Sexto paso.

Es domingo 20 de marzo de 2022.
Dejo el hotel muy temprano. Creo que cada vez tengo más necesidad de caminar. Se está convirtiendo en adicción. Estas primeras horas del día tal vez estén siendo de las que más provecho estoy sacando desde que salí de Oporto. Quiero dejar atrás las tortuosas jornadas en las que me acompañaba la calima y la soledad, en el camino, era la norma. Espero ver a mas peregrinos a partir de ahora aunque creo que realmente me da igual. Solamente lo pienso por la información que me dio Xabi durante la charla que mantuvimos en el «porche» del hotel. «A partir de ahora verás bastante más peregrinos»
Anoche me quedé dormido mientras reproducía la grabación de la charla. Hay alguna historia que, oída con tranquilidad, resulta altamente interesante. Como tengo tiempo de sobra y la curiosidad me mata varias veces al cabo del día, me propongo ilustrarme con algunos datos que me pasó, en cuanto pare para desayunar. Así pues, lo primero es llevar mi mente hacia donde me pide el cuerpo; el cuerpo me pide continuar, buscar nuevas imágenes para ser refrescadas en futuras noches eternas y días con pocas luces.
La única forma de continuar, al inicio de la jornada, es por el arcén de la carretera. Llevo tan solo unos cientos de metros y…¡sorpresa! El señor de León me precede. Debe ser un espejismo. Mi ritmo siempre ha sido mucho más vivo que el suyo. Tal vez sea un efecto secundario de la soledad.
No. Ni espejismo ni efectos secundarios de ningún trastorno de la mente. Ahí está, delante mía, con su andar pesado y pausado.
La carretera está bastante transitada por vehículos a motor y por ciclistas. La temperatura y el clima en general se están portando bien.
Tras un rato caminando con el peregrino leonés, me despido de su compañía. Me recuerda que nos veremos en el camino y ahora ya no estoy tan seguro de que no será así. Y mientras me voy alejando de él intento recrearme en el paisaje. Sigo entusiasmado con todo lo que me rodea porque, en verdad, es maravilloso. Un peregrinaje no tiene por que ser tortuoso. No necesariamente. Estoy yendo tan ligero que no tengo más remedio que empezar a hacer cuentas. Prefiero ir parando en lugares que me acerquen a otros, no que me alejen. Empecé el camino con un calendario y en apenas unos días ya se había quedado obsoleto. Como es fácil admirar y pensar al mismo tiempo, no paro de hacer cálculos. ¿Y dónde estará la cafetería que me dijo Xabi? tengo necesidad de alimentar a este cuerpo para que siga llevándome.
Un par de cafeterías me he encontrado en un espacio de apenas tres kilómetros. Ambas cerradas. Estoy pensando en parar y esperar a ver si abre, al menos la última que he visto. Pero claro, no sé si llegará a abrir. Y mientras pienso en ello, dejo la carretera y me acerco al litoral olvidando la duda. Ahora formo parte de la playa, prácticamente. Unos pocos frutos secos que guardaba «por si» cumplen con su función. Esto me servirá para aguantar algún tiempo. Veo un pequeño pueblo que se traga el camino. Poco a poco, el pueblo crece al acercarme a él. Espero encontrar algo abierto para poder desayunar.

As Mariñas es el pueblo y no tiene cafeterías abiertas a estas horas. No lo entiendo. Ya no puedo parar. No es una opción. Tal vez sea cabezonería por mi parte. Veo, no muy lejos, la figura de un faro. Debe ser el faro del cabo Silleiro. El paisaje pasa de bonito a maravilloso. El Atlántico aporta olas de gran tamaño y largas. La espuma es el rastro que dejan en el océano a su paso. Se ve un mar poderoso. Algún que otro acantilado se atreve a hacerle frente. Lucha de poderes con un claro vencedor final. El mar acabará con su resistencia, no hay duda. Apenas paro en el faro. No me queda más remedio que encontrar alimentos. He cometido un gran error «y no volverá a suceder». Le pido perdón a mi cuerpo. He hecho más de seis kilómetros y sigo sorteando el desaliento. Con lo bonita que está la mañana…

Llego, recorriendo plenamente la línea de costa, hasta Rocamar. Hay un restaurante donde observo movimiento. Se ve que no está abierto al público pero la necesidad me obliga a asaltarlo, o al menos a intentarlo. Supongo que mi cara les ha debido convencer, porque me han permitido tomarme un café y un poco de pan con aceite. Y mientras doy cuenta de ello, me percato de que tienen una cesta con centollas vivas. Tan vivas que una de ellas intenta huir de su destino. No me reprimo e inmortalizo la evasión con mi cámara. ¡Que bien sienta alimentarse!


No me meten prisa. Ellos están preparándose para la apertura del medio día y no parece que les incomode. Han tenido un gran detalle conmigo. Y ahora sí, ahora me viene a la cabeza la velada de ayer. Las historias de Xabi y sus gestos. Me contó, llevándome al otro lado de la carretera para mostrarme la gran piedra de color rojizo, como los pescadores, que solían venir desde La Guardia en botes, desembarcaban por las zonas habitadas para intercambiar pesca por comida y a veces alojamiento. Y esa piedra rojiza era la que les guiaba. Y claro, los días tormentosos no tardaron en llenar mis pensamientos. Vida dura; vida a fin de cuentas. Miro una vez más el mapa del camino y observo como la costa, desde La Guardia hasta Oia, es prácticamente rectilínea. ¿Motivo? Una falla. Es normal ir para adelante y hacia atrás mentalmente. Muchas horas de camino y de soledad verbal.
Y sigo rebobinando… Al llegar al Cabo Silleiro me topé con las Islas Polveiras, muy cercanas a la costa y, en la lejanía, veo unas islas que supuse eran las Cies (Islas de los dioses según Ptolomeo). Como el camino me llevaba en dirección a ellas no me he entretenido en observarlas detenidamente.
He salido del restaurante dando las gracias a todo el mundo. Incluso me he despedido del centollo errante. Voy en dirección a Bayona saboreando, ahora sin interferencias, todo lo maravilloso del lugar. Me faltan calificativos a pesar de tener que moverme por carretera. Podría haberme dejado llevar algo por el interior, pero la búsqueda de un lugar donde desayunar me penalizó. Ahora que he hecho todo este trayecto por el litoral tengo la sensación de que ha sido lo correcto. Me gusta lo que veo. Y ahora lo que veo, ya en Bayona, es el Parque de la Palma y el Castillo del Monte Real . Y como lo veo no tiene nada que ver a como lo vieron desde la Pinta gobernada por Martín Alonso Pinzón, cuando regresaban, adelantándose a La Niña y por lo tanto a Colón, del primer viaje de América. Así pues, por lógica aplastante, esta tierra fue la primera en conocer el descubrimiento.
Lo cierto es que, en parte, vengo a descubrir nuevas tierras. No he tenido disputas con ningún descubridor ni tripulación. Pienso, como no, que hubiera podido ser un Juan de Triana para poder gritar ¡tierra! o mejor aún: ¡Galicia! También me hubiera gustado pasar por aquí sólo un poco antes. La primera semana de marzo, por ejemplo. En esa fecha celebran la fiesta de la Arribada (viaje de regreso tras el descubrimiento de las américas). Galicia tiene tanto como tanto te da.
Dejo atrás la réplica de La pinta, atracada en el puerto de Bayona, y dirijo mis pasos hacia A Ramallosa por una bahía que se me antoja enorme. La visibilidad es kilométrica y ello me permite disfrutar del sentido visual. Muelle pesquero/deportivo, arenales extensos y de finura tal, que pareciera que sus granos se filtran hacia el interior de la tierra. Es difícil dejar por escrito lo que se observa, sobre todo en escaparates como este. Quisiera ser aire y mar, pero sobre todo, quisiera ser ave. Recorrer el mar que hay entre las Islas y el continente. No exagero; es un hermoso espectáculo.
Llego hasta lo que creo es la mitad de la extensa bahía y decido parar a comer. Es un restaurante como de los muchos que he visto en incontables poblaciones turísticas. Quisiera haber parado en algo más del lugar, más íntimo, pero…
Aproximadamente 16 km caminados y totalmente reconstituido. Hago cábalas, busco referencias en los mapas y calculo. Ha cambiado definitivamente mi hoja de ruta y lo cierto es que no supone un trastorno. Tan sólo buscar nuevos destinos… Y me acuerdo de Aute y su canción «De paso«
Decir espera es un crimen
Decir mañana es igual que matar
Ayer de nada nos sirve
Las cicatrices no ayudan a andar
Que el pensamiento no puede tomar asiento
Que el pensamiento es estar siempre de paso…
L. E. Aute
Y ya que estamos de paso…continuo como si solo importara llegar, aunque lo que veo suponga el no va más para los sentidos. Creí haber visto lo mejor y me equivoqué. Lo mejor siempre está por ver. He continuado por la enorme bahía y me he topado con un arenal que me ha resultado llamativo, por sus locales y por la apariencia de su playa. Debí comer aquí; ahora es fácil decirlo. El precio de la comida en los restaurante es, con mucha diferencia, bastante más asequible a todo tipo de bolsillos que donde he comido.
Debo abandonar temporalmente la línea de playa. Es apenas un paseo por entre algunas casas que no me impiden seguir disfrutando del mar. A lo lejos, sigo viendo esas islas dominantes…
Antes de darme cuenta, vuelvo al borde del mar. Una constante en este camino. Y el pequeño salto me hace caer de nuevo en un arenal que acoge una escuela de surf. Hoy es día de competición y eso hace que esté bullicioso el lugar, entre música al aire y constantes carteles de sponsors. He reducido la cadencia en el paso porque de seguir así, voy a llegar con demasiada antelación al destino, por fin decidido parar hoy.
No puede ser. Tal vez me esté topando con algo parecido a una experiencia extrasensorial o a un milagro o un mensaje del Santo. El leonés va caminando por delante. ¡Es imposible!. Algo se me escapa. Me rindo. Aprovecho que me topo nuevamente con otro arenal ( y van…) y bajo el macuto al suelo y me dejo caer. Hay mucha luz solar y una ligera brisa recorre la arena sin levantar apenas granos. Solo me encuentro con un peregrino en todo el camino; y lo veo por todos lados. Da igual mi velocidad. Siempre está ahí.
Nuevamente reinicio la ruta, esta vez por un paseo. Paseo de Areosa. Echo de menos información del camino. Apenas alguna pegatina en farolas de Camino Ninja. Esa aplicación me ha venido genial para ahorrar dolores de cabeza. Y siguiendo el camino marcado por la App llego hasta el arenal Porriño. La salida del mismo la hago por una escalera entre casas antiguas que podría ser parte de alguna acuarela. Me incorporo, al acabar la escalinata, a la carretera Nacional en dirección a Vigo. Y me acuerdo del error cometido al no haber comido cerca al pasar por estos lugares.

Ya estoy terminando la jornada del caminante. Ahora toca descansar en todos los aspectos. He decidido hacerlo en el Hotel Lucena (30 Euros) que está cerca de Coruxo, Vigo, desde donde las Islas Cies ( Martiño, Faro y Monteagudo) se dejan ver como enormes protectoras de la entrada a la Ría de Vigo. En la parte superior de un restaurante está el hotel, aunque la apariencia exterior es la de pensión. La habitación es perfecta. Toca cenar a unos cientos de metros, ya que el restaurante cierra a estas horas, en un paseo que hay junto al mar y volver al hotel en busca de nuevos sueños. Una jornada más, con 28 kilómetros
¿Dónde estará el leonés?




















