DE CAMINO A SANTIAGO.

Octavo paso. De Oporto a Santiago.

Ocho días caminando. A veces pienso que tengo suerte, emulando a Joan Baptista Humet, caminando por esta tierra diversa y llena de historia e historias. Y como su canción, busco esa lucecita que apenas se ve y que cuando estoy a solas va diciéndome que no soy yo, que aun no soy yo…

Este camino te va dando y te va quitando. Si lo buscas puede que no lo encuentres y si lo encuentras puede que no sea lo que buscabas. El caso es andar, a veces hacia nuevos rincones y otras hacia los límites, tanto físicos como mentales. Sin exagerar eh.

Y al octavo día salgo de nuevo al camino y esta vez con vestigios de lluvia en el suelo. El cielo gris trae estas cosas. No me complico hoy mucho la jornada. El adelanto que llevo me ha sido suficiente para conseguir mi objetivo así que he pensado en disminuir la distancia a recorrer, ahora que no tiene sentido llegar antes y de paso, estar un par de días reconociendo alguna villa. Ya veremos. Lo que si es seguro es que hoy quiero llegar a Pontevedra. Ante esa certeza, reservo desde primera hora alojamiento en el Hotel Ruas. Su situación en el casco viejo y el precio me han convencido. La chica que me atendió por teléfono, al reservar, me ha preguntado sobre la hora de llegada y sólo he podido decirle mi hora de salida. Su comentario sobre la dureza del recorrido de hoy han conseguido que no haga cuentas para llegar. No tengo prisa alguna.

Esta noche ha sido de descanso sin «peros». El cansancio del día anterior (enorme) y la buena cena han conseguido que mi sueño y por tanto mi descanso fuera el deseado.

Desayuno en el hotel y con tranquilidad me dirijo en busca del camino que toca hoy. Recorriendo sus calles sin ahorrar metros, ya que no la vi ayer. Es bonita. Me gusta.

Lo que no me ha gustado tanto es el no probar las ostras de Arcade. Ayer mi cuerpo sólo quería cenar cerca de donde le tocaba dormir. Sus deseos son órdenes, sobre todo cuando de él depende que se cumpla mi plan del camino. Y pensando en ello vuelvo a la recurrente idea de conocer de otra manera este lugar. Para ver, no para caminar.

En apenas un par de kilómetros estoy atravesando el Puente Sampaio. El puente está sobre el río Verdugo. Justo a la izquierda veo un embarcadero pequeño, con algunas embarcaciones haciendo equilibrios con el terreno por culpa de la marea baja (algún día tendrá que subir, supongo). Es la zona de la Ensenada de Rande, que une el río con la ría. Todo un juego de palabras. Y claro, pienso e imagino. Pienso en la belleza de todo este lugar e imagino en base a las historias leídas. Parado al otro lado del puente romano «veo» la batalla contra los franceses en la Guerra de la Independencia. El principio del fin de esa guerra. Tanta belleza a ambos lados del río y tanto horror…¿Cómo se cuenta eso?

Ha sido comenzar a caminar tras el cruce del puente y ver construcciones típicas del lugar. Es como dirigir un documental (supongo). Voy eligiendo tomas para luego unirlas en una sola escena. La luz es perfecta y el camino se conjura para atrapar al caminante solitario. Árboles, hongos, agua y olores conforman un todo. Cada jornada del camino supone un avance en todos los sentidos. Por donde voy ahora es por donde imaginé ir mientras esperaba el día de la salida.

Dejar pasar un minuto por aquí es un delito castigado con pena mayor. Mi cabeza va girándose constantemente para no perderme nada de lo que luego pueda arrepentirme (parezco la niña del exorcista) al ver fotografías o comentarios de otros sobre el lugar. Dejar atrás lo caminado solo supone buscar nuevos caminos para hacer lo mismo con ellos; solo puedes dejar atrás aquello a lo que has llegado. Y voy llegando lejos y eso hace que lo dejado atrás cada vez sea mas grande.

Grande se debieron sentir aquellos que caminaron entre miles de vicisitudes y penurias, movidos por creencias, llevados muchas de las veces por historias narradas por otros. Pienso en los siglos de camino que hay bajo las pisadas que me llevan hacia el lugar a donde voy. Pisadas que ahora discurren por un zona empinada, de grandes bloques de piedras pulidas y que gracias a que no llueve las paso sin mayor dificultad. Esta zona debe poner en serios problemas a todo aquel que la transite entre lluvias ya que tiene pinta de que se formen torrenteras y eso juntado con lo resbaladizo del lugar… Cuando la chica del hotel me dijo que sería un poco duro el camino no mentía. Al menos tengo la compañía del sonido de pájaros, que no sé si se divierten cantando o se comunican con sus congéneres, y también, de vez en cuando, de algún silbido provocado por el ligero viento que se arremolina sobre mí, tras bajar de las copas de los árboles. Me es suficiente para seguir. Es una sensación familiar. Camino como si hubiera estado antes recorriendo esta tierra. Tal vez le esté encontrando sentido a todo esto. No sé como sería ese estado, si positivo o negativo, pero seguramente algo cambiará. Lo que si creo es que a veces se suele pensar que lo mejor de uno está dentro, guardado en algún recóndito lugar de tu ser. Por momentos creo que puede ser un gran error ese pensamiento. No tiene por qué haber escondites.

Entre pensamientos y embelesamientos llego, acompañado por una mañana clara y brillante, hasta un lugar del camino en donde se apostan un par de vendedores ambulantes. Es como un punto de avituallamiento estudiado. Se cobijan bajo la sombra de una sombrilla playera ofreciendo bebidas, recuerdos…La sombra de la sombrilla no la cobran. Creo que viene bien al que busca un largo camino. Algunas preguntas, algunas informaciones y el camino continua con nuevos conocimientos para ambas partes.

Como una señal de salida, empiezo a ver algún que otro caminante en el itinerario seguido. Apenas un «buen camino» sirve de saludo y ya cada uno a su ritmo se aleja del otro. Había oído que se hacían amistades. No puedo dar fe de ello.

Entre tanto, estoy ya a apenas 9 kilómetros de Pontevedra. Tengo ilusión por callejearla para conocerla. Pero antes debo sortear la pequeña dureza que supone este tramo. Intento definir el camino, por el que voy ahora, y su espíritu, íntimamente interrelacionados, pero no encuentro palabras. Tan sólo me dejo ir por estas estrecheces que delimitan campos llenos de verde y que, algunos, sirven de mesa y mantel a cuadrúpedos domados (caballos). Entre el Concejo de Vilaboa y el Concejo de Pontevedra ya no hay distancias. Tan solo una frontera imaginaria que no sé que supondrá para el paisaje. En ese límite me he topado con una pequeña capilla. Capela de Santa Marta. Es tan pequeña como se supone que debe ser una capilla. Tres imágenes distintas de la misma santa dominan la pared situada tras el altar de piedra en forma de cruz. Apenas media docena de bancos en hileras de tres y un recipiente con flores componen en esencia el lugar.

No es para explicar, pero el ánimo me cae al suelo. No es un tema de creencias, repito; es otra cosa. Es como querer ocuparse del mar estando en el desierto. Deseos y sentimientos se revuelven y caen desparramándose por las piedras planas que forman el piso.

A veces hay que caerse y que suene. Así que por muy cansado que parezca, caerse es para levantarse. No, no es que sea necesario, pero así también se obtienen resultados. Como nuevo, reinicio el camino en solitario que no en soledad.

En la vida se suele elegir. Yo elijo vida ante cualquier bifurcación. Y bifurcación encuentro en el camino. Uno me lleva por “el de siempre» y el otro por «el complementario». Elijo éste último. No tengo que decidirlo ni con ni por nadie. No era muy difícil la decisión. El de siempre parecía que iba por la carretera y yo ahora no quiero carretera. El complementario no es una senda, tampoco vía ancha. Es espacio que se abre camino, redundantemente, y que se deja acompañar por un pequeño rio (riachuelo lo veo despectivo en este caso) que fluye en silencio. El caso es que lleva corriente, pero ni por ello suena. Es ¿mágico? lo que veo. Vuelve lo razonable cuando el agua encuentra un obstáculo en forma de árbol caído y suena. Tan solo es como un «aquí estoy yo, mi fuerza es mi silencio». Y vuelve el silencio para acompañarme mientras se retuerce el camino. El sentimiento es indescriptible.

Al poco tiempo me cruzo con un par de pescadores. Lo suyo es preguntar qué pescan. Truchas. ¿Truchas? Tras un largo rato mirando el cauce no consigo ver ninguna. Pero si hay pescadores… ¿Qué harán con ellas? ¿A la buchaca? Al menos sé que el río está vivo. A unos cientos de metros, bajo una pasarela de madera, el río recibe aporte de otro. Lo que yo digo: » como la vida».

Hay espacio.

Río Tomeza. La protección de los árboles me aísla del mundo exterior y me deja a solas con su agua, que pareciera que nunca se acaba. Ma solitude. Ciertamente creo que me repito en algunos pensamientos. Será normal en estas circunstancias. Es como no pasar página. Unas veces por estupendas, otras por necesidad coyuntural.

Últimos pasos hacia Pontevedra.

Siguiendo el río o el camino, que es lo mismo en este caso, mis pasos me llevan hacia el Puente Da Condesa que se utiliza para sortear el río Do Gafos. Antes debo pasa por debajo de la línea férrea atravesando un pequeño túnel.

Y desde aquí a la estación de trenes de Pontevedra sólo hay un paso. Un pequeño paso para el hombre, un gran paso para mi estructura ósea y muscular. Desde este punto hasta el hotel todo es un paseo turístico. Tocará tomar posesión de la habitación, comer algo y luego pasear por las calles impregnadas de cultura e historia. Dejaré para el día siguiente una inmersión completa.

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