
Andar parece que es avanzar, pero sólo se avanza si consigues dejar atrás los motivos por los que empezaste a caminar.
LMC
Si llegas, pregúntate hacia donde irás.
He pasado el ecuador de mi viaje. Es lunes 21 de marzo de 2022.
El descanso en la noche no ha sido pleno. He tenido que soportar un calor que no se correspondía con la fecha en la que estamos. Pensé de madrugada que era un tema meteorológico y no he estado muy acertado. Al levantarme medio sudoroso me he percatado de que bajo la ventana de la habitación hay un calefactor de aceite. Al pasar mi mano sobre el he descubierto el motivo de la alta temperatura. Supongo que el cansancio disminuye mi habilidad mental.
Dicen las previsiones que tal vez me llueva por el camino. En realidad dice que me va a pisar los talones la lluvia. Así pues, protejo mi mochila con un impermeable diseñado para ello y dejo muy a mano otro para mí. Me he dado cuenta que cada día que pasa soy más previsor. Eso si que es novedoso. Hay otra cosa de la que también me he dado cuenta. Pensé que tantos kilómetros y tantas horas de camino me darían para pensar. Lo cierto es que no me da tiempo para nada. Bueno, estas reflexiones las dejaré para el final del viaje. Ahora toca desayunar. Ya no más desayunos tardíos.
Es una pequeña terraza en una acera también pequeña. Apenas cuatro mesas en el exterior. Está al inicio del parque del Bao. La mañana, un poco gris y con temperatura agradable, trae buenos presagios. La vista es maravillosa y la gente se ejercita, pasea, se traslada; todo muy relajante. El café, muy cortito, sabe a gloria y el pan con aceite a…pan con aceite. No tengo prisas por moverme a pesar de la amenaza de lluvia. La mochila descansa, a modo de acompañante, en silla de hierro, a mi vera. Veo barcas de madera muy pequeñas; distintas a las que conocía. Veo mar, veo la Ria de Vigo, veo distancias cercanas. Y ahí al lado, a apenas
400 mts metida en el mar, veo la Isla de Toralla. Está unida al continente por un puente de uso público, a pesar de que fue construido por la propiedad privada. Hace mucho y debido a la desamortización, pasó del Obispado de Tui a manos privadas. Una historia más de desamortización. Una torre enorme de viviendas gobierna la isla. Lástima.
Me quedaba aquí hasta…pero debo continuar. Todo es un paseo marítimo. Rúa de Canido. A mi izquierda, la Ría de Vigo, a mi derecha… ¿Vigo ya?



Casi tocando la playa, el camino me va llevando hasta la desembocadura del Río Lagares. Hasta ahora todo es un paseo. Es una sucesión de arenales hasta llegar al rio. Mirando a la ría constantemente, como si de un hipnotizador se tratara, te das cuenta de que la belleza no tiene límites. La Ensenada de Samil es una muestra de ello. La desembocadura está precedida por marismas de grandes dimensiones. La marca de las fluctuaciones de las mareas en el terreno muestran la influencia en la marisma. En ellas hay constancia de una gran salina (restos de muros) que, como no, tuvo propiedad eclesiástica y luego pasó a manos privadas. Me cuesta creer que la marisma sobreviva a la acción directa de la ciudad de Vigo. Es como si la urbe, inmensa, dudara entre arrasarla de golpe o esperar a que desaparezca por agotamiento. Y mientras tanto, las nubes presagiadas aparecen por el Sureste. Al inicio del viaje, lo que más me preocupaba era caminar bajo la lluvia. No estaría mal aprenderse algunos «pasos» para hacer de Gene Kelly (Eugene Curran Kelly. Esto último es una licencia que me tomo). Y al poco, como producto de alguna ley de esas que evidencia lo inexplicable, me doblo el tobillo. No habrá baile. Durante unos minutos le pido al Santo que no me detenga y quiero creer que me oye. Supongo que al ser tan pocos los peregrinos, en esta fecha y en este camino, quiere protegernos.
Y menos mal que me recupero sin secuelas, porque Vigo es extensísima. Parece como si quisiera acabar a las puertas de Santiago (exagero algo). El puerto es lineal, recorriendo la orilla derecha de la ría. Alberga en su extensión lonja, edificios oficiales (Casa del mar, ISM…), empresas privadas de transporte, astilleros, Catedral de Santa María de Vigo, Monasterio de la visitación… y así podría seguir hasta que perdiera el aliento. Y mi camino es por una acera que me protege, como puede, del intenso tráfico rodado. Puede que lleve casi una hora andando por Vigo y no veo el final. Lo que si veo a mi derecha es el casco antiguo plenamente influenciado (o viceversa) por el puerto de nunca acabar. Desde el muelle de trasatlánticos, hacia lo largo y al interior, tengo apenas un par de kilómetros para disfrutarlo, envuelto por la ría y la parte nueva de la ciudad. O Bebés, barrio pesquero, supuso el germen que creó el puerto pesquero casi más grande del mundo, así como la ciudad que hoy es Vigo, con su flota pesquera inmensa (tal vez el puerto con mayor importancia del mundo en desembarco de pescado fresco) y con empresas relacionadas con ese mundo (conserveras, por ejemplo).
No digo por fin, pero poco me queda para ello. Llega un momento que debo dejar el paseo junto a la ría. Entre calles y viviendas antiguas he comenzado a ascender hacia el interior del territorio. Mi próximo núcleo urbano importante es Redondela. Durante todo el ascenso sigo con la mirada permanente en la Ría. Veo en toda su extensión el puerto. También se deja ver nítidamente el puente sobre la autovía. Hacia el interior de la ría, las mejilloneras ocupan un espacio enorme, perfectamente alineadas.
Voy dejando todo ello a mi espalda. El ascenso deja de ser relativamente accesible para convertirse en una losa. La carga se vuelve pesada y las piernas se empiezan a cargar. Cuando ello sucede, me paro, giro mi vista hacia el mar y dejo pasar unos minutos. Es la mejor terapia. La ascensión entre pequeñas calles me lleva hasta una carretera que parece local y en donde el parque de bomberos hace de vigía. Unas cuantas fotos del lugar y vuelta a la dura subida. El precio de las vistas podría considerarse excesivo, aunque en mi opinión, no tiene precio estar aquí. No hace falta que describa más; sólo puedo nombrar lo que me deja con la boca abierta y los ojos como platos. Islas Cies a mi izquierda, bateas de mejillones a mi derecha, puerto enorme, ciudad… ¿El cuerpo? Ya descansará.
Y descansa cuando llevo más de 17 kilómetros desde que salí esta mañana. Descansa mientras sigo caminando por vías que ahora son llanas y que me llevan hacia algún lugar donde comer. He visto en el camino anuncios sobre una tapería. Pienso que debería probar el verdadero significado de esa palabra.
O Eido Vello. Así se llama la tapería. Tras el esfuerzo para ascender, un buen descanso es necesario. Las vistas que me deja el lugar siguen mejorando lo anterior. Cada vez es más difícil, pero así sucede. Es otro punto de vista de la ría, de las mejilloneras que se cobijan en ella, de las casas que parecieran deslizarse lentamente hacia el mar, de la carretera y ese puente tan llamativo…
Otra cosa es la comida del local. Me explica una chica muy amable que es temporada baja, muy baja. Viendo los precios no me parecen de temporada baja. De todas formas, el lugar merece la pena ser visitado. Muy pocas mesas en el interior y pocas también en el exterior. Su decoración está realizada con gusto. Terminado de comer, escribo y firmo en el libro de visitas. Y toca nuevamente reiniciar la marcha. Me dirijo a Redondela como paso intermedio a Arcade, mi destino final de jornada.
Nuevamente voy caminando acercándome al horario vespertino sin reservar alojamiento. Mi idea es llegar hasta la nombrada Arcade, pero siempre y cuando logre tener donde descansar, claro. Se me complica un poco la previsión a 8 kilómetros de Redondela. Un inesperado trastorno gástrico me obliga a parar donde no tenía planeado hacerlo. Y menos mal que apareció ese lugar. Ese contratiempo me ha hecho perder bastante tiempo. Bueno, en mi camino el tiempo debería ser relativo. Sin reservas no hay prisas ni obligaciones.
Superado el contratiempo (eso espero) llego a Redondela. Lo había visto en fotografías pero no podía imaginar el impacto que me ha provocado la visión del puente ferroviario que «sobrevuela» parte de la población. En realidad hay dos de esos puentes ferroviarios. Uno construido por una compañía catalana y el otro obra de una francesa. Sabía de las vicisitudes para cobrar que tuvieron los promotores de esas construcciones, pero tampoco he profundizado mucho en ello. También he oído algo del run run sobre el intervención de Eiffel. Sé que hay diferencias técnicas entre ambos viaductos y también sé que se construyeron para salvar las dificultades orográficas (valle). El retraso que creo llevar me hace no entretenerme mucho en el lugar. Tal vez una parada técnica para ilustrarme algo más no me vendría mal, pero…
La gran imagen que me llevo de y desde Redondela pudiera ser un collage. Un collage formando una sola fotografía pero compuesta de varias tomas. El viaducto, las viviendas que se refugian bajo su estructura, la ensenada perfecta de San Simón, separada por la desembocadura del río Alvedosa de la cercana y más norteña y alejada ensenada de Rande, ya camino del fin de la ría.
Tras dejar la villa de Redondela mis pasos van definitivamente hacia Arcade. Ahora sí, reservo en Hotel Isape. El precio es de dos estrellas y me parece buena opción. De todas formas, a estas horas tampoco tenía mucho donde elegir.
Sobrepaso los treinta kilómetros de caminata y empiezo a notar agotamiento pronunciado. Estando en este estado aparecen valoraciones buscando en algunos casos el sentido de las cosas y en otros las cosas que tienen sentido. Personalmente me llama la atención lo poco que he pensado en mí mismo. La poca filosofía la traduzco en experiencias algo más físicas. Y deseando llegar al hotel, ya dentro de Arcade, inicio una subida por carretera que lo único que logra es que vaya ascendiendo al mismo tiempo que me alejo del casco antiguo. Son más de 36 kilómetros los que llevo. El mapa me dirige hacia el interior y las dudas me pueden. ¿El hotel estaba en el pueblo? ¿Qué diablos he hecho para reservar tan alejado del camino? Un terreno cercado y con animales enormes se convierte en la frontera que no estoy dispuesto a cruzar. El ganadero se queda perplejo cuando le pregunto si voy bien para llegar al hotel. «Vas bien si vuelves sobre tus pasos unos tres kilómetros». Tengo que preguntar más y desengancharme un poco de los mapas.





























