Segundo viaje por tierras francesas. Anteriormente fue a la zona de Normandía, incluyendo gran parte de sus ¨azañas bélicas». Había visitado capitales, Londres, Dublín, Edimburgo…, dejando a un lado el entorno. De este modo, yendo a regiones, amplías un poco la perspectiva. Es cierto que hay ciudades que merecen la pena dedicarles todo el tiempo disponible pero no menos cierto es que los aledaños son como los condimentos.
Como siempre, comenzamos la andadura cruzando el Estrecho de Gibraltar, ya sea por aire o por mar. Esta vez convenía cruzarlo por mar para posteriormente enlazar con el vuelo desde Sevilla con destino a Nantes. En la ida, Nantes sólo supuso un paso efímero. Dejaríamos para la vuelta la visita de la ciudad. Lo ideal para moverse de manera autónoma es alquilar un coche y eso es lo que hicimos. En el mismo aeropuerto de Nantes (muy pequeño y con un poco de desbarajuste) hay bastantes ofertas para el alquiler. Apenas sales de la terminal y ahí los tienes. Una vez revisado el coche (siempre, siempre, hay que revisarlos) tomamos camino de Rennes para pernoctar.
En Rennes, toma de posesión del apartamento (contratado a través de mygitesbreizh.com–en éste caso para la Bretaña francesa-) y posteriormente cena en Crêperie Colibrí, reservada con anterioridad durante la jornada (previsores). Llegamos casi a última hora. De hecho, ya había locales cerrando (el horario de cierre es anti costumbre española). Por suerte, el nuestro estaba totalmente operativo. Probamos, entre otras cosas, la galette, que es una variante del crêpes. Normalmente se rellenan de ingredientes salados aunque también los hay dulces. Eso sí, la sidra que no falte para acompañarlos. Tras la cena, y la ingesta de algún vaso dilatador en la misma crepería, salimos en busca de un lugar donde tomar algo.También para bajar la cena, por supuesto. Algo más profesional. Así pues, decidimos tomarnos la copa en la prisión.

Así escrito, suena a demasiado. Lo cierto es que es un local, como no puede ser de otra forma, que está situado en la zona de Saint Michel (Calle de la sed). Hay muchas Rue de la soif en Francia. Dicen, los que se manejan bien en este tipo de calles, que es la mejor del país. Esta zona es muy visitada por la población universitaria. El caso es que sí, es una antigua prisión cuya construcción se remonta a 1455. La noche era tranquila, así que apenas había personal. Casi había más dependientes que usuarios. Como curiosidad, decir que pudimos compartir, tv mediante, un partido del mundial de futbol femenino con un grupo de forofas francesas. Cada uno en su espacio, que conste.
SEGUNDO DÍA.-

Por la mañana visita del mercado, la iglesia y desayuno. Para el desayuno compramos lo sólido en lugar distinto a la cafetería. No es extraño hacerlo en Francia. Yo diría que casi norma. Tras la recarga de energía iniciamos lo que sería un día intenso de ida y vuelta.
En nuestra ruta aparece Dinan. En un principio la idea era desayunar allí, pero una vez reconsiderado decidimos hacerlo en el mismo Rennes, para llegar con tiempo suficiente a Saint-Malo. El recorrido, a pie, por Saint-Malo es llevadero. El contacto con el mar te deja esos olores característicos que tanto agradece el sentido del olfato. Con día gris iniciamos la caminata por la ciudad, mayormente por las murallas defensivas. La ciudad corsaria ha sido restaurada dándole un enfoque más turístico, aunque a decir verdad, ya tomó esa misma dirección a mediados del siglo XIX. De hecho, podrás observar una piscina, que puede parecer incluso natural, construida para que la marea alta la llene de agua y sirva de lugar de baño a tanta visita foránea. No es una ciudad grande, al contrario. Su población en época no estival no llega ni por asomo a los 75.000 habitantes.
Durante la segunda guerra mundial el puerto y la zona interior fue casi totalmente destruida. Después del desembarco de Normandía, los alemanes se hicieron fuertes en la ciudad y ésta fue brutalmente atacada por los aliados. Lo dicho, le hacía falta una restauración.
Se pasaba la hora de la comida (nuestra hora biológica) y que mejor lugar para alimentarnos que Cancale. Ostras.
Todo en lo que se pensaba, era ostras. Montones de ostras, ya comidas, se amontonaban en una zona aneja allá donde se montan puestos para la degustación. La llovizna, y las ganas de sentarse, nos empujó a dar cuenta de ellas en uno de los restaurantes que se encuentran en la zona del paseo, junto al pequeño puerto.Una vez degustadas y recompuestos nuestras miras se situaban en Mont St Michel.
La tarde aceleraba nuestro horario irremisiblemente. Llegamos lo más lejos posible que se puede llegar con vehículo propio; al parking. De ahí al Mont hay un paseo. Un paseo agradable. Sólo los buses que te acercan o te traen de regreso, si quieres, alteran la tranquilidad. Llama la atención que alguno de estos buses son simétricos. Llegados al destino, el conductor se apea, camina sin prisas hasta la parte trasera (que es enteramente igual que la delantera) e inicia el trayecto de vuelta sin tener que hacer girar el vehículo. El caso es que la suerte estuvo con nosotros. Marea baja, poca gente, hora genial… La visita nos proporcionó vistas increíbles y callejeo sin aglomeración.Terminada la visita volvemos al parking, esta vez en bus, y de vuelta a Rennes compramos algo para cenar en el apartamento. Eso sí, antes de la cena decidimos darnos una vuelta por la ciudad y ver lo que no pudimos visualizar el día anterior. Tenía ganas de visitar la Rue Bastard y eso hicimos. Nuevamente la hora lo trastocó. Todo cerrado.
TERCER DÍA.-
Sigue el tiempo típico de la zona. Si lo imaginas, aciertas. Tenemos que llegar al final del día a Quimper.
Malestroit supuso la primera parada de la jornada. Es entrar al pueblo y encontrarte con el rio Oust (río con pista para la práctica de kayak en aguas bravas). Desde ahí mismo se puede navegar por el canal que lleva de Nantes a Brest.
Este canal bordea abadías, fortalezas medievales, pueblos… En la visita a la Iglesia llaman la atención las vidrieras. Me quedo con una información del pueblo : Conciertos los viernes, en verano.
Rochefort en Terre. Merecería un apartado especial y recrearme en esta población. Está descansando sobre una base rocosa.
La población es pequeña y asequible para el caminante, sobre todo en verano. En esta época del año se convierte en un reducto peatonal.

Nada de vehículos. Un acierto. Si se pudiera recorrer dos veces, una con la mirada viva y la otra con los ojos cerrados para imaginarla, viajarías en el tiempo hacia una época pasada. En la visita tal vez tengas la suerte de toparte con unos de sus maravillosos rincones o con algún grupo de música que aprovecha la luz del Sol para satisfacer al sentido del oído, hasta ahora olvidado por el abuso de otro sentido, el de la vista. En realidad no sabría donde acentuar sus encantos. Tal vez en las flores que acompañan la visita o en las casas medievales. Quizás en el adoquinado de sus calles, los rótulos de sus tiendas o quedarse con la Plaza del Puits…
Se acaba la visita acercándonos al castillo, transformado en palacete por el pintor Alfred Klots. Este Norteamericano impulsó la concentración de artistas en la villa. No hay más remedio que continuar el camino.
Josselin. Continua acompañándonos el rio Oust. Todo lo medieval sigue muy cuidado por estos lares, como si fuera un viaje de época. Desde un puente del rio admiramos el castillo.
Nos adentramos en la población y nos topamos con la Torre del campanario.
Sus 60 metros de altura no son nada comparados con los 138 escalones que hay que subir. Realmente no sé si es peor la subida o la bajada. En forma de caracol y con estrechez, agotan al subir y marean al bajar. Lo cierto es que las vistas de la población son merecedoras de tal esfuerzo. Nos queda la visita de la Basílica de Notre Dame Du Roncier.
De entrada, es de estilo Gótico. Estuvo de «obras» varios siglos. Así pues, tiene un poco de todo en lo referente a variedad en el estilo. Sus vidrieras son, como casi todos los centros de culto visitados hasta ahora, una maravilla. Es un lugar de peregrinación (8 septiembre) por el hallazgo de una estatua de la virgen que siempre volvía a la zarza de donde fue rescatada. Y sí, tocaba comida. Encontramos una pequeña tienda, situada muy cerca del Jardín Du Bois d´amour donde una amable señora nos preparó unos bocadillos. Tan amable que incluso se esforzaba en comunicarse en español con nosotros. Con nuestros bocadillos en la mano nos dirigimos al parque para dar cuenta de ellos. Relajados y descansando en uno de los bancos que recorren los caminos del parque dejamos que pase el tiempo suficiente como para recuperar el aliento.
Reanudamos el camino tras la reposición de fuerzas. La tarde es fría y gris. Diría que es lo típico de la zona y de las fechas.
Pont-Aven se cruza en nuestro camino. La pequeña localidad acoge al rio Aven, o tal vez sea a la inversa.
El rio en este tramo es muy calmo. Es difícil encontrar un lugar en el que las galerías de arte ocupen tanto espacio físico. La escuela de pintores que creó Gauguin aun domina este bucólico ambiente de la Bretaña Francesa. Lo mejor es dejarse llenar por el ambiente que hace que puedas mirar todo como si de un cuadro fuera. Tantos rincones, tantas pinceladas…Quimper supone el siguiente paso en nuestro deambular por la zona. Buscamos el descanso de la noche. Ha sido un nuevo día intenso y emocionante. El lugar está rodeado de vegetación en forma de bosque. El invierno duro y eterno deben ser la seña de identidad de la zona. En la visita por Quimper nos llama la atención la catedral.
Catedral de Saint-Corentin. Su nave central torcida, introdujo en las conversaciones unas cuantas suposiciones y teorías. El caso es que empezó siendo una construcción gótica, con un estilo típico de la época en que se inició. Varios siglos después se acabó, sufriendo desde entonces, y hasta la fecha, variadas reformas. Sus agujas, intentando llegar el cielo gris, son inalcanzables.
CUARTO DÍA.-
Llueve de forma fina y constante. El camino hacia Nantes irá acompañado por esta situación meteorológica.
Lacroman, lugar idílico para el mundo del cine. Su casco antiguo se ha protegido para que no sufra los daños de la civilización moderna. Tanto es así que no verás ni un cable, ni un semáforo, ni una antena… Como debe ser, visitamos la iglesia(Iglesia de San Román).
Su pequeño órgano no pasa desapercibido, así como las cubiertas de pizarra que adornan su entorno. Aprovechamos, ya casi al final de la visita a este pequeño pueblo, para comprar unas cervezas de la zona. También dedicamos nuestro tiempo a un pequeño tour por los escaparates de las pastelerías/panaderías que salpican el pueblo. Probar el Kouing Amann es obligado. Esta tarta de mantequilla y azúcar deja a la harina como elemento secundario.Durante el camino a Concarneau llama la atención el pastoreo de una importante cantidad de vacas lecheras; es lo que tiene el viajar por carreteras locales. Ya por autovía, llegamos a Concarneau.
Tiene puerto y la ciudadela puede ser bordeada por sus murallas. La hilera de típicas tiendas para el turismo parecen no tener fin. En uno de sus rincones, tras acabar de bordear las murallas, descubrimos un pequeño local con ostras. Bajo un pequeño toldo damos cuenta de algunas de ellas. No hace falta decir que la lluvia sigue machaconamente nuestra degustación.Para llegar a Vannes recorremos 100 kms. Vemos pasar Lorient, Sta Ana de Aurey (ésta última con vista pintoresca) con entrada del mar. Ya en Vannes, nuevamente, visita obligada al casco antiguo, también amurallado. En una zona llana se aglutinan casetas y gentío. Es lo más parecido a una feria del libro. La catedral no para de hacer repicar sus campanas. Pareciera que nos recibieran alborozados. Vannes llegó a ser sede del parlamento de Bretaña. Tiene un puerto donde la ría se incrusta en la población. Hay muchos barcos pequeños y por supuesto llovizna.
Varias puertas de entrada/salida de las murallas medievales habilitan el tránsito fluido. La Plaza Gambetta es la piedra angular de las comunicaciones en la urbe. Allí se aglutina también una importante oferta de bares y terrazas. Acabamos la jornada llegando a Nantes. Es nuestro último destino dentro la visita por la Bretaña.
QUINTO DÍA.-
El día lo dedicamos a patear la ciudad. Es una gran urbe que durante el siglo XIX desarrolló una frenética actividad industrial. Los ríos Erdre y Loira confluyen en la ciudad que llegó a acoger, por cierto, refugiados de la guerra civil española. Por supuesto, fue castigada durante la ocupación alemana en la gran guerra mundial. Una de las visitas obligatorias es la de Les machines de l´île. Se trata de un proyecto nacido de la imaginación de François Delaroziere y Pierre Orefice. MÁQUINAS. Básicamente se divide en tres espacios. Por un lado, y casi lo más impactante, Le Gran Éléphant . Es una enorme arquitectura en movimiento de 12 metros de alto por 8 de ancho y 21 de largo. Inicia un paseo desde la catedral de acero hacia el exterior, permitiendo una visión formidable de los viejos astilleros. Puede transportar hasta 50 personas sobre sus lomos. . Otro de los espacios es La Galerie Des Machines. Es un lugar «vivo» con una serie de máquinas construidas en los talleres de la compañía La Machine. Durante la visita, los maquinistas explican la historia y el funcionamiento de estas curiosas máquinas que van desde el colibrí a la araña. Se ven ayudados por enormes grúas, en algunos casos. Para terminar, como tercer espacio, en el exterior está Le Carrousel Des Mondes Marins. Situado al borde del Loire y frente al museo de Julio Verne. Es una estructura enorme, de 25 metros de altura y de 22 metros de diámetro.
Previo a la visita de las máquinas, seguimos una proposición decente. Es una buena forma de conocerla el seguir una línea verde marcada en el suelo. Te lleva por lugares de interés que tal vez de otra manera no podrías encontrar con tanta facilidad. Me llamó la atención la plaza del comercio y el edificio de FNAC.
Todo tiene un final aunque también es cierto que todo final es un nuevo inicio.
Claro que me dejo en la memoria un montón de imágenes que no es posible plasmar en este blog. Sería pesado cargarlo tal vez de tanta información. Lo importante es impregnarte de los lugares que visitas.