DE CAMINO A SANTIAGO.

No todos los caminos conducen a Roma. Muchos llevan a Santiago.

Llevaba un tiempo, prudencial, intentando convertirme un en peregrino a Santiago. Los «designios» no permitieron que se convirtiera en realidad este viejo proyecto hasta ahora. A veces creí que solo se trataba de una simple ilusión, pasajera y efímera. Para evitar eso precisamente, puse fecha. Me recreé en ella ante amigos, conocidos y expertos caminantes. Todo se fue al garete cuando surgió, como apocalipsis, la terrible pandemia del siglo XXI que abortó cualquier actividad que no se ciñera a las paredes de mi hogar. Como todo tiene su tiempo, he conseguido, en el paréntesis que me han dado los acontecimientos, retomar el proyecto del Camino de Santiago como peregrino. Y el proyecto lo he convertido en realidad y estas letras serán el resultado de ello. Antes de adentrarme en las sendas, me gustaría dejar unas cuantas deducciones concebidas tras un sinfín de situaciones y pensamientos. Como casi todos-as, me acogí a la opción de investigar sobre consejos de otros caminantes. Cada día de investigación suponía añadir a la mochila alguna cosa nueva. No sé cuantos utensilios, vestimenta, productos y demás debía llevar. Cuando pones todo sobre una cama y comparas el volumen de la mochila y lo que se supone que es imprescindible llevar, te das cuenta que es una misión imposible. Entonces llega el arrebato de lucidez y determinación. Desechar no es fácil porque irremediablemente siempre surge la temida media frase de «y si…».

Así qué, ni «y si…» ni nada. Personalidad y a quitar cosas. Siempre se podrá encontrar algo por el camino, si es necesario (supuse durante las interminables horas de preparación).

Lo cierto es que a pesar de reducir al mínimo la valija, aun me han sobrado algunas cosas. He de reconocer que también ha influido la bonanza del tiempo, que me ha acompañado durante todo el periplo, a este exceso de equipaje. Así pues, una vez aligerado el peso y confirmada mi presencia en las sendas que deberían no volverse a pisar, según el poeta, inicié un viaje con tintes de iniciático y con sensaciones personales dispares.

Varios son los caminos que me podían llevar al bosque de Libredón (Hoy en día conocido como Santiago de Compostela) y, con un poco de suerte, observar la lluvia de estrellas que despertaron la atención de Pelayo. Por tanto, como si de Alfonso II se tratara, he ido hacia allí, en busca de luces que nunca se sabrá si fueron vistas por mí. Porque, si algo me ha enseñado el camino es que nada se puede acabar cuando aun te quedan fuerzas para continuar y entonces, ¿para qué contar lo que has visto si aun te queda lo mejor por ver y contar?

Lo dicho pues; varios son los caminos que te pueden llevar a Santiago, a ver luces, a ver a otros o a verte a ti, si es menester. Elegí Oporto y la Senda Litoral porque me pareció asequible físicamente. También influyó la atracción poderosa que ejerce sobre mi estado de ánimo la ciudad ( al igual que lo hace Lisboa, cada una a su manera), y la curiosidad por bordear, a pie, la línea costera Atlántica.

El caso es que, a veces, para iniciar un viaje debes realizar otros viajecillos complementarios que te lleven al inicio del mismo. Este ha sido mi caso. Un par de días de pre-viaje me han llevado a colocarme en la rampa de salida. Es curioso, pero tal vez en esos dos días previos ha sido donde más he puesto mi cabeza a pensar. Se supone que si viajas solo debes tener mucho tiempo para hablar contigo mismo. No ha sido mi caso, curiosamente y contra todo pronóstico, ajeno y propio. Tal vez la idea preconcebida de que un viaje en plan single debe suponer un encuentro con tu yo desconocido no sea del todo exacta. De hecho, en esos dos días iniciales solamente tuve esos encuentros conmigo mismo (por llamarlo de alguna manera) de forma ridícula. Como por ejemplo preguntarme por que es tan difícil encontrar a gente con el mismo calzado o retrotraerme a mi juventud buscando escenas de esa vida reflejadas en la de los personajes que veía pasar a través del cristal del bus. Lo dicho, no me ha traído nada que no conociera sobre mí este viaje. Pero si me ha aportado otras muchas cosas durante el mismo y muchísimas más, curiosamente, después. Soltadas estas parrafadas, voy a iniciar mi senda (porque aunque un camino lo recorran miles de personas, nadie lo verá como tú y por tanto es mía).

PRIMER PASO . Oporto-Vila Cha

Un mapa, un camino.

Salí de Oporto (Porto) al camino el 15 de marzo de 2022, sobre las 07:35, directamente desde mi alojamiento, que estaba muy cerca de la catedral. Por cierto, el día previo al inicio del camino, visité la catedral y la oficina de turismo que está casi aneja a ella. Allí pude poner mis primeros «sellos» del camino. O sea, un inicio bien temprano. Quería caminar a un ritmo llevadero, de esos que te dan tiempo a ver por donde vas y por donde no y con auto obligación de recordar cada paso dado.

El recorrido de salida al mar es tranquilo. Te dejas llevar por la corriente del rio Duero (Douro) que pareciera que te acompaña en todo momento. Oporto, la ciudad de los puentes y del trabajo (Según dicen los portugueses, comparándola con Lisboa), se está convirtiendo en una urbe moderna, sin perder su riqueza histórica.

Poco a poco voy acercándome a la desembocadura y me fijo en las proas alargadas de las pequeñas embarcaciones de pesca que están fondeadas. El encuentro del mar con el rio, añadiendo la arena que se acumula en el fondo de la desembocadura, provocan oleaje. Las olas se rompen en millones de trozos de agua y espuma al chocar contra el espigón final que confluye prácticamente con el Océano. De ahí esa forma de las proas en las pequeñas barcas de pesca.

Desembocadura del Rio Duero.

El día era intenso de aire que convirtió en oleaje la tranquilidad del rio, como no podía ser de otra manera, al llegar a la altura del mar. Algunas miradas, hacia el camino recorrido, sirvieron de despedida de la gran ciudad, al mismo tiempo que la mirada al frente suponía un enfrentamiento a lo desconocido por conocer. Total, sólo me quedaban unos 20 km para llegar al destino propuesto. Al inicio te asaltan dudas. Cualquier problema, físico o personal, te puede llevar a interrumpir precipitadamente el camino. Particularmente, una vez finalizado el periplo, me alegro de haber tenido cuidado con mis pies. Los he tratado de lujo. Buen calzado, probado y trabajado durante bastante tiempo antes de, productos para el mantenimiento de los pies (los dos), buenos calcetines…

Lo cierto es que el mar me puede y es por ello que las primeras horas del recorrido supusieron una constante recopilación de momentos plácidos. Debía compartir el disfrute visual con la atención al ritmo. Tal vez haya sido una obsesión durante gran parte de este enorme paseo que me he dado. El caso es que entre la observación del mar, rocas y arenales y los pensamientos iniciales repartidos entre familia y amistades, el tiempo y los pasos me llevaron a la primera parada. Matosinhos.

En el extenso y aparentemente inacabable paseo marítimo me topé con una oficina de información turística. Prácticamente fue mi primer contacto con el espíritu del camino. El trato excelente por parte de una trabajadora del mismo, con preguntas que denotaban avidez por conocer cosas del lugar de procedencia del caminante (o sea, yo en este caso) y con aportación de informaciones interesantes sobre los siguientes kilómetros a recorrer, supuso el inicio de la lista de buen trato recibido (de los poquísimos contactos que he tenido) de los habitantes de la tierra transitada.

Tras pasar delante del mercado de abastos crucé el Río Leça sobre el puente de rigor y giré nuevamente, ya al otro lado, para acercarme al litoral. Aparecieron las anunciadas pasarelas de madera. Me dijo la chica de la oficina de información que serían tramos largos de ellas…

Como era de prever, la carga de la mochila hizo que dieran la cara las primeras molestias, solventadas con la colocación de alguna prenda en hombros a modo de amortiguación. He aprendido que tomar medidas ante la aparición de cualquier signo de molestia, por muy leve que sea, evita que se convierta en un impedimento futuro.

A buen ritmo, sin paradas reseñadas y con los ojos bien abiertos, los pasos se iban acumulando. El terreno por el que transitaba era totalmente costero. Oleaje, arenales, rocas y cielo grisáceo no era mala compañía para los inicios. A pesar de toda esta belleza, las horas no pasaban en balde. No hay que descuidar nada, pero sobre todo lo que dije anteriormente y la alimentación e hidratación. Esencial. Total, que andaba por la veintena de kilómetros y la sed apretaba. En éste primer tramo no quise cargar con agua para no acumular peso a transportar. Craso error.

Entre la calima y el mar.

El caso es que me topé con un «chiringuito» de playa. Playa de Aguçadura, en concreto. Por cierto, playa con olas surferas, como casi la totalidad de ellas hasta aquí. Pensé que para qué esperar. Lo tenía ahí, era la hora propia y nada me impedía parar para tomar algo. A pie de mar y con una cerveza fría, el cielo cubierto por el polvo en suspensión, la temperatura perfecta y los primeros pensamientos, en pleno proceso de reposición de fuerzas, fluyen con naturalidad insultante.

Hay tiempo para ver mientras piensas. Y piensas en lo que has visto, lo que vas dejando atrás y en lo que vendrá. Y es entonces cuando decido que es mi primer camino y que todo debe tener su tiempo. Y también decidí caminar más de lo previsto. La necesidad de avanzar más de lo planeado empezaba a ocupar gran parte de mi tiempo pensante. Y tras dejar la jarra de cerveza vacía y el picoteo en el estómago, mis pasos continuaron en dirección Norte, obstaculizado por el viento en contra y constante, pertinaz y a veces molesto. Había pensado, a vista de mapa, parar en Labruge. Hay guías que te ayudan a planificar tu camino con etapas predeterminadas con sus lugares donde pernoctar y comer. Intentaba evitar esa guía constante a toda costa, pero sin menospreciar esas informaciones, claro. Y en esa rebeldía estaba cuando me marqué el destino. Había llegado la hora de decidir donde parar y para ello debía contactar con alojamientos. Era el inicio del viaje y no sabía la disponibilidad de los mismos. No había nadie haciendo el camino y pudiera ser que los establecimientos estuvieran cerrados hasta mejor ocasión. El mapa y el dedo índice hicieron que la parada se hiciera realidad en Vila Chao.

Apenas unos kilómetros pasaron tras la comida, cuando llegué a la altura de S. Paio. Unos carteles informativos daban luz a lo que te llama la atención. Una especie de construcciones rocosas, entre la arena de playa y el mar, protegidas y con supuesto uso de gente de otras épocas.

Total, 29 kilómetros de nada acarreó el vértigo inicial de andar sin desmayo. Se suponía que iban a ser unos 20. Hasta que llegué a «Pensión Café Sandra» tuve la suerte de atravesar algún que otro pequeño asentamiento pesquero. A modo de autocrítica pensé que podía haber comido en alguno de ellos…

Sandrá me comentó que su padre estaba de vacaciones y por ello el local que tienen para comer y alguna que otra compra estaba cerrado, pero me indicó donde podía comprar algo en el pueblo. Vila Cha es bastante pequeño. Los paseantes son personajes agradables y sonríen al viajero mientras le desean un buen camino. Ese deseo será una constante en toda Portugal de manera general. Una pequeñísima compra para hacer la cena fue suficiente para cubrir las necesidades. La habitación era totalmente acogedora y además tenía una terraza bastante amplia con una mesa y unas sillas que servirían de salón comedor para la cena. La noche iba cayendo y el cambio de hora me afectaba más de lo que imaginé en un inicio. Hubiera sido genial el fin de la jornada si no fuera por la calima que lo llenaba todo. Puso colores grises en el cielo y ocre en todo el entorno visual. Y los mosquitos. Los mosquitos también iban de color ocre. ¡Qué poco me duró el momento cena en la terraza!

PD Que nadie imagine caminar al borde del mar, por la senda litoral, sin pisar una pasarela sobre el arenal.

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