La noche de Pontecesures me ha traído el día. Parece una obviedad, pero necesita una explicación para entender el sentido de la frase. He despertado en soledad y he agradecido esa situación ya que no he tenido que compartir baño. Las excursiones nocturnas hubieran sido un problema. El caso es que Pontecesures se ha convertido en mi particular despertador vital. El cansancio físico supera al mental y no afecta para nada el sentir sobre mi tránsito por tierras llenas de mar. Pontecesures me ha traído el día, si. Me ha dado permiso para pensar en el final de un viaje. No espero grandes alegrías de objetivos cumplidos. A veces lo mejor está por llegar y yo quiero llegar…más allá. Sé que la experiencia me acompañará aunque no quiera y la note. Santiago, que está tan cerca ya, no es mi destino final. No he necesitado esta travesía para encontrar en esta ciudad alguna revelación. Cuando llega un nuevo día es el momento justo para dejar de pensar en lo que te traerá.
Y ya estoy pasando el puente. Nadie se deja ver, para variar. Estoy seguro que hoy tendré algún tipo de compañía mientras recorro los últimos kilómetros que me separan del sepulcro. Me lo he tomado como un reto personal, intentando huir de esa vida que a veces se convierte en monótona al amparo de cualquier excusa. Dejaré el Rio Ulla atrás y me cruzaré en algún lugar del camino con el rio Sar, que viene de las alturas de los Ancares.
Acabo de iniciar mi travesía del día y ya casi camino por Padrón. No es como los pimientos, que unas veces sí y otras no. Siempre hay que pasar por allí. Lo que no sé es por qué no se les llama «pimientos de Herbón», que es donde se cultivan. Tan temprano es que, a estas horas, no hay nada abierto, al contrario que mis ojos. La mañana ha empezado tranquila, incluyendo el caminar. Me está dando tiempo a mirar…y veo. Veo carretera con alguna pintada en el asfalto imitando pinturas rupestres con referencias al camino (quiero imaginar que están imitando ese tipo de pinturas, porque si no fuera así…), veo señales del camino indicando que me faltan más de 27 km para llegar y, avanzando en el tiempo y el espacio, veo que Padrón no es un padre grande. Más bien creo que su nombre está relacionado con «piedra». En concreto con el Pedrón, del que hablaré tras el punto y aparte.
Como no; aparece Rosalía de Castro. La gran poetisa gallega universalmente reconocida. No puedo visitar La Casa da Matanza porque, repito tras muchos días, sólo pretendo ver lo que el camino me muestre. Para visitar otros lugares haría otro tipo de viaje. Todo se «andará». La casa sirvió de cobijo a Rosalía y a su marido e hijos y entre otras muchas cosas, supongo, le sirvió para escribir su última obra: En las orillas del Sar. Y claro, como todos los ríos, este también es unidireccional. Rosalía no era de asentamiento único. Alternó grandes urbes con pequeñas poblaciones. Tal vez si pudiera elegir donde nacer, su lugar de nacimiento (Santiago de Compostela) estaría en mi lista de diez lugares donde iniciar mi vida. El caso es que en Padrón, como en gran parte del mundo mundial, se le considera y aprecia. Como ejemplo, me encuentro a las puertas del lugar una estatua suya, libro en mano, con la siguiente reseña: « A nosa ROSALÍA. Os Padroneses do Uruguay». Curioso el lugar donde está ubicada. Prácticamente a la puerta de La Iglesia de Santiago. Bajo su altar mayor se encuentra el Pedrón. Es un Ara romana. Traducido, para los que como yo carecen de esa información, se trata de una piedra que los romanos solían utilizar de altar para «sus cosas». Este altar dedicado a Neptuno (Dios de las aguas) pasó a interpretarse como elemento al que se amarró la barca que trajo los restos del santo desde Haifa (Palestina) hasta Iria Flavia ( En la confluencia de los ríos Ulla y Sar y cerca de Padrón).
Continuo mi caminar, con hora temprana aun, por esta tierra salpicada de pequeños montes sujetos por rayos solares. De vez en cuando me topo con fuentes de agua con anexos de lavaderos, o tal vez sea a la inversa. Entre localidades pequeñas del camino aparecen hórreos y a menudo también estrechos tramos entre muros llenos de moho y con firmes empedrados. Lo cierto es que resulta placentero caminar a estas horas del día por lugares como este.
La carretera Nacional busca caminantes. No le basta con los coches que la transitan. Aparece, como si de un invitado adjunto se tratara, la vía del tren y su preceptivo paso a nivel. Todos los medios conducen a Santiago. Los restos del Santo debieron pasar por estos lugares, supongo. Yo, lo que hago es echar el resto para llegar y hacerlo en mejores condiciones. Se suceden iglesias, ermitas…santuarios. Empiezo a alternar caminos con asfalto, dejado a un lado ya la vía férrea. Llevo apenas un par de horas de camino y siento que el acúmulo de kilómetros totales ha vaciado mis reservas. Tal vez se trate también de algo mental. El saber que estás a tan solo unos pocos de miles de pasos…
Me da por ir comprobando la distancia que me resta para llegar al final de mi caminar. Los Hitos kilométricos (Mojones) están situados, en casi todos los caminos de Galicia, cada 500 metros. Estos hitos no son los únicos medios para orientarte en el camino. Están las conocidas flechas amarillas. ¿Por qué flechas amarillas? Buena pregunta. Aunque el Camino sea ahora una apuesta importante, con destacables inversiones por partes de todos, no hace mucho esa no era la dinámica. Se asegura que el Cura do Cebreiro ( Padre Elías Valiña Sampedro) fue el causante del boom del camino, allá por los años 80´s. Quiso señalizar el camino desde Francia, para facilitar y promocionar la peregrinación. No sé si es leyenda urbana o real…Se afirma que el color amarillo de las señales es debido al excedente de pintura de ese color para marcar las carreteras de aquel entonces. Se les atribuye la donación a los que trabajaban en aquellas carreteras. Los hitos no sólo marcan las distancias y la dirección a Santiago. También los hay para reseñar lugares dignos de conocer y que están cercanos al camino o pasan justo por el. En Galicia, la vieira también indica el camino a seguir. La parte abierta de la misma sugiere por donde continuar.
Sorteo algunas pendientes y recorro otras carreteras. Y andando por una de ellas, ya cerca del final de mi camino, me topo con un señor, mayor y amable al mismo tiempo. Reparte publicidad de un lugar donde comer o tomar algo, a apenas unos 50 mts en perpendicular al camino. Tomo el folleto, le deseo buen día e intento reiniciar mi caminar por la pesada carretera. El señor me aconseja un desvío un poco más adelante para no tener que seguir por el asfalto. No sé por qué, el caso es que en señal de agradecimiento doy media vuelta y me dirijo al café-tapería que publicita. Está en Milladoiro. Realmente está muy cerca del cruce donde estaba el informante. Tomo algo y en una hora vuelvo a la carretera. Allí seguía, bajo el Sol… Le agradecí ambos consejos. El del camino y el de la comida. El folleto marca donde desviarse. No sé como será el camino por la carretera. El del desvío es de ascensión muy leve hasta una subestación eléctrica, para continuar cruzando un puente, pequeño, sobre una autopista.
Desde O Milladoiro se puede ver por primera vez la Catedral. Estoy tan cerca… Desde el punto elevado la veo. Veo Santiago y veo su Catedral. doy Fe de ello, pues. Donde estoy sigue perteneciendo al Municipio de Ames.
Se dice, se comenta, que cuando los peregrinos provenientes del camino portugués divisaban por primera vez la Catedral, se arrodillaban ( de alguna manera se humillaban ) y de ahí su nombre (O Milladoiro). También pudiera ser que el nombre provenga del mirador natural que permite ver desde aquí la nombrada Catedral y Santiago.
Y entro en Santiago por Santa María de Abaixo para continuar por la Rua Rosalía de Castro. Recorro, en dirección a la Plaza, parte del casco antiguo. Últimos pasos cansados y primeros sentimientos ajenos. La Plaza do Praterias es casi mi última estación.
A partir de este momento, los pensamientos se vuelven personales e intransferibles. Tomaré posesión de mi alojamiento y conoceré el lugar.
¿Terminó o comenzó mi camino?







































