PONTEVEDRA.- Entre paso y paso.

Una pausa necesaria hasta llegar.

Dicen por ahí que no hay mejor ciudad para recorrer a pie que Pontevedra. No puedo asegurar eso, pero sí puedo afirmar que está preparada para ello. Para conocerla en algo más de 24 horas he decidido ponerme en manos de la oficina de turismo de la villa, sita en el Palacete de Las Mendoza. Mapa por un lado e información más personalizada por otro. También, como es lógico, he investigado algo por mi cuenta.

Iglesia de La Virgen Peregrina.

Si me preguntan siempre responderé «¡plaza!». Porque las plazas son la semilla de las ciudades y pueblos. Plaza es reunión, comercio, descanso, ocio… Pontevedra está llena de ellas, a cual más interesante y atractiva, con matices diferenciadores y de las que pienso sacar lo mejor de cada una. Y la primera en la que quiero dejarme llevar es la Plaza de la Peregrina. Paso obligatorio y preferencial. ¿Y por qué? Bueno, es un referente para los caminantes hacia Santiago ya que acoge, entre otras cosas, la Iglesia de la Peregrina. Esta iglesia es de lo poco que queda de las capillas gallegas (de influencias portuguesas). Es de planta central y tiene forma de vieira. La Virgen Peregrina realmente fue importada, o exportada. Lo mismo da. La vistieron de peregrina y la trajeron hasta Pontevedra unos peregrinos franceses, dicen. En su día, casi la partió un rayo (a la iglesia). Tal fue el destrozo provocado por la tormenta que estuvo casi ochenta años con una de sus torres derruida. Al arreglarla, le colocaron pararrayos. Sabia elección. La verdad es que tiene encanto. Y ese encanto seguro que contribuyó para que se le considerara monumento histórico artístico. Dejando un poco a un lado la historia (interesante, por supuesto) me inclino por vivir este presente que me empuja a conocer en primera persona la misa del peregrino en horario vespertino de lunes a sábado.

Desde el exterior me da la impresión que la iglesia está ligeramente inclinada; como pisa. Supongo que sólo es una ilusión óptica producto de una mala carga de la mochila…

Ravachol, cuando mueras ¿qué haremos?

Vuelvo mi vista, casi allí mismo, hacia una figura que puedo reconocer por haber leído algo sobre ella. Es el loro Ravachol. ¿Qué se puede decir de un loro al que se le despide, al morir, por todo lo alto, calurosamente y con asistencia de gente hasta colapsar la plaza? No tiene que ser casualidad que se le pusiera el nombre de un conocido revolucionario Francés. Su propietario, Perfecto Feijoo, un conocido farmacéutico pontevedrés, sentía gran atracción por la música popular. En su farmacia de la Plaza Peregrina se reunía la creme de la sociedad pontevedresa para participar en las tertulias que se generaban al caer la tarde. Políticos, gente de ciencias, de las artes y por supuesto Ravachol. Por lo visto no tenía pelos en la lengua (o el pico) para poner a caldo a más de uno. Según parece se adaptaba al tipo de conversación y daba signos de «inteligencia». Sus referencias sobre los personajes, tanto los que compraban en la farmacia como los asistentes a las tertulias y los que paseaban por la calle cuando lo sacaban al Sol, eran famosas en la villa.

Vuelvo nuevamente a la otra vida que tenía la plaza. Hubiera pagado por participar en alguna de las tertulias que se celebraban en rededor de su banco de piedra. Escuchar a Unamuno (Bilbao 1864) o a Pardo Bazán (A Coruña-1851) hablar de la razón y de su superioridad sobre el corazón y viceversa o del naturalismo, el realismo, la igualdad y del feminismo con Emilia. Y de que pensaría ella (en el más allá) al ver en manos del dictador el Pazo de Meirás del que era propietaria, pero sobre todo, vivir su cabreo ante la imposibilidad de acudir a la universidad por ser mujer.

En fin, escucharles y tomarme la libertad de exponer mis ideas mientras el ambiente se viera influenciado por los efluvios de algún Rias Baixas Albariño, por ejemplo. Creo que tantas horas a solas por el camino me han afectado.

Y traído a colación, me acerco, circunvalando el casco antiguo de Pontevedra, hasta la plaza de La Pedreira, también llamada de Mugartegui, donde puedo ver la sede del Consello Regulador de la Denominación de Origen del Vino Rias Baixas. El edificio que lo acoge es un palacete y tiene soportales. Pontevedra está llena de soportales. La llovizna ha decidido acompañarme durante un rato. Ahora camino como ausente del presente, intentando dejarme llevar por imágenes imaginarias de otros tiempos de nuevo y lo consigo con bastante facilidad. Es un placer caminar sin vehículos de los que preocuparse. No me siento extraño por estas calles y plazas. Y ahora toca moverme por el resto de plazas. La Plaza de las Cinco Rúas me sirve para continuar por mi viaje a través del tiempo. Cinco calles llegan hasta allí y allí es justo donde vivía Ramón María del Valle-Inclán mientras estudiaba su bachiller. Es como si hubiera elegido exactamente el lugar, en busca de estar en el centro de algo que tal vez deseara encontrar. Verlo salir de su casa con su barba, sombrero y capa…Debo cobijarme; la llovizna se ha rendido a la lluvia y ésta consigue hacerme despertar. Y para ello están los soportales.

Es hora de un «refrigerio». Sentado en la terraza, protegido de la lluvia con parasol/paralluvia, observo el deambular de la gente, a veces rápido y otras más lentas y torpes. Me quedan plazas por visitar y en cuanto deja de llover doy cuenta del último trago del vino y continúo para recorrerlas todas. En algunas me entretengo más que en otras, como las de La Verdura (con anterioridad Plaza del Pescado) o la de La Leña (sus nombres dan pistas certeras del uso que se le dio). Acabado el tour busco nuevamente la Plaza de la Virgen Peregrina. Le eché un ojo a un restaurante sidrería a la espalda del Santuario. Desde mi posición disfruto del lugar, ya sin lluvia. Me llama la atención una fuente porque tengo la sensación de que ya la había visto antes. Mientras espero la comida investigo un poco a través de la Red. Efectivamente ya la había visto antes. Bueno, esa no, una igual.

Pontevedra tenía un problema para tener optimizadas sus fuentes de agua potable. Las conducciones de agua, al deteriorarse, sufrían aportes de agua salada por filtración. Para evitar ese problema se propuso instalar fuentes de hierro fundido y evitar las conducciones de agua hechas de piedra. Se pidió a una empresa francesa (Fundición Val D´Osne) la construcción de fuentes hechas del material ya mencionado. En concreto se compraron dos.

Con el mismo material y el mismo diseño se encargaron otras tres fuentes a una empresa radicada en Vigo llamada La Industriosa (antiguamente conocida como La Fundidora). El caso es que, si la suma no me engaña, se crearon cinco fuentes. Eso dicen las facturas que se aportaron. Yo he buscado, preguntado…sólo veo cuatro. La quinta no la he encontrado yo ni nadie, NUNCA. Misterios.

Dar agua potable, entre otros, a los peregrinos se vio como un tema de primera necesidad.

«Pontevedra é boa vila e dá de beber a quen pasa…«

Comido y empapado de comida y lluvia, la tarde me lleva a desintegrarme físicamente. Creo que ha merecido la pena pasear por estas calles. Me dejo algunas imágenes sin contar, pero ¿para que están los nuevos caminantes si no es para crear nuevas imágenes propias?

Hacia nuevos pasos.

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