
Quinto paso.
Arranca el día con una gran parte de mi cuerpo dolorido debido a la incomodidad de la cama del bungalow del camping. Como diría con sorna, es un «apartamento» de un cuerpo. Lo bueno, el precio y la tranquilidad. He deambulado por los alrededores de la puerta del camping, buscando con quien saldar «deudas» y poder despedirme sin más. Un vigilante de seguridad me ha indicado como abandonar el alojamiento. Cargado con mi mochila menguante, salgo al Río Miño. No me ha hecho falta llegar hasta Caminha. Justo enfrente, casi, del camping está el embarcadero desde donde el Taxi Boat me lleva a la otra orilla; la española.









Son 5 Euros y me da derecho a ir acompañado por un señor de León. Es un peregrino que llega en coche, de la empresa del taxi boat, desde Caminha. Un señor de León al que debo ayudar a pisar suelo y lodo español. Antes de ello, a mitad de travesía (de apenas 5/6 minutos), el patrón del bote me marca, índice elevado, la fortaleza que gobierna a unos poquísimos cientos de metros de la costa, justo frente a la desembocadura. El Fuerte de la Ínsua. Un presidio, me dice el patrón; un lugar donde contactar con Dios, dirían los franciscanos gallegos que levantaron un monasterio donde antes había una ermita y una defensa esencial para los independentistas de la guerra de la restauración portuguesa. Entre rocas y arenal, pareciera que la lucha encontrada entre el empuje del rio y las mareas del mar no deja vencedor ni vencido.
Y a los pocos metros de pisar tierra, caminando con la lentitud que me trasmite mi acompañante, me entrego en el Piñeral Castrexo. ¿Qué dónde lo sitúo? En el Monte O Puntal, Camposancos. Pinos por doquier, luces que llegan desde poniente intentando dominar las sombras y que interactúan con la simbología. Tengo que dejar de hablar con el solitario leonés. Busco lugares desde donde poder observar la obra de arte que se apodera del pensamiento. No llego a encontrar sonidos fantasmales mientras imagino la vida tras esa demostración en perspectiva. La vida o la muerte. La esencia de los pobladores de los Castros (pequeños asentamientos circulares y protegidos, situados en lugares estratégicos) tiene aun, para ciertos estudiosos, discrepancias en torno a su origen. Son propios de estas zonas, pero a mí me gusta imaginar que Uderzo y Goscini también visitaron este lugar antes de llenar estanterías con Astérix y Obelix… El concepto del lugar es crear un solo elemento entre la naturaleza y el arte, la arquitectura y la escultura y los sentidos y las imágenes. Resumiendo, es una tendencia reconocida como Land Art.
Al llegar nuevamente hasta la altura del caminante leonés, este me comenta, sin pregunta previa por mi parte, que en la localidad de Oma hay algo parecido.

Entre el bosque y La Guardia hay aproximadamente 3 kilómetros de distancia. A pesar de ser una distancia corta, la lentitud del caminar sirve para que mi acompañante eventual articule algunas frases. Noto que está envuelto por algún tipo de burbuja. Sin preguntas concretas y tras silencios un poco inquietantes, comienza a hablar de su historia en el camino. Treinta caminos completados, en concreto. Es algo que me deja confuso. No logro entender esa cantidad de horas caminando por un montón de caminos diferentes en busca de un mismo final… Y prosigue, a modo de monólogo, con informaciones del lugar. El castro de Santa Tecla (Santa Tegra) al otro lado de las lomas que quedan a nuestra derecha en el sentido de la marcha y el motivo de su viaje en solitario redondean el relato.

La guardia se deja ver mucho antes de estar a su altura. El puerto pesquero y los mástiles de algunos de sus barcos hacen de videoclip de bienvenida promocional al caminante. Es a la entrada a la población cuando el acompañante improvisado me comenta que va a tomar un café. Buen camino, le digo; Nos vemos en el camino, me responde muy seguro de ese hecho. Evidentemente, mi ritmo, muy superior al suyo, no le dará esa opción– pienso-.
Dejo a mi izquierda la lonja y al otro lado de la carretera los restaurantes. Muchos. «El Trasmallo» es el primero de ellos. Eso da una idea del tipo de restaurantes del lugar.
En esta zona hubo una boom comercial en los años treinta con los viveros de mariscos. A pie de costa, entre rocas, se creaban piscinas para tal fin. Unos metros más adelante, un par de operarios recogen algas. Recuerdo la información sobre su uso en agricultura. Tal vez tenga el mismo fin. La estatua del pescador manipulando redes domina la rotonda que salva el cruce de caminos. Ahora me es muy fácil seguir la ruta sin necesidad de mirar mapas. Las indicaciones son excepcionales. Para salir del pueblo paso por la Plaza de guía. Una pequeña capilla me despide. Estoy pensando en sellar en el lugar el pasaporte pero la celebración de un acto religioso me echa para atrás. Prefiero guardar ese «respeto».





El camino de salida me lleva por una subida muy pronunciada. No son muchos metros, pero me está costando. Un mirador intenta detenerme, pero no lo consigue. Sólo un ritmo constante y tranquilo es capaz de llevarme sin notar prácticamente la falta de oxígeno. Todo hace prever que tendré que pisar asfalto tras un par de amagos. Veo la carretera, la oigo. Entre tanto, va aumentando la presencia de viviendas que me protegen del Sol. A las casas le suceden la vegetación y los muros-guía del camino. Sigo alejándome de la costa y sigo ascendiendo. Me atrevo a pensar en la belleza del lugar obviando algún pasaje complicado. De todo lo que imaginé antes de iniciar el camino, la soledad no entraba. Tal vez me traerá reflexiones…luego. Ahora no. No está resultando nada extraño. ¿Debería preocuparme? A veces ser uno mismo no tiene nada que ver con el entorno. Valorarte no es tan importante como pensamos. La rampa que separa el camino de la carretera es el resumen de toda una vida. Vengo del caminar tranquilo junto al mar, protegido de sus sublevadas olas y me adentro por senderos, unas veces suaves y otras escarpados, que me llevarán a carreteras transitadas, en busca de un destino. «Nuestras vidas son los ríos que van a dar al mar, que es el morir» (Jorge Manrique)
Caminar por el arcén de la carretera me ha llevado hasta una cafetería con apariencia de chiringuito, no muy alejada del mar. Cafetería Horizonte. Está estratégicamente situada. No hay nada más estratégico que un mirador. No sé por qué, pero pido un plato de garbanzos y una tortilla de patatas. Creo que es mi cuerpo el que lo pide, no mi mente. Prefiero dejar para después de la comida los pensamientos filosóficos que aun no han aparecido desde que salí de Oporto. Un ciclista, que comía en la mesa de al lado impide el nuevo intento de buscarme. Es un gallego, emigrante en Alemania siendo joven y que ahora disfruta de su tierra. Me da conversación sobre el camino, los teutones y el ejercicio físico. Hace trampas. Su bicicleta es eléctrica. Terminada la comida y comenzada la despedida, descubro la presencia de una joven, bastón natural en mano, que carga la mochila casi al mismo tiempo que yo. Físicamente me recuerda a mi hija Olga. Sin querer, acompasamos el paso. Sin querer también, hablamos fluidamente. Me está haciendo pensar mucho en mis hijas y eso comienza a provocar algo en mi estado de ánimo. Tiene un acento raro. No es de aquí ni de allá. Vive en Berlín y es traductora. Ha vivido en Sudamérica, España e intenta acabar éste, su segundo camino de Santiago, a pesar de no haber tenido un buen comienzo. Una lesión le ha dejado un par de días parada. De ahí el uso de esa rama en forma de bastón. Pregunta por mi procedencia y empieza a demostrar confianza. Es tan joven…
En un determinado momento, me detengo en el camino mientras ella sigue progresando sin inmutarse. Es un ser peculiar también. Se está empezando a llenar la bolsa de viaje de gente peculiar. Por supuesto, a la bolsa le queda espacio. En mi pequeña parada para consultar datos se detiene ante mí un vehículo. Una señora de avanzada edad lo conduce. Me pregunta desde donde vengo, cuantos días llevo caminando y antes de que pueda expresarme, me cuenta esa historia que seguramente habrá contado muchas veces. «A punto de llegar a la entrada de la catedral, en Santiago, me caí y no podía levantarme. Encima me caí mirando para el lado contrario. El Santo no me ayudó a darme la vuelta siquiera»
Me desea mejor suerte que a ella. Denoto cierto desencuentro con el Santo. Me indica donde vive y me dice que en invierno se pasa muy mal. Miro el reloj y le hago el gesto de querer proseguir. Vaya desahogo ha tenido.
Sin querer casi, vuelvo a ponerme a la altura de la joven chica. Durante un buen tramo seguimos charlando acomodándome a su ritmo cansino. Tiene bastantes experiencias a pesar de ser tan joven.

El caminar pausado nos lleva hasta el Monasterio de Santa María de Oia. Justo a la entrada, me despido de la chica. Prefiero continuar mi camino, disfrutando, mientras lo hago, de las vistas que se me presentan. El Monasterio de Santa María de Oia parece querer dar luz al caminante. Abadía en sus inicios, pasó a formar parte de la congregación Cisterciense y acabó en manos de particulares tras la desamortización. Una larga historia para tan poco paseo por una especie de malecón que me lleva hasta el exterior del pueblo.
Pasado la localidad, comienzo a ver algún caballo suelto, entre terrenos privados y otros que parecen no serlo. El camino se convierte en carretera y aparecen algunos tramos con arcén reducido en exceso y abundante circulación. Mi batería del teléfono continua perdiendo carga por algún lado. O eso o está para una despedida. Necesito encontrar acomodo para pasar la noche y sin el auxilio de mi teléfono no será fácil hacerlo. La carretera marca destino Mugaz y lo mejor es continuar hasta encontrarme con algo. Ese algo es una cafetería y una casualidad, nuevamente. Mi parada es para cargar el móvil y para ello me veo en la obligación de consumir. A espaldas, el bar tiene una terraza en primera línea de mar. Lo normal es preguntar por si hay algún lugar para pasar la noche. El camarero me dice que hable con un señor que está en una mesa, con varios amigos, en la fachada que da a la carretera. Es el propietario jubilado de un hotel que se encuentra a unos cuatro kilómetros siguiendo la carretera. Hace una llamada de teléfono y me confirma la reserva. Son cosas que pasan de vez en cuando. Hotel O Peñasco en Pedra Rubia.
Han sido 25 kilómetros de camino variado. 20 € la noche. Un día así no debería acabar sin más. Ese sin más tiene nombre: Xabi. Xabi, sus creaciones y sus historias.
Es un personaje enriquecedor. Tiene su taller artesanal pegado al hotel. Conoce a tanta gente que debería tener un monumento. Se maneja en redes sociales y ahuyenta malos espíritus con sus obras. Me tomo una cerveza con él mientras me relata anécdotas y me ilustra sobre cosas del camino. Defiende el terruño e intercala comentarios sobre la puesta del Sol con alguna historia personal. El hotel tiene bar-restaurante con terraza en parte de la planta baja. Su horario es curioso, al menos en esta época del año. Cierra con luz del día aun, aunque me permiten el uso de las mesas en la terraza mientras doy cuenta del bocadillo que les pedí justo antes de cerrar la cocina. Como Xabi está al lado de la terraza, se une a mi y de manera natural comienza a fluir la conversación entre nosotros. Me explica, entre muchísimas cosas, el valor que tenía para los antiguos marineros la roca que da nombre a la parroquia (Pedra Rubia). Debido a su color rojizo, hacía las veces de faro-guía para ellos. Termina la jornada y me despido de él. Me deja un montón de información y me acerca a nuevos conocimientos. Es una sensación extraña cuando te despides de alguien con la certeza de no volverlo a ver nunca más.










Por cierto, me deja grabar la larga charla. Será posiblemente uno de los regalos del camino.









