
Por alguna razón, relacionada seguramente con cualquier mejunje de marmita, esta etapa ha quedado guardada en el fondo de ese espacio virtual que se conoce como borrador. Como nunca es tarde para tomar un camino, elijo el día de hoy para dejarlo por aquí. Penúltima etapa de mi Camino a Santiago. Si, esa que iba a ser de navegación y terminó por ser a pie por culpa de la escasez de caminantes. La Traslatio.
Undécimo paso. De Oporto a Santiago de Compostela.
Pues va a ser que no. No sale ni el plan A ni el B. Sale el que no debería estar ni como última opción. Tenía unas ganas inmensas de realizar la Traslatio. Estaba planeada como la última etapa de mi Camino hacia Santiago. La Traslatio es una etapa que te lleva, en barco, desde Vilanova de Arousa hasta Pontecesures, recreando, de alguna forma, el traslado de los restos del Apostol desde Jerusalén hasta Santiago (dicen). Entre bateas de mejillones e islas pertenecientes al Parque Nacional de las Islas Atlánticas hubiera seguido el Viacrucis marítimo fluvial único en el mundo. Tenía pensado desembarcar en Pontecesures, muy cerca de Padrón y desde allí continuar hasta Santiago en la misma jornada. Lo que me ha fastidiado es que esta etapa la tenía programada. La única programada, con antelación, de todo el camino.
Ya desde la tarde/noche anterior las señales que me llegaban no eran nada halagüeñas. Mi contacto con la empresa que hace la travesía me informaba de como iba la reserva. Si no había un mínimo de pasajeros no se realizaba. Miré otra compañía que también opera esa ruta pero ésta última sólo trabaja en verano. Así pues, o iba con la primera empresa o tendría que hacer el camino a píe. Un día más de camino y una ruta sin estudiar es lo que supondría. Crucé dedos para que al menos la etapa a pie fuera interesante. Muy bien debía ir la etapa para que mi pesar desapareciera. Mi camino me llevaría por la ría de Arousa y más adelante por el Rio Ulla. Casi toda la ruta sería prácticamente bordeando el agua. Lo que ya sabía era que sería una etapa larga. De las mas largas de mi periplo.
Y estoy en la etapa del camino. Debo reconocer que sigo dándole vueltas a la cabeza mientras avanzo. Me muevo entre pensamientos nada positivos. Por un lado el barco y por otro la inoportuna caída de mi sistema de grabación de voz. Esto me obliga a ir apuntando detalles, curiosidades y lo que se le ocurra a mi cansada mente. De vez en cuando miro el móvil, mientras estoy cerca aun de la salida, por si una llamada me hiciera volver o, quien sabe, tal vez para indicarme que me podían recoger en Villagarcía. Ilusiones vanas. Estoy en Villagarcía de Arousa y el teléfono no da señales de vida. He decidido que no voy a consultarlo más. Es lo que me toca hacer. Algún sentido le encontraré a esta inoportuna contrariedad. Supongo que también sumará el cansancio acumulado que llevo para justificar el bajón que sufro. La mochila ya no la noto, como tampoco noto las manos y los pies. El cuello si.
Lo cierto es que esta primera parte (hasta Villagarcía) no me ha resultado desagradable, al contrario. Por momentos pienso en recuperar el interés por la ruta y dejar de quejarme por la imposibilidad de navegar. Y me va sentando bien ese cambio de actitud. Prácticamente sigo bordeando el mar entre carreteras y paseos marítimos, como el de Villagarcía, que me hacen transitar con tranquilidad. En Villagarcía, camino por la Rua de Valle Inclán dejando a mi izquierda (logicamente) el puerto.
Una nueva isla, muy pegada al continente, surge ante mi vista. Se trata de la Isla Cortegada. A pesar de ser casi todo asfalto y aceras, no está siendo tan malo el poso que me está dejando. La climatología está siendo benigna conmigo en todo el recorrido desde que salí de Oporto y eso ha ayudado en gran parte a poder llegar hasta aquí sin apenas percances. Es mi primer viaje de este tipo y las dudas sobre mis capacidades eran normales. Tal como he ido acumulando kilómetros mi experiencia ha ayudado a aportar soluciones de todo tipo.
De vez en cuando debo alejarme algunos cientos de metros de la costa. Eso no supone ningún problema ya que vuelvo a reincorporarme al litoral con relativa prontitud. Según sigo avanzando puedo comprobar como la anchura de la ría se va reduciendo, acercándose la costa contraria hacia mi. Me alegro, a estas alturas del camino, de haber podido pasar la página sobre el fiasco de la Traslatio. Sinceramente, no sé si es un pensamiento real o de auto convencimiento, como otras muchas veces nos pasa en esta vida, pero no queda otro remedio que continuar corriendo un velo, tupido o no.
Algunos descansos se están convirtiendo en todo lo contrario a lo que pretendía. Es parar de andar, dejar caer la mochila para picar algo de lo que llevo y sentir un cansancio terrible. Miro la distancia que queda y me vuelvo holgazán. Pero claro, entre una cosa y otra, no puedo seguir entreteniendo el final de la etapa. Estoy También pensando en donde pasar la noche. Quiero pernoctar en Pontecesures y así poder terminar al día siguiente en Santiago sin tener que cubrir un kilometraje excesivo. Si al menos pudiera cambiar puntos de vista con alguien…No hay nadie en este camino. Nadie que camine, nadie que hable. Nadie.
Pasada la Isla de Cortegada circulo literalmente por la ribera de la ría hasta llegar a la desembocadura del Río Ulla, casi a la altura de Catoira. Los últimos kilómetros, hasta llegar aquí, están siendo por carreteras que soportan a veces bastante tráfico. Llegado a este punto, busco desesperadamente indicaciones que me lleven por caminos, o al menos por carreteras locales, y así relajarme (más). Caminar por un arcén de manera continuada no estaba mucho en mis planes. Existen señalizaciones para peregrinos, pero o están mal conservadas o brillan por ausencias de las mismas durante kilómetros, haciendo que te conviertas en explorador (terrestre) ante las razonables dudas que trasmiten a mi orientación.
En un arrebato, sigo una indicación hacia el interior. Veo como me alejo de los odiados arcenes mientras asciendo por laderas suaves. Aprovecho para disfrutar de la visión de las dos orillas del río. Esta primera incursión tiene un punto de inflexión cuando el río se aleja en demasía y el mapa de mi móvil parece querer cambiar de región. No me queda otra opción que buscar un nuevo desvío hacia el agua. Ha sido un primer intento que no ha servido de mucho. Me vuelvo a encontrar con la carretera. Otra vez arcén y coches. Otra vez maldigo esta etapa. No es que sea horrible; ni tan siquiera fea. Es que no era la etapa. En fin, para qué volver a lo mismo. Nada; un nuevo cartel me insinúa que vuelva al interior del territorio. Otra vez caigo en la terrible sensación de estar en el camino equivocado.
Hago un nuevo intento de despedirme del asfalto odioso, aunque si lo miro bien, si siguiera por el me ahorraría algún que otro kilómetro. No hay más que pensar. Sigo una de las pocas señales para el caminante que se mantienen. Vuelvo al monte. Y el monte cada vez es más monte y la carretera cada vez es más una fina hilera gris con diminutos puntos móviles recorriéndola.
Y sin saber por qué, mis pensamientos me traen el recuerdo de Enya. Recuerdos de viajes en coche por carreteras interminables. Cursum Perficio. Su música va penetrando en mi interior, como si fuera yo el responsable último de esos sonidos. Las voces (en capas) van increscendo. Ahora ya no soy dueño de mis pensamientos. No tengo más remedio que rendirme y dejar que ese pensamiento deje paso a algo más real. Pongo la música desde mi celular. El efecto es inesperado. Ya no soy un simple caminante. Soy el camino. Ya no estoy pisando la dureza del terreno. Ahora estoy en la nube blanca que a lo lejos va cambiando de forma, previo a desaparecer; Soy el que no siente la soledad, el que se esfuerza por acabar las cosas que inicia. Soy espíritu. La traducción del nombre de la canción podría ser «finalizó mi viaje» y tal vez debería haberla traído a mi camino mañana, haciendo la última etapa de este largo tránsito. Tras un corto período de tiempo inmerso en la frase (Cursum Perficio) consigo reaccionar. No es el final de nada, ni siquiera de la jornada. Y ya puestos a intentar cambiar, cambio de nuevo mi punto de vista. No sería justo si obviara, sin remarcar, que el paisaje es agradable, con algunos rasgos de precioso. Lo cansino, lo terriblemente decepcionante es el continuo caminar por asfalto. Resuelto mi pesar, vuelvo a Enya, y a sus múltiples capas sonoras, y me centro en el mundo, en éste mundo. Post Nubila, Phoebus. Aeternum (Después de las nubes, el Sol. Eternamente). Enya siempre sacó de mí otra forma de ver la vida. La música siempre ha conseguido sacar mis mejores pensamientos, los más intensos, los más brillantes y los más tristes también. Y esta cantante irlandesa perteneciente a aquella nueva ola, me incita, justo en este lugar y momento, a buscar palabras precisas y frases que digan algo importante. La soledad en mi camino será la culpable de estos efectos secundarios. Supongo. Pero cuando todo acabe, no habrá juicio sumarísimo.
Bajo de algún lugar elevado, donde seguro estoy y vuelvo al terreno. Festina Lente (Apresúrate Despacio) pues. Y ya que estoy con frases latinas, ruego al Dios de la memoria precisa que me permita hacer uso de aquella que tanto me gustó en aquellas clases de latín de mi época de bachiller: Memento Vivere. Acuérdate de vivir. No es una frase excluyente. Es un eslogan vital.
El nuevo intento de huida del asfalto me ha llevado a algún lugar desde donde atisbo un conjunto de casas en el horizonte, entre lejanas y cercanas, según se mire. Creo que el camino me está llevando hasta ellas, pero pasan los pasos y no aprecio que esa ruta me dirija directamente hacia su encuentro. No puedo volver sobre lo caminado… porque no.
Pues resulta que creo que voy en dirección a otro Santiago. He elegido la ruta solitaria entre las solitarias. La madre de todas las rutas solitarias. Eso quiere decir que no tengo a quien preguntar donde puedo encontrar el camino que me vuelva a la ruta ideal. He fallado en el intento, lo reconozco. Podría solucionar esta situación simplemente bajando hacia la izquierda, en dirección hacia donde debería estar el rio, pero tal vez el cansancio me tenga confundido. Sólo pienso en buscar la solución, pero yendo hacia adelante.
¿Cómo voy a explicar esto? Esta reflexión viene a colación de el único contacto verbal que he tenido en el camino que llevo recorrido hoy. Andando perdido, en medio de este camino tan solitario como un desierto africano a medio día, me topo, como salido de la nada, con un señor mayor (de edad). No sé si es por mis días de silencios forzosos o por el cansancio que arrastro, pero el caso es que mis intentos iniciales de intercambiar palabras con la aparición milagrosa resultan totalmente infructuosos. Soy incapaz de iniciar una conversación. Me mira como queriendo oirme, buscando los motivos de mi presencia en aquel lugar lleno de claridad. Tal vez el ángulo del Sol y la incidencia de sus rayos en mi mirada me hagan verlo como un ser de luz. Volviendo a Enya, podría tratarse del Dios Febo o, esta vez sin la referencia de la cantante, podría tratarse de Oráculo, con aquel lugar (precioso en sus tonos cromáticos en el entorno natural) y él ser El Oráculo. Como busco una respuesta, si fuera así… ¿A quién mejor para preguntarle?.
A la pregunta de como reincorporarme al camino correcto que me hiciera pasar por aquel pueblo esquivo le sucede la respuesta trascendente. «¿Ve ese camino? – Señaló hacia el único camino que se podía ver desde donde estábamos-Si lo sigue llega hasta allí. No le hizo falta decírmelo ni en verso ni en prosa. Ni siquiera tuvo que consultarlo con ninguna deidad. Un camino, un destino. Verbum Sapienti.
Caminé siguiendo las indicaciones del Oráculo y ¡Oh! me llevó hacia aquel pueblo imposible. Y desde ese pueblo a mi destino final todo fue dejarme llevar. Nada de cruces complicados y dudas de orientación.
A la entrada a Pontecesures pude apreciar el embarcadero, de entre otros, el «barquito» de marras. En la orilla enfrentada, la fábrica humeante de madera (Finsa) intercala la emisión de humos por sus chimeneas. Ya tengo la confirmación de alojamiento para esta noche. No ha sido complicado. Soy el único caminante en el hospedaje. La amable propietaria (Malagueña) me explica lo explicable y se interesa por el camino del que vengo; denoto que quiere saber si hay posibles clientes a la vista. No le doy buenas noticias.
Tras dejar mis pertenencias en La Casa Do Horreo -Hospedaxe- (bien atendido y conservado) salgo en busca de una mínima cena en alguna de las terrazas que vi al entrar en el pueblo. Estoy a un paso del Puente Cesures. Ese puente es el que me llevará mañana hacia Padrón, camino de mi último tramo… Santiago.

Ha sido una etapa dura. 36 kilómetros entre arcenes, vehículos, decepciones, recuerdos y soledad, mucha soledad. Tal vez en el futuro me sirva para algo. Toca dormir.
Este lugar no se convertirá en mi Ibidim (1) sin duda.
(1) Ibid :»morir en el mismo lugar de nacimiento»













