
Noveno paso. De Oporto a Santiago. Pontevedra – Armenteira Variante Espiritual.
Un camino lleno de pasos y vacío de caminantes hasta ahora. Pontevedra me ha dejado un sabor agradable. He conseguido disfrutar contemplando la ciudad y mi espíritu se ha llenado de imágenes positivas. Al menos he visto gente en Pontevedra que buscaban llegar a Santiago. Un alivio pensar que el no ver gente caminando no se debía a algún acto de oscurantismo.
Desde que me propuse realizar este tránsito por mi mundo físico y espiritual tenía claro que iría, por esta variante en forma de camino, sin adornos filosóficos. La intención es caminar, repito, siguiendo el mar… para llegar. Sólo llegar. Y aquí estoy, a los «pies» de esta parte de la travesía. Sólo el nombre que recibe ya intenta influenciar en el ánimo del que camina y busca. «Variante Espiritual» del Camino Portugués de la Costa.
Parece ser que los restos del Apóstol llegaron a Compostela siguiendo parte de esta variante. Como hasta ahora, me limito a seguir paso a paso, esperando encontrar algo mejor que lo anterior en el próximo recodo.
Son las 07:50


Como quien se va y no sabe si volverá, me despido de Pontevedra. La Rua Sarmiento me encamina recorriendo parte de la villa. En un ensanchamiento de calles entrecruzadas, Valle-Inclán convertido en estatua parece tomar vida e imagino que levanta su brazo para desearme un buen camino. El Sol radiante va llenando mi batería a una velocidad de vértigo. El clima está siendo realmente espectacular. Hasta ahora es como si la magia me acompañara. Es cierto que me estoy tomando el inicio de esta parte del camino de manera diferente a como lo había hecho hasta ahora. Es como si esperara algo realmente especial de aquí en adelante y no veo el momento de corroborarlo. Espero que esas expectativas no sean excesivas.
Mi intención es llegar a Armenteira. He tenido dudas hasta ahora de donde dormir allí y a esta hora del día esa duda se va desvaneciendo, llegando a pensar en dormir en su monasterio. Un monasterio construido por los Cistercienses, en aquel lugar concreto, en busca de soledad y de una naturaleza que les aislara ¿Por qué no?
Las llamadas telefónicas al monasterio se suceden y no obtengo respuesta. Tampoco es que tenga una urgencia en confirmar pero…a veces la paciencia no es mi fuerte. Las calles se van alejando unas de otras, al igual que las viviendas. Pontevedra desaparece muy poco a poco dejando mis huellas como un recuerdo invisible de mi paso por ella. Hoy el tiempo avanza muy despacio comparado con días anteriores. Es un tema para estudio lo de mi necesidad de reservar alojamiento, precisamente hoy y la percepción que tengo del desacelerado paso del tiempo.
Ver pasar o pasar viendo; el camino sólo me ve a mí. Un día más sin compañía (¿para qué?) en la ruta y eso que ayer vi en Pontevedra vida…
Sobre las nueve la llamada al Monasterio de Armenteira tiene premio. Una voz agradable femenina me confirma el alojamiento no sin antes desearme buen camino y…fuerza. Me augura una segunda parte de la ruta algo dura. Seguro que exagera. Con tranquilidad, ahora el rio Lagándara llena esos espacios de tiempo que no valoramos lo suficiente. Esos espacios en los que observamos bellezas ajenas, fuentes que no sólo dan agua al que parece errabundo, montes a los que no nos acercamos nunca, cielos llenos de un color que sabemos que no existe… Esos momentos son los que intento no olvidar.
Cruzo carreteras sin tráfico que hacen que parezca que estoy yendo por un mundo irreal. Entre la nada y mi yo aparecen remansos de agua que luchan con una vía férrea para ir más allá. Caminar de esta manera da para mucho, pero sobre todo te da para tener charlas contigo mismo, aunque sacadas de este contextual viaje fueran más propias de algún problema mental. En esencia, creo que todo es un camino; la vida, la mía, la de la naturaleza, la de los seres de este mundo…todo tiene un camino. O vas por el o no eres nada. Tal vez el querer caminar por esta Variante Espiritual me esté acercando a otra realidad.


Mejor pongo los pies en tierra nuevamente (y la cabeza en su sitio) y sigo las indicaciones del camino. Han pasado 2,8 km y el desvío para la variante aparece. Un aljibe elevado parece puesto ex profeso como indicador añadido ante cualquier duda sobre la ruta a seguir. Es complicado no caer en los influjos que provoca este maravilloso espacio natural sobre mi espíritu (creo que hoy estoy excediéndome con el trato espiritual). Al menos en estos momentos. El gran cartel del desvío hacia la Variante Espiritual es tan perceptible que sería un sacrilegio no tomar ese camino. Una pequeña carretera me lleva a introducirme en él de manera pausada. Entre los pensamientos de todo tipo, me muevo por muros viejos, casas abandonadas, carteles con anuncio de peligro tren, inicios de cuesta… Cuestas que me llevan hacia un Sol que se eleva con facilidad desde el Este y que riega de claridad la ya cada vez más lejana Pontevedra. Durante la ascensión constante, al tiempo que me alejo, me acerco a un nuevo pueblo con casas de aspecto antiguo y cercadas por viñedos y algún que otro hórreo que provoca que vuelva a dar alas a la imaginación. Entre tantos silencios, un sonido de campanario que comunica la muerte. Toque de muerte le llaman. Desde el inicio casi de la ascensión he venido oyendo el sonido pausado que llenaba todo el entorno. Dependiendo de los tonos se sabe si es fallecido o fallecida… ¿Quién estará tañendo la campana? En medio de este paisaje de espectacular belleza, ese sonido puede provocar tanto dolor en esas familias que no llego a ponerme en su lugar. Tener que escuchar constantemente que has perdido algo querido… Al que camina, o sea yo, el repicar sereno y constante le supone un sentimiento de análisis sobre lo que significa poder vivir entre tantas pérdidas.






Me llama mucho la atención la cantidad de eucaliptus plantados en estos montes. El negocio de la madera los trajo y a mí, personalmente, me resultan horribles para la vista. Menos mal que bajando de esos montes se suceden huertos con árboles frutales (sobre todo naranjos) y viñedos. La tranquilidad que trasmite esa visión se mezcla con el sonido de las campanas haciendo que le de un aire bucólico al recorrido.
La señalización de la ruta es perfecta en esta parte del camino. Eso me ayuda a relajarme y tomarme la subida constante de manera más llevadera. Las pendientes se suceden y son bastante pronunciadas. A veces el camino no llega casi ni a senda. La vegetación intenta recuperar los espacios perdidos y de vez en cuando casi lo consigue. Con una anchura de no más de medio metro comienzo un nuevo tramo de ascenso imposible que me lleva hasta la proximidad de una carretera, delatada por el sonido de algún que otro vehículo a motor. Las campanas están ya tan cerca que casi las puedo ver. Se ensancha el final de la subida y el suelo se llena de algo parecido a cantos rodados justo antes de encontrarme con el origen del sonido que me ha venido guiando la última hora. Un rato delante de la pequeña iglesia para tomar aliento y vuelvo al camino. No me apetecía leer sobre las almas que abandonan este mundo. Esperaba ver a alguien tañendo esas campanas pero la modernidad ha traído la automatización del servicio del campanario. Al menos en este lugar.



Nada más comenzar a andar de nuevo, me topo con una zona donde hay Petroglifos. Concretamente se les conoce como los Petroglifos de Forcada. Son círculos concéntricos realizados sobre piedras y que están enlazados con líneas formando una figura geométrica abstracta. El camino va intercalando aspectos diferentes. Lo mismo me doy una vuelta por el poco atractivo bosque de eucaliptus que me enfrento a la más absoluta carencia de sombras de origen vegetal. Lo malo (también) de caminar amparado por los eucaliptus es la excesiva pérdida de hojas que llenan todo el suelo, ya que si llueve, se convertiría en pista, pero de patinaje.
Tanto ascenso me ha llevado, lógicamente, hasta el inicio del correspondiente descenso. Igual que antes me acercaba al sonido de las campanas, ahora me alejo de ellas, dejando que oiga, en la lejanía aun, el sonido del agua y, algo más cercano, el de pájaros. Esto de caminar solo por lugares con tanto encanto e historia hace que uno se vuelva, aunque no quiera, parte de ellos. Así que ahora bajamos dos: mi espíritu y yo. Por ese orden. Mientras busco un espacio para poder parar a tomar algo me asalta la idea de que al igual que antes, después de el ascenso tenía que existir su correspondiente bajada, ahora, después de la bajada aparecerá una nueva subida. Esto de andar solo…
Y al continuar el camino, un muro de piedras deja que le acompañe, guiándome hacia unos tejados lejanos. El silencio ha vuelto a mi lado pero seguro que no durará mucho. A los tejados lejanos se le unen ya viviendas completas, de conceptos diferentes. Se mezcla lo antiguo con lo moderno. Todo ello para llegar a una carretera pequeña muy cerca de otra de mayor tamaño. Tomo la pequeña, dejando el tráfico a un lado. Esa pequeña carretera me lleva hasta un pueblo, también pequeño. Me he debido pasar el cartel que pone como se llama porque no tengo ni idea de donde estoy. Entre carreteras pequeñas y nacionales ando, como no, sin perder de vista el monte de eucaliptus. La búsqueda del lugar donde parar para tomar tranquilamente mi fruta y beber algo se está haciendo esperar. Lo cierto es que no llevo prisa alguna aunque debo reconocer que me apetece encontrar a alguien y preguntar por la vida, por ejemplo. Es que en alguna ocasión puedes llegar a aburrirte a ti mismo. Entre tanto asfalto, busco algún camino de tierra. Debo andar atento porque a veces no me fijo y me paso indicaciones. Desde donde estoy ahora logro ver parte de la ría a mi izquierda en el sentido de la marcha. Es un camino, por fin, de tierra. Lo cierto es que esta parte del camino se está volviendo menos espiritual e intimista. Imaginé otra cosa…
La ría se acerca a mi vista como la abeja a la flor. Me veo como abeja, pero caminando. Lo cierto es que caminar por tanta carretera me está convirtiendo en una especie de autoestopista, pero sólo en apariencia, claro. Y cuando la desesperación creada por la poca vistosidad del recorrido se hace casi insoportable, aparece, magnífico, el Monasterio de Poio. Me doy un paseo sin guía por la hospedería/Monasterio. Hago de peregrino-explorador y finalmente me dejo llevar por las indicaciones de un ser de este mundo cuyo oficio desconozco. Charlamos un rato lo suficientemente amplio como para que lleguemos a puntos de encuentro entre la vida de ambos. Su pasado, en la ciudad en la que ambos hemos vivido, llena esos minutos. Al acabar la visita por alguna de sus dependencias (exposición) me acerco a la zona de alojamientos (más de 200 cuartos) aunque no consigo pasar de la recepción. Así pues, una vez acabado el reconocimiento del lugar, dejo descansar los hombros y las piernas en un banco en una zona como de aparcamiento frente a la Casa Consistorial. Por fin puedo tomar algo de esa fruta que parecía prohibida y relajarme un rato mientras contemplo las bateas de mejillones que llenan esa parte de la ría, a modo de plantas de un jardín. En ese reposo del caminante estoy cuando recibo una llamada de teléfono en la que me confirman la reserva del alojamiento de Armenteira. ¡Entendí que estaba reservada! Como un déjà vu, me repite lo de la dureza de la parte que me queda, desde Combarro hasta Armenteira. Me hace dudar si antes imaginé que había reservado o era sólo algo producto de una necesidad imaginativa. Cosas de otra dimensión.
En este tiempo que he estado husmeando por el Monasterio, llamado por cierto San Juan de Poio, he podido constatar que se trata de un complejo espectacular. Es Monumento Artístico desde 1971 y lo curioso es que no se conoce la fecha de su fundación. Se «sospecha» que fue S. Fructuoso de Braga el que lo creó en su origen, sobre el siglo VII. Éste fue Monje, Obispo y se dedicó a fundar monasterios por todo el occidente europeo. Algo parecido a un «Zara» de hoy en día. El monasterio se convirtió en algo importante, hasta el punto de ser centro cultural y económico de la zona y obtuvo dádivas bastantes generosas. Como ejemplo, Doña Urraca les donó el puerto de Combarro, además de otros terrenos y Carlos V le concedió el privilegio de crear un colegio mayor de teología, contando, entre otros, con el Ilustre Maestro Padre Feijoo. Y como en otros tantos relatos que he ido dejando en días anteriores, la desamortización también intervino haciéndoles perder cualquier privilegio que tuvieran. Tras el abandono de alguna Orden (La de S. Benito, por ejemplo) aparece una nueva Orden (de la Merced) que crea escuelas de gran importancia. El Monasterio, con sus casi 40.000 metros cuadrados, abarca el Convento Benedictino (2 claustros), una ampliación (con otros 2 claustros), una iglesia, huertas, viñas y un enorme hórreo de casi 124 metros. Tiene una fachada barroca, un retablo churriguresco y un mosaico impresionante del Camino de Santiago. Esto último entendible porque acunó una escuela de mosaicos. La fuente que acoge en su seno está alimentada a través de una tubería de piedra (me recuerda a las de Pontevedra). Su historia me ha cautivado y el espacio me ha impresionado. Una última mirada al complejo y reanudo el caminar. El resto de viaje me llevará desde los 0 metros de altitud hasta los 300. Intuyo/deseo que las vistas que me quedan por ver serán increíbles. No pierdo nada por intuir (y por ejercer el derecho al deseo). Ah, me olvidaba, la visita por su interior me ha costado 2.5 Euros.

Según mis cuentas, hasta el final de mi destino hay unos once kilómetros. Espero que no sea todo una larga y tortuosa cuesta. De hecho, aun no ha empezado. Paso por un colegio de personajes muy pequeños que llenan de gritos, risas y lloros el ambiente. Hace mucho calor y el Sol…brilla. Entre algunas subidas y bajadas tenues, me pregunto donde empezará la anunciada cuesta. Ya estoy a pie de ría, o sea, debo empezar el ascenso. Y a pie de ría está Combarro. Me gustaría tener el don de las palabras precisas para describir este pueblo. La marea baja deja un paseo por el arenal que hace de frontera, ahora, entre el pueblo y el mar. Me acerco pisando su húmeda arena y contemplo, como una visión divina, el pueblo. Pegado a las edificaciones hay una pasarela que sirve de camino para cuando la marea está alta. Al borde de este mar de ría, un ramillete de bares y restaurantes compiten por el privilegio de la acogida de visitantes. Todo a pie de ría. No puedo dejar pasar la oportunidad de sentarme en una de las mesas. Me atrevo a degustar un Albariño mientras me relajo y me fusiono con esto que no tiene adjetivos. Tal vez podría calificarlo como refugio para dioses o palacio para los pensadores. Da igual la calificación. Lo importante es lo que trasmite.
Levanto la mirada, por fin, y veo la ruta que debo seguir. Ahí está la gran cuesta, a apenas una treintena de metros de Combarro. Debería haber una leyenda en el pueblo donde se pudiera leer: «disfruta mientras puedas porque vas a sufrir hasta que no puedas» Registraré el mensaje.
Nada más empezar el ascenso me doy cuenta que para hacer este tramo hay que venir caminado de casa. El inicio del camino es de ascenso muy exigente y tengo el handicap del calor. Sin saber cuantos kilómetros llevo, encuentro un descanso para engañar a la mente. Los eucaliptus siguen gobernando el monte y pequeños manantiales se vuelven recurrentes.
Celebro la aparición de algunos pinos, de el ensanchamiento del camino y de la visión de un par de caminantes varios cientos de metros adelantados a mi. A esta altura de la etapa (nunca mejor traído) llevo 8 km de subida. Se dice pronto o por lo menos se dice mucho más fácil que se hace. Según mis cuentas (cuentas de pobres, raro es que se logren) me queda un kilómetro nada más para llegar a no sé donde y ni falta que me hace saberlo. Sólo quiero parar, respirar profundo mientras miro ya hacia abajo. Y ese quiero se convierte en deseo cumplido. La llegada a la zona llana deja en evidencia a mi respiración agitada. Sólo se me ocurre decir en voz alta: «Demasiados eucaliptus». Casi sin querer empiezo un descenso. Bajando no es que parezca cansado, es que me cansa más, o al menos eso aparento. Esta parte ha sido brutal. Se puede hacer, pero es tan dura como no puedas imaginar. Ojalá la bajada sea infinita hasta Armenteira. Que razón tenía la monja. Como el que se pierde en el desierto, sólo veo el espejismo de un bar con terraza que hay junto al monasterio (información trasladada por la divina voz de la monja)
Claro que sí. Llego al Monasterio y a su puerta casi, el bar recomendado. Son las 14:30 y la pista final que me ha traído hasta aquí no es muy buena. Todo un colofón a una etapa dura. A veces parecía que iba por una torrentera en vez de un camino. El Monasterio no abre sus puertas a su clientela hasta las 16:00 horas. Así pues, en la terraza del bar me quedo comiendo al tiempo que respiro descansando. Se llama Comercio el bar y se está de escándalo. ¿Qué mejor lugar para escandalizarse? Con dignidad, eso sí.
La verdad es que me da igual ya que me abran el alojamiento. Estoy tan a gusto en esta terraza…
Un padre me atiende en la recepción. Me cuenta casi en susurros que es el único varón del monasterio. Entiendo sus susurros aunque tal vez lo esté interpretando erróneamente. El caso es que me cuenta historias del lugar mientras estamos a solas esperando la llegada de la hermana encargada del control de huéspedes, que será la que me cobre el alojamiento. Me nota cansado e intenta darme ánimos explicándome que la etapa venidera será de bajada. Su explicación del por qué, es de una lógica aplastante. «Aquí nace un rio, por tanto, tiene que ser bajada si sigo su compañía». De vez en cuando me suelta alguna frase profunda, supongo que producto de su experiencia y edad. «Toda leyenda esconde una verdad», me dice mientras sonríe sabedor de mi afán por oírle. Me ilustra hablándome, entre otras cosas, del nombre que recibe la zona. Castrove se denomina a este monte. La conversación se ve interrumpida con la llegada de la monja que me atendió por teléfono. Creo que es la única que habla con el exterior de estos muros. Se toma la libertad de bromear sobre mi caminata desde el momento que habló conmigo hasta llegar aquí. Bromas divinas, supongo. Prefieren que el pago sea en metálico. Ya me había avisado. Al mismo tiempo que le pago el alojamiento, les compro un libro sobre el Monasterio. «Monasterio de Armenteira. Leyenda hecha vida». De Carmen Ordóñez O.C.S.O.

Tomo nota de alguna curiosidad sobre el uso comercial del lugar. El libro se lo debo pagar al que creo que es fraile y el alojamiento a la monja. Ella se lo recalca a él. Yo sólo me dedico a pagar. Saldadas las deudas contraídas, quedo en paz con ellos. Sigo a la madre hacia lo que supongo será mi dormitorio. A mí se ha unido una pareja canadiense de edad algo mayor a la mía. Son los caminantes que me encontré en la gran e infinita cuesta. La madre les habla en un inglés perfecto. Antes de dejarme en mis aposentos, me informa que a las siete PM hay un acto de bendición del peregrino/a en la capilla. Por supuesto que acudiré, antes de cenar. También me informa de horarios de cierre y de salida al día siguiente.

Y tomo posesión de la cama. Una habitación agradable y un silencio casi sepulcral me envuelve. Salgo a pasear un poco por la huerta y jardines del lugar. Hay espacios restringidos. Estoy agotado. Necesito que llegue muy pronto la noche y descansar.
Queda un día menos… para llegar.
















































