
Segundo paso.
La mañana ha llegado sin luz.

El color rojizo ha empobrecido el aire respirable. Ese ha sido mi primer pensamiento al salir rumbo al nuevo día de camino.
Revisando las notas y la grabadora (un descubrimiento el de poder ir andando y comentando todo lo que deseas para que no sea olvidado, aunque a veces alguien te mire con cara de dudosa interpretación) he descubierto que lo escrito ese día en mi Moschino (genuino) merece ser transcrito tal cual. A veces, tienes días acertados y la mente anda despierta para recordar.
Así pues, lo dicho. Transcribo:

16/03/2022. La mañana ha llegado sin luz. El color rojizo ha conseguido descomponer la luz solar y empobrecer los primeros rayos solares. La noche, y en concreto el descanso pleno, ayudaron (y de qué manera) a encarar los primeros km con bastante rapidez. Las pasarelas parecen interminables en estos tramos. Son tantos los kilómetros a solas, con los arenales, el mar embravecido y el viento racheado en contra que por momentos me pregunto qué hago aquí. Lo cierto es que estaba preparado, mentalmente, para responder a esa pregunta. Estaba allí porque imaginé que estaría. Imaginé que estaría y que me pasaría eso y muchas cosas más. Así que estar allí suponía un sueño y un reto. Voy a cumplirlo y a pasar de nivel. No me iba a detener…

Transito por el llamado «Sendero Litoral» del Camino Portugués por la Costa. No se miente al denominarlo así. Tampoco tiene mucho mérito. La mayor parte del recorrido se hace sobre pasarelas, elevadas en muchas ocasiones, para sortear la arena fina que no encuentra obstáculo que la detenga en su avance hacia el interior. Su intención es la de colonizar sin descanso nuevos territorios. Por cierto, todo muy bien cuidado y protegido hasta este momento.
El trayecto de Louça-Mindelo a Vila Do Conde me ha resultado terrible. Las rachas de viento frontal, y el constante paseo a las dunas, me han impedido mantener un ritmo consistente. Eso ha supuesto ir minando mi fortaleza física.
He entrado a Vila Do Conde a través de un puente que hace posible sortear el Rio Ave muy cerca de su desembocadura. Una vez pasado el puente ha resultado totalmente imposible no callejear hasta el mismísimo Póvoa de Varzim. ¡Calles! Casi un alivio momentáneo ya que el deseo de volver a las pasarelas se ha vuelto enfermizo. Ya sé, totalmente contradictorio.

Y en esas pasarelas ha llegado el hombre del mazo y me ha tambaleado. Un cansancio impensable se ha apropiado de mis miembros inferiores. Han aparecido dolores desconocidos hasta ahora y una tos impertinente y constante. La calima ha supuesto una merma importante en la calidad del aire que respiro y mis pulmones no filtran correctamente, como es lógico, esa contaminación. Todo ello, conjuntamente, ha propiciado la aparición de un agotamiento físico intenso. He tenido la suerte de estar cerca de Aguçadoura porque ciertamente necesitaba un descanso. Comer algo (un pan con mantequilla y un café con leche) y descansar protegido del aire irrespirable me ha dado el punto de vida adicional que necesitaba. Y tan solo llevaba 18 kilómetros. Relajarme y volver al lado positivo no ha sido verdaderamente complicado. Es más, me ha resultado muy sencillo. Es increíble la capacidad de la mente. Hay un objetivo, hay un destino y todo ello tiene un camino.
En la pequeña terraza del bar he contemplado por un momento el bullicio de unos escolares jugando en su patio de colegio. Pequeños, muy pequeños. He mirado mi mochila apoyada en la silla y pensado en todo lo que me ha traído hasta aquí. Y he estado tan abstraído que no me he percatado de la presencia de una pareja de peregrinos que estaba sentada en una mesa apartada. Lo que ha hecho que me diera cuenta de su presencia ha sido el estruendo que ha provocado el terrible golpe en la cabeza que ha sufrido la parte masculina de la pareja. Se ha estrellado con la puerta de cristal que separa la terraza del interior del local y ha quedado como un mosquito, pegado a la luminaria de los autos. He deducido que era alemán. Me ha mirado, ha mirado a su pareja y me ha vuelto a mirar con cara de circunstancias. Se ha reído en alemán y yo no he podido resistirme a hacerlo. En español, por supuesto. Le ha quedado una marca extensa en la frente. No sé como no ha podido romper la puerta. Y mira que lo ha intentado de veras eh… Ni yo ni la señora que atiende la barra.
Lo cierto es que esos minutos de descanso me han sentado estupendamente. He sellado la credencial como si de un requisito imprescindible se tratara y he vuelto a cargar con la mochila. ¿Cuánta carga se necesita para abandonar un proyecto? No debería haber proyecto imposible de conseguir. Sólo hay que ajustar los tiempos y mantener la intención. Los siete u ocho kilómetros posteriores al repostaje han sido increíblemente llevaderos. La sonrisa intermitente, sin ánimo de regodearme del chocante peregrino, me ha acompañado durante algún tiempo. Y de estar totalmente repuesto del primer bajón, he pasado a un nuevo estado de cansancio. Han sido apenas un par de kilómetros. Antes de darme cuenta casi, ya estaba en Apúlia. Ese es el destino de hoy. Son las 12.30. Ciertamente he llegado a una hora muy temprana. Tan temprana que el albergue estaba aun cerrado para poder hacer el check. He hablado por teléfono con la persona responsable y me ha comentado que hasta las 14:00 no hay nada que hacer. Su sabio consejo se ha resumido en la ingesta de un par de cervezas en el bar de al lado. Consejo que no he podido obviar. Dos cervezas me sugirió y dos llegaron hasta lo más profundo de mi ser.
Como un reloj ha llegado. Un tipo agradable, con un perfecto español y con pinta de llevar muchas millas a su espalda.
La habitación es correcta. A esta hora del día no hay aun nadie en el albergue. No sabe si vendrá alguien. No tiene reservas aunque eso no presupone nada en los albergues en estas fechas. Le he preguntado donde podía comer algo y me ha sugerido que vaya a un super cercano. Dicho y hecho. Una tortilla de patatas, fría de nevera, ha saciado mi hambre. La siesta pertinente ha sanado algunos dolores, no todos. He estirado el alma y los músculos y las horas han corrido hasta llegar a la tarde/noche. Del mismo super he conseguido la cena. Un bocadillo de jamón. Sólo eso. Y agua; mucha agua. Mañana no tengo plan. El estado físico me dirá hasta donde puedo llegar. Es un camino con flores y espinas y mi piel apenas empieza a endurecerse.
JCLN
Me olvidaba. Albergue Santiago Da costa.
Y al final del día no cesa el infierno. Al menos no llueve…




