se descubrió que usar tejas o baldosas encaladas permitía no dañar la «semilla» al recuperarlas para proseguir con el crecimiento en el medio marino hasta su madurez. Se pasó de recolectar a producir. Durante nuestro paseo por el lugar, tras el aperitivo, certificamos que se sigue usando ese método. El paseo nos muestra, entre otras muchas cosas, algunos barcos típicos de la zona. Se trata de Los Pinasses. También se pueden ver barcos chatos de los ostricultores.

Ese avance no solucionó la viabilidad del negocio. Remontándonos en el tiempo, las ostras sufrieron severos estragos por una epizootia, llegando al punto de que se llegó a cancelar su producción. En otros términos, fue una ruina. Entonces se produjo algo que se repite mucho en ambientes coloquiales: Cuando una puerta se cierra, se abre una ventana».

Un poco antes de que sucediera ese desastre, una casualidad abrió una ventana. Un buque portugués (el Morlaisien) que llevaba en sus bodegas ostras portuguesas, tuvo que refugiarse, por una imponente tormenta, en el estuario. Tuvo que estar fondeado en el lugar bastante tiempo, provocando el deterioro de la carga. Perdida la posible entrega para el mercado de consumo, arrojaron la carga al mar. Las ostras que sobrevivieron se extendieron por toda la zona de tal forma que sustituyó a la Graviette (Las ostras planas que sufrieron la epizootia).

Posteriormente se volvió a cerrar la ventana. Otras epizootias acabaron con lo poco que quedaba de las planas y con todas las existencias de las portuguesas. Fue de tal magnitud la crisis que prácticamente quebraron todas las empresas dedicadas al cultivo.

¿Solución? Importar ostras japonesas, que son las utilizadas hasta el día de hoy. Las pocas ostras planas que quedan viven de forma asilvestrada.

Nosotros nos hemos movido por el puerto de Teste de Buch pero en la zona hay hasta otros nueve puertos dedicados a ofrecer servicios a la cría de ostras. Lo cierto es que el cultivo da la impresión de que sea artesanal (¿?)

Se acaba el paseo por el puerto y sus canales y toca comer. La tarde ya está con nosotros y el efecto del aperitivo ha desaparecido. Uno de los muchos establecimiento para degustar de las ostras y los vinos es «Le Cailloc». Allí nos quedamos un buen rato.

Con la tarde bien entrada, tomamos dirección a la Duna du Pilat. Un drástico cambio que permite este entorno.

La Gran Duna Du Pilat se encuentra, como ya dije, en la Bahía de Arcachón, dentro de lo que es el Golfo de Vizcaya. Tiene una extensión de aproximadamente 3 kms de largo por 500 mts de ancho. Está retenida parcialmente por un gran bosque. La Gran Duna va colonizándolo a razón de varios metros por año. Es la más alta de Europa (más de 100 m). A lo largo de la historia cambió varias veces de nombre: Hoy en día se le conoce oficialmente como Gran Duna Du Pilat y extraoficialmente como Pyla. En Gascón se le denomina Pilòt, que viene a significar pila o montón. A parte de esta gran duna, esta costa Aquitana se acomoda a otras cientos de ellas de mucho menor tamaño.

Dejamos el vehículo en una zona a modo de recepción. Es tan visitada que la recepción está llena de bares, tiendas, oficina de turismo, aseos y aparcamiento…

Tras caminar por camino de tierra nos topamos con la Gran Duna. Grandísima duna. El bosque se rinde progresivamente a su empuje. Conozco grandes dunas en Marruecos (desierto y demás) pero ninguna como esta. De entrada, hay una ¡escalinata! de madera para facilitar el ascenso a su cima, desde la que se puede observar, justo enfrente, el Banco de arena de Arguin. Entre el banco y el continente se ha creado el Canal Sur. A nuestra izquierda, la visión nos lleva hasta el Banco de Pineau y a la derecha el Cabo Ferret, con su faro que es monumento histórico. Este cabo es como una daga afilada que penetra en el Atlántico creando de paso una bahía alargada.

Lo peor de aportar datos ajenos es que pueden obtenerse sin importar que lo hayas vivido. Hundirse entre esta arena acumulada al cobijo de tan extenso bosque es algo imposible de trasmitir si no eres un buen narrador de vivencias. Deshacer el camino es andar haciendo equilibrios sobre laderas frágiles de miles de millones de granos de arena que pareciera que se cobijan agrupadas para hacerse fuertes.

Volvemos a Burdeos. Una despedida siempre trae una bienvenida. Lo mejor es no comparar. Ahora toca visitar la increíble ciudad.

Lo que queda de tarde da para mucho. Burdeos te puede llegar a embelesar rodeándote con innumerables muestras de arte. Lo bueno es que tendremos dos tardes y una mañana para patearla.

Tras regodearnos con edificios de otra dimensión, pasamos nuevamente por la Piscina Reflectante Miroir D´eau. Flotar sobre su espejo de agua de apenas un par de centímetros es como levitar envuelto en un increíble escenario. Puedes entrar en otra dimensión viendo la Plaza de la Bolsa, rectangular y construida fuera del refugio de las murallas de la ciudad. En ella puedes ver el antiguo Palacio de la Bolsa. Como regalo podemos disfrutar de la imagen del también antiguo edificio de Aduanas, que hoy es el Museo de Aduanas. Y entre tanta grandeza, repito, levitar sobre el plano de agua, envuelto en efectos visuales a modo de espejo que no pueden explicarse si no te encuentras allí, es una sensación indescriptible. Numerosas familias, grupos de amigos y pensadores solitarios se posicionan como si esperaran, acomodados, un maravilloso amanecer.

En pleno centro del casco antiguo pasamos por alguna terraza en la que aprovechamos para tomar algo mientras vemos pasar gente y nos dejamos llevar por música ambiental en directo. Anochecido, tomamos una copa en un pub con ambiente dispar, al estilo de locales de los 80s de España.

Toca ir regresando en busca del cobijo de Odile. Antes paramos para probar algunos quesos en un local, apoyados en una barra, con escaparate a la calle peatonal. Llenos de imágenes y con el estómago agradecido, caminamos por la larga avenida que termina acompañada por el muro del cementerio. Desde antes de aproximarnos al dulce hogar, una música lejana y difusa envuelve el silencio de la noche por estos lares. Una calle perpendicular a la principal deja escapar esos sonidos. Una banda de instrumentos de viento y tambores varios ameniza algo parecido a una verbena. Una cerveza y unos movimientos acompasando el cuerpo a la música finiquitan la jornada. Queda mucho por ver aun. No sólo de Burdeos. Tenemos prevista otra excursión a Saint Emilión. Pero eso será para mañana.

Es 7 de mayo por la mañana.

Apenas un renglón y ya ese ese mañana. Menos mal que las visitas a estos lugares no se resumen en un párrafo.

Saint Emilión se deja rodear de viñedos. Aunque la tradición de sus vinos viene de la época romana, el mérito de este mar de vides le corresponde al clero.

Emilión era un monje que, como si se tratara de uno de esos antiguos vendedores ambulantes que iban de pueblo en pueblo intentando vender variados productos, se dedicaba a confesar mientras viajaba por esas tierras de «Dios». Su cobijo en esta población fue una cueva, excavada y convertida en ermita, por sus seguidores espirituales. En ella puedes recrearte con la silla de la fertilidad, indicada principalmente para mujeres. El resultado de estas excavaciones dio lugar a una extraordinaria iglesia. La más alta de toda Europa. Su bóveda mide casi 11 metros de altura. Justo encima de ella, ya en el exterior, se estira una torre que mantiene el peso del campanario. Si se quiere subir hay que hacerlo a costa de superar 196 escalones. Si hubiéramos subido a ella, habríamos visto como, a sus pies, la plaza acoge un número elevado de mesas de restaurantes y de bares protegidas por un pequeño mar de toldos. El nombre de la plaza no es muy rebuscado. «Plaza de la iglesia». Hablando de torres, en esta pequeña ciudad existe una más. Es la conocida como Le château du Roi.

Tan abajo o más que la reseñada iglesia, puede imaginarse uno las catacumbas. El subsuelo de Saint Emilión está horadado en gran parte. El material de esas excavaciones rellenan una enorme espacio del paisaje, como los muros de lindes y la materia prima de viviendas.

Una visita obligada también es la colegiata. En el convento se puede disfrutar de su atrayente claustro con un mural llenando gran parte de sus paredes. Solo queda una de las tres partes de la fachada del complejo. Llegó a formar parte de las murallas defensivas.

Pasear por su casco antiguo es trasladarte al medievo. Calles adoquinadas, con bastante desnivel alguna de ellas, ayudan a hacerte formar parte de este ambiente. Una de esas calles con elevadísimo desnivel es la Rue de la Terre. Algunos arcos de esas calles sirven a veces como adornos virtuosos y otras como separadores de espacios.

Nos convertimos en visitadores de una bodega, bajo tierra, por supuesto. Miles de botellas, y no tantos barriles, evolucionan en su crianza en un ambiente de temperatura y luz ideal. Al final la visita, no guiada, nos sentamos en una gran mesa que está situada a la entrada/salida de la bodega. Tras de nosotros, una vidriera de gran tamaño y de colores brillantes, nos guarda la espalda. Tras la explicación, unos sorbos del líquido nos guían por el mundo enológico, como si de un viaje de fantasía se tratara.

Salimos nuevamente a la luz natural y nos volvemos a dejar llevar por estas calles hasta que encontramos una terraza con millones de mesas y sillas, pegadas unas a otras. Comer allí es como estar en una celebración familiar. El idioma hace que las personas de un mismo país se comporten como salvavidas. A nuestra vera dos parejas de españoles se convierten, casi, en amigos de vino y rosas. De donde se viene y adonde se va. A qué se dedican y a qué se dedicarán… todo fluye como si no hubiera una distancia que recorrer.

Claro que sí. También hay una plaza del mercado, como no pudiera ser de otra forma. Da igual a donde uno vaya; parece que todos los lugares del mundo tuvieran los mismos servicios. Es como si hubiera una lista de cosas que poner en la urbe. El lugar donde colocarlas lo eligen los gobernantes.

Hemos recorrido, caminando, parte de las tierras que rodean el lugar. Los viñedos visten el entorno de bodegas y casas que parecieran los alfileres que marcan la costura.

Como no puede ser de otra forma, hablar de sus «caldos» merece un apéndice especial de la visita a éste lugar.

Aparece una figura llamada Sindicato Vitícola. Desde mi punto de vista se parece mucho a un órgano colegiado. Éste sindicato creó dos Denominaciones de Origen Controlada (DOC).

  • La Saint-Émilion
  • La Saint-Émilion Grand Cru

Los vinos con DOC se les clasifica como :

  • Gran Cru Classé
  • Primer Gran Cru Classé
  • Primer Grand Cru Classé A (El no va más)

El Sindicato revisa esta clasificación cada decenio utilizando una serie de factores.

Entre estas variables están la fama de la bodega, la distribución geográfica de sus caldos y los métodos utilizados para los cultivos y la crianza en bodega.

Y como sucede siempre, las cosas se acaban. Volvemos a Burdeos con la impresión (al menos la mía) de haber estado donde debía y cuando debía. La iglesia monolítica me ha dejado impresionado verdaderamente.

Nos queda suficiente tarde para seguir conociendo Burdeos. Esta maravillosa joya está pulida.

No sé el motivo, pero siempre hay algo que se te queda grabado para los restos. Es curioso que entre tanta maravilla a uno se le queden detalles. Por ejemplo, el espejo de agua. Pues lo dicho, entre tanta belleza, si me dicen: Burdeos. Inmediatamente respondería: Pont de Pierre. El primer puente construido sobre el río Garona no fue nada de fácil de hacer. Doce años duró la obra, desde el proyecto hasta la solución de los problemas. Lo mandó construir Napoleon I. No sé el motivo, tal vez el número de arcos (17) que coinciden con el número de letras del nombre Napoleon Bonaparte, o tal vez los medallones blancos para rendir pleitesía a la figura imperial. El caso es que si, me ha dejado poso.

Hay tanto para ver que necesitaríamos varias jornadas más. Digo ver refiriéndome a hacerlo con profundidad. Cruzado el puente, de ida y de vuelta, vamos a movernos por El Gran Teatro que es especialmente conocido entre tantas construcciones. Es acogido en La Plaza de la Comedia y su fachada está adornada con Musas y Diosas. En la misma plaza hay una maqueta del edificio. Llegó a coger a la Asamblea Nacional en épocas convulsas.

La Iglesea de Notre Dame. Tiempos ha fue conocida como la Iglesia de St Dominic. Está muy cerca del Gran Teatro. Llama la atención de la ocupación de parte de la fachada por mesas de bar. Es un monumento histórico.

Galerías cubiertas. La Bordelaise y la del Pasage Sarget. Éste último fue financiado por el Baron Sarget para crear una zona de comercio exclusivo. Tan exclusivo que Reyes y Jefes de Estado no dejaban pasar la ocasión para visitar sus tiendas. La galería se abre directamente, por uno de sus lados, a la Iglesia de Notre Dame.

Triangulo Dorado. Es un conjunto, una zona limitada de la ciudad. Allí viven los más ricos y está repleto de tiendas para ellos. Lógico. Goya, el Luciente, vivió allí. Hoy es una zona peatonal.

Barrio Chartrons, la Catedral, La torre Pey Berlan. Para esta última hay un comentario independiente. Para una gran mayoría es el monumento más hermoso de la ciudad. Ha acogido bodas de alta alcurnia y funerales cercanos a la deidad. La verdad, lo cierto, es que la torre es el campanario de La Catedral, de la que está separada físicamente. ¿Una torre independiente para un campanario? La campana que acoge es… La Gran Campana. Once toneladas bien merecen una torre. Es la cuarta campana más grande de Francia. No sabía de ese tipo de clasificaciones campaneras.

Puertas. Hay varias. Eran la salida y entrada de la zona fortificada.

Puerta Cailhau. Forma parte, como he reseñado, de las murallas defensivas. La Rue Porte de Cailhau la envuelve, literalmente, formando casi un círculo sobre ella. Su situación es estratégica y las vistas desde sus estancias superiores (haberlas, haylas) te regalan unas vistas panorámicas impresionantes. Desde su construcción (1494) se ha mantenido prácticamente igual en su apariencia (salvo «algunas cosillas», como diría aquel). La figura de Carlos VIII la domina de «P» a «A» (Puerta). Tiene un letrero curioso: “Cuidado con el dintel». Sólo le faltan los signos de exclamación. ¿Significado? Carlos VIII murió tras golpearse en la cabeza contra un dintel de una puerta (otra).

Puerta Dijeaux. En su lugar estaba el Templo de Júpiter ( Jovis en Gascon. Jòv- Júpiter, Dijàlus- jueves, ello dicho en latín). Forma también parte de la fortificación y deja paso a la Plaza de la Gambetta.

Volvemos a recrearnos en lugares ya visitados y aprovechamos una plaza, otra más, para tomar alguna cerveza. Antes, hubo quien se tumbó para una foto. Y calles, como la de Santa Catherina. Es la calle peatonal más larga de Europa. De una manera u otra está influenciada por plazas, como no. Victoire, Saint-Project, de La comedia… La calle corta la ciudad antigua como si de un bisturí se tratara. Desde ella hay un acceso a la Galeria Bordelaise.

Para acabar, cenamos en un pub y lo español nos persigue. Queda una jornada más. Bueno, algo más de media jornada, para ser precisos.

Cuando amanece ya es nuestra última jornada en Burdeos. Hasta que usemos nuestro vuelo de regreso lo pasaremos totalmente en la ciudad. Toca visitar la Ciudad del Vino (La cité du vin) y alguna cosa más. Pocas ya… o muchas, según el prisma. Paseamos por el paseo que acompaña el rio Garona. Si, ese rio que nace en España. Es curioso, ha hecho el mismo viaje que nosotros. Él también está de paso. Y en ese paseo nos encontramos con agrupaciones festivas de música, que pareciera que vinieran desde el Miroir D´eau (donde habitan los reflejos). Es como una gran despedida o una gran bienvenida, según la dirección que llevemos.

A la altura de la Plaza de Quinconces nos topamos con una feria de antigüedades. Tengo la impresión de que todo en Burdeos es un desafío a la modernidad. Viendo lo que hay, no me extraña en absoluto. En el vértice de la plaza ovalada está el Monument aux Girondins. La fuente lo protege. Espectacular.

Cono viene siendo preceptivo, hay que visitar mercados de abastos. Toca el turno al Marché des Capucins.

La cité du vin. Un ejercicio de marketing impresionante y un trabajo docente y turístico de otro nivel. La visita se puede realizar en un par de horas aproximadamente. Hay varias rutas específicas ordenadas temáticamente. También tiene sus zonas de exposiciones temporales. El diseño de las edificaciones del complejo es como envolvente, con paneles que cubren parte de la fachada. En gran parte es circular y tiene una zona abovedada con techo de madera que incita a la contemplación. Tal vez tenga diez niveles de altura el complejo…y un jardín.

En la parte superior, a modo de mirador, hay una zona acristalada con vistas impresionantes. Cuando llegas hasta ahí, toca la degustación de los vinos de Burdeos. Luego en ascensor (también podría llamarse descensor, digo yo) salimos a la calle en busca de alimentos sólidos. Casi formando parte del mismo complejo que la ciudad del vino, nos encontramos con Les Halles de Bacalán. Es un mercado de abastos muy modernistas pero al mismo tiempo tradicional, con una zona exterior llena de puestos de bebidas y comidas. Las mesas son comunes y en sus platos lo mismo ves ostras que langostinos o brochetas… y vino.

Se acaba la estancia. Toca despedirnos de Odile y de Burdeos. Desde su ventana, una despedida es un hasta siempre. Otros cortoviajes nos arrimarán al querer.

De entre los muchos y pequeñísimos detalles que me han llamado la atención, me quedo con dos.

La modalidad fotográfica de portada de LP y los aros quita barro (de los zapatos) a pie de casas.

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