
2018– Que quede entre nosotros, no hay camino sin hacer ni tierra sin habitante.
Este viaje, el segundo de una serie de dos, estaba dedicado al desierto. En concreto se trataba de llegar a El Aaiún(1). Para ello deberíamos recorrer kilómetros de asfalto casi interminables y caminos que parecen llevarte al fin de ninguna parte, como suele pasar cada vez que uno se mueve por aquí. Desde el Norte (Ceuta) hasta el Sur (El Aaiún), acercándonos desde el interior (Smara) para regresar por la costa (Sidi Ifni), todo en etapas predefinidas y marcadas desde un principio (al menos eso se intentaba).
Para hacer este recorrido hemos tenido que pasar por lugares llenos de historia y otros en los que ni siquiera la historia ha osado pasar. Lo cierto es que me apetecía llegar hasta aquí, ver el color de la tierra, olisquear sus muros, llenarme de sus aromas, acercarme a su lejanía… a pesar de saber por adelantado que la mayoría del camino sería sólo eso, camino. Y es literal; camino duro. Aquí el camino hace al caminante.
Lo que aparecía como un libro ya escrito, sin ningún valor añadido mientras estaba inmerso en él, se fue transformando, poco a poco, en páginas valiosas hasta conformar una preciada recopilación de información y mensajes . Han ido pasando los días desde el regreso y debo reconocer que debería haber ido documentado en este peregrinar por la historia. Y como nunca suele ser tarde, en ello ando, sin querer ser pretencioso.
Un montón de fotogramas se han quedado para el recuerdo. Ese recuerdo que espero no caiga en el olvido porque, si de algo me alegro, es que en este viaje he podido conocer la forma de vida de otras personas, perdidos en el tiempo y en la tierra, que han convivido con nosotros de una manera o de otra. Esta carrera al sur ha despertado en mí, con posterioridad, la curiosidad sobre la reciente historia española en Marruecos. Una historia poco contada y a veces mal contada. He conocido ciudades que luego he sabido que surgieron en la nada y de la nada. También he conocido gente que te habla de su pasado como si fuera reciente, orgullosos de un sueño que recuerdan cada vez que se cruzan con nosotros. He visto construcciones, calles, nombres, obras de ingeniería maravillosas y he acumulado infinidad de datos de las zonas del protectorado, colonialismo y provincias de ultramar que me llevarán muchos días de entretenimiento. Me he traído tantas curiosidades como me cabían en la memoria. No quiero olvidarlas, así que he plasmado, en letras, la experiencia antes de que desaparezcan.
Entre las imágenes que me salen a la primera están, por ejemplo, la salida del Sol en “Fort Finidilt”, el cambio de tipo y color de vestimenta de los habitantes de la zona sur de Marruecos con respecto al resto, el fotografiar pasaportes con el móvil en los controles, la quema de basura en un pueblo a la puerta de cada casa, los vestigios arquitectónicos de incalculable valor sentimental y los servicios de inteligencia marroquíes. Si, este último parece de película, pero es cierto. Es más, incluso hubo uno que leía el periódico para disimular.
Lo que está claro es que en este tipo de viajes es muy difícil ceñirse a un escrupuloso plan. Siempre que vas con elementos mecánicos puede haber averías y ello supone trastornos; además, moverse por lugares de ésta índole supone un elevado porcentaje de probabilidades de elevar el tiempo de resolución de cualquier percance.
Esta tierra te quita lo que no puedes llevarte pero también te da la fórmula secreta para alcanzar la paciencia. Tener conciencia de ambas cosas es el premio que me traigo.
Viernes 28 de septiembre.
Ha llegado el día para que comience el largo viaje, ese que nunca tendrá un final, seguro. Como siempre suele pasar, se terminó de estibar y completar todo lo que se debería transportar en los vehículos el último día a última hora. Resuelto, cruzamos la frontera donde conformamos la caravana definitiva. Cinco vehículos y nueve personas en busca de horas y kilómetros.
Teníamos que recorrer el trayecto que va desde Ceuta a Agadir en la primera jornada, algo fácil de conseguir de antemano ya que predominaba la circulación por autopista.
Nada más pasar la frontera nos dirigimos en dirección a Tánger Med, ese gran puerto del norte de Marruecos construido de forma lineal a lo largo de la costa que quiere competir con el de Algeciras y busca servir de apoyo logístico a una amplia zona de Marruecos y favorecer con ello la prosperidad soñada.
En el camino, ningún problema hasta pocos kilómetros antes de llegar a Agadir. Justo en el último peaje de la autopista uno de nuestros vehículos sufrió un calentón importante hasta el punto de tener que pasar el peaje remolcado. Tras muchos diagnósticos, se decidió llamar a una grúa para que lo acercara hasta Agadir. Una vez que supimos donde se encontraba el taller buscamos un alojamiento cercano para no perder tiempo ni al llegar por la noche ni a la salida del día siguiente. Dimos con un hotel cerca de la casa oficial del vehículo y tras dejar el equipaje en las habitaciones, nos dirigimos a un lugar muy próximo para cenar. Tan próximo que accedimos andando. El alojamiento fue, en concreto, el Motel AHL Sous. Un lugar lo suficientemente aceptable como para no criticarlo.
Sábado 29 de septiembre.-
Despierto y con la incertidumbre del arreglo de vehículo, supongo que como el resto de los componentes, bajé a desayunar a una cafetería adosada al motel. El resto del personal estaba casi al completo en el desayuno excepto dos o tres miembros del equipo que andaban con los mecánicos trasteando en el corazón de la máquina. De la casa oficial Toyota de Agadir se desplazaron hasta el vehículo y realizaron un arreglo que dejó contento al propietario y al resto. Se trataba de un viaje grupal, donde se pretendía no faltara nadie a la hora de fichar cuando acabara y ese arreglo facilitaba ese fin. Por cierto, fueron merecedores de nuestro reconocimiento el personal del taller de Toyota ya que se comportaron de manera bastante profesional.
Por fin conseguimos partir a las 12:00 A.M. con el problema solucionado o eso parecía.
Circunvalamos Agadir y no encontramos muchos camiones, al menos no tantos como nos temíamos por los antecedentes, de manera que recorrimos la zona “caliente” en un tiempo significativamente corto. A partir de entonces éramos conscientes que los kilómetros serían nuevamente protagonistas siendo seguramente lo peor de esta “aventura”. Para llegar hay que gastar mucho tiempo y recorrer cientos de kilómetros. Lo cierto es que como era el inicio prácticamente, el estado de ánimo estaba bien subido y el camino a pesar de ser largo, era llevadero.
La ruta nos llevaba rumbo a Tiznit por una carretera de doble vía y la media no decaía por lo que las bromas sobre la posibilidad de romper la norma de llegar de noche al destino se convirtió en viral.

Tiznit apareció ante nosotros grande de tamaño y bastante limpia. En la entrada a la ciudad hay un parque con abundante arbolado y de aspecto cuidado. Decidimos parar pasado el parque para comprar algo de comida. Ya estuvimos el año anterior aquí, por lo que no es un lugar en el que queramos entretenernos en visitar así que no hubo prácticamente pausa. Hay algo singular en la carretera de salida de esta ciudad. Se trata de puestos donde se venden todo tipo de hierbas en las aceras. Ahí si hubo tiempo para una compra express. Tras la compra de algunos productos en estos puestos seguimos dirección a Guelmin por carretera, siendo esta también de doble sentido (2). Las nubes de lluvia (esas que se saben de lluvia porque sí) se veían en el horizonte y el tráfico fluido que habíamos llevado hasta ahora se convirtió en intenso por la subida a un puerto de montaña. Debido a la lluvia, que nos precedía durante casi todo el trayecto, encontramos agua y barro en los márgenes de la carretera y en los campos. Pasamos un nuevo puerto de montaña, ésta vez algo difícil por las curvas y el tráfico , con arreglos en la calzada que lo convertían en menos peligroso de lo que parecía. También hay que decir que la ayuda al pilotaje del resto de personal con la emisora hizo mucho más fácil lo que parecía difícil Mejor no imaginar lo que podría suponer el pasar por aquí con lluvia fuerte y con la carretera en malas condiciones y sin esa ayuda al pilotaje.
Una vez pasamos el puerto, la conducción se convirtió en plácida haciendo que surgieran conversaciones variopintas, tanto por la emisora como entre Jorge y yo. Las horas de carretera se sucedían y no hay nada como las charlas para mitigar la rutina. La siguiente referencia importante fue la de Bouizakarne, desde la que tomamos dirección a Guelmin. Apenas nos separaban 40 kilómetros de Guelmin. La siguiente población que recuerdo atravesar es Tagannt, donde se aprecian también restos de la lluvia, como no podía ser de otro modo. Eran las 15:23 P.M. y seguíamos sin comer (cada vez que recuerdo ese día me entra hambre). Vienen a mi memoria etapas pasadas, del año anterior más concretamente, en las que se nos olvidaba comer a horas prudenciales. Es cierto que al final del viaje pasado ya resolvimos el problema, de manera que no dejábamos que la carretera y los caminos nos hipnotizaran y quedáramos sin avituallarnos. Debo recordar, por si hubiera una nueva “aventura”, hacer un cuadrante para unificar horarios, aunque el caso de este año sólo fue puntual.
A partir de un determinado momento, circulamos por una planicie rodeada de montañas de altura mediana en forma de herradura. A lo lejos, en las montañas, se veían cortinas de agua de lluvia, nuevamente. Aparentemente cerca, se veían remolinos de tierra que, junto a las cortinas de agua, conformaban una visión algo abstracta del territorio por donde circulábamos. El tiempo seguía revuelto por delante de nosotros, era evidente. Pareciera que íbamos en busca de la borrasca (Buen nombre para una peli).
No tardamos mucho en alcanzar Guelmin, conocida como la puerta de entrada al desierto (en Marruecos gusta mucho de poner puertas a todo) y no quedaba otra que comprar para el abastecimiento, ya programado. Nos acercamos al “Marjan” que está a las afueras y que aparece en medio de la nada como por arte de magia. Hacía un calor terrible fuera del super, siendo terrible un calificativo benévolo. No me extrañaría nada que la gente de por aquí se acercara más al Marjan para refrescarse en su interior que para comprar. A pesar del calor sofocante preferí apostarme fuera del establecimiento, mientras el resto hacía la compra, refugiado en una parada como de Bus, con banco y con cubierta para protegerse del Sol. La cerveza fría, tomada con la sensación térmica de más de 40 grados centígrados es inenarrable. Pasó el tiempo suficiente para tomar la cerveza y para charlar un poco con Agustín, Jorge y Emilio. Tras cerca de una hora, se acabó la compra y la degustación de cerveza quedando todos nuevamente dispuestos para reanudar la ruta.
Ahora seguimos la dirección a Tan-Tan y no muy lejos de ella nos topamos con varios controles policiales y radares de control de velocidad. Entre control y control encontramos un terreno con muchas ondulaciones montañosas a la izquierda y una altiplanicie a la derecha. Resulta difícil adelantar por ese tramo y a veces, sin arriesgar en demasía, circulamos jugándonos la vida. Al mismo tiempo como contraste, aparecen dunas enormes a la derecha en dirección Tafnidilt, dando un aire un poco menos estresante a la conducción. Qué difícil es no recrearse en ellas…
Llega el momento de adentrarse por los caminos. Si pusiera “¡por fin!” no estaría exagerando. También es verdad que a esas alturas no tenía ni idea de cómo podía ser ese tránsito fuera de carretera y ese ¡por fin! quizás se podría transformar en un “oh cielos, que horror”. ¿Quién lo podía saber? Comenzamos a navegar por pista (en un desvío a unos 25 kms de Tan-Tan) hasta encontrar un fuerte Francés llamado “Fort Finidilt”, a la derecha, medio derruido.
Desde el mirador que forma el terreno, observamos el Dráa (3) custodiado por alguna vegetación e intuimos su recorrido hasta la desembocadura. Es un río viejo con un
montón de historias. Recuerdo que al año pasado ya hablábamos de él. A veces lo veíamos y otras se ocultaba bajo un manto de arena, tierra y piedras… Nos bajamos de los vehículos, lo visitamos (El fuerte) y luego nos dirigimos al kasar Tifnidilt, alojamiento que está justo frente a nosotros, a apenas unos cientos de metros por la pista que queda a la derecha. Allí pasaríamos la noche. Construido en el año 2000, se mantiene en buen estado de conservación y está regentado por “Magali”, señora belga de mediana edad que, según cuentan, ha competido en algún que otro rallye. Por estos lares no es difícil encontrar ese tipo de personas que deciden cambiar de vida refugiándose en estos recónditos lugares y sabe Dios por qué motivos.
Hay dos cosas en las que uno se suele fijar para pasar la noche en un establecimiento hotelero. Por un lado la calidad y por otro el precio (por supuesto hay más valores que analizar, pero considero que éstos son los principales). Los precios están bien, para estar donde estamos. En concreto, pernoctar en el llano lateral haciendo acampada, supone 40Dh, rondando los 4 Euros. La habitación con baño para dos personas sale a 36 Euros y las sin baño interior, 25. La calidad era aceptable.
Es la segunda noche del viaje y tenemos dos opciones: o bien duermes en el llano lateral pegado al edificio o en los bungalós. Por los precios y por la aceptable calidad del alojamiento, nos decidimos por dormir en habitación con baño. En el llano hay un lugar para encender barbacoas. Está cubierto y hay mesa y bancos y, como tiene que ser, anafre. Por supuesto nos apropiaremos de él para la cena. Estábamos en la preparación de la misma cuando Juanmi regaló una bicicleta (que traía desde Ceuta) a una pequeña. Algo de felicidad se regaló. La verdad, no cuesta tanto hacerlo. La gente de por aquí es agradecida. Compramos en el Marjan de Guelmin carne para hacer barbacoa. En concreto 2 kgs de kefta para hacer en rulo y 2 kgs de carne y 1kgs de salchichas para rellenar. Tras la cena, no sobra nada de lo comprado y eso supone para alguno la pérdida de una apuesta. La cena es regada con vino ”Zarauela” Roble del 2016. Lo aconsejo, es bastante bueno. Una vez cenados y con el “postre” en la boca, se habla de todo un poco. Suelen ser recurrentes los temas de coches, comidas, rutas hechas y por hacer. Con un vasodilatador en las manos escuchar es sinónimo de aprender. También resulta gratificante cuando escuchan a uno hablar de vivencias propias, ya que sirve para sentirse parte de la expedición y también para darte cuenta de lo mucho que has vivido. Interesante me resultó el conocer las recetas culinarias de los demás, sobre todo porque se hablaba con propiedad. La noche se apodera del entorno y nos permite observar las luces de Tan-Tan playa a lo lejos. Ya a punto de terminar la velada, circulan fotos de los extintos leopardos cazados por ingleses con ayuda de los nativos. Fotos que intentan dar carpetazo a antiguas discusiones.
Domingo 30 de septiembre.
Aún quedaban restos de nubes en el cielo y en la tierra los mosquitos apuraban los últimos minutos antes de retirarse a la espera de una nueva jornada de trabajo intenso. Había llovido cerca, nuevamente. Nos reunimos en el llano lateral, donde están los coches y en el que aún quedaban restos del tinglado que montamos para la cena, para dar cuenta del desayuno en cuanto se organizara el personal.
Era muy temprano y los colores de la tierra y del Kasar (4) resultaban espectaculares, así que decidí subir a una colina donde está el aljibe del establecimiento, aprovechando que la mayoría del personal aún estaba ocupado en sus menesteres. Desde allí se ve bien lejos. Poca vida hay alrededor. La luz había cambiado y la visión del alojamiento también resultaba distinta. El adobe de sus muros se veía oscuro. «Tiene que ser duro vivir allí». Pensé en los moradores del antiguo fort francés y dejé para la vuelta a casa el mirar algo sobre él (La verdad es que no he hecho lo pensado y apenas he leído que fue usado también como presidio por las tropas francesas). Lo dejo en cola. El caso es que se notaba que había sido rehabilitado aunque realmente no sirvió de mucho. En la actualidad está medio derruido. Al menos la techumbre brilla por su ausencia. Sus paredes sin embargo se mantienen en pie parcialmente. Volviendo al alojamiento (kasar), es un lugar bonito. Tiene el salón y la recepción en la zona central. La zona de acampada, donde cenamos y también donde dejamos los coches, tiene aseos completos para los campistas. Como está vacío, prácticamente, pudimos coger todas las habitaciones con baños. En la Zona central, hay una piscina con agua turbia pero con temperatura ideal. Guille se bañó, bien temprano, y así ganó una apuesta de la noche. Las apuestas han sido una aportación de éste año para algún miembro del grupo. Son de cantidades mínimas pero consiguen despertar el espíritu a más de uno.


Así pues, una vez vuelto de mi visita al aljibe, me encontré al grupo iniciando los trámites para le petit-déjeuner. Se preparó café, las tostadas y el resto de cosas necesarias. Una vez consumido lo preparado, se recogieron los bártulos y nos pusimos en movimiento. Daban las 10:45 y la temperatura alcanzaba los 22 grados centígrados. La dirección que tocaba tomar era la de Smara, ciudad fundada por “El Sultán Azul”(5).
Volvimos por la pista que llegamos hasta alcanzar la carretera nuevamente, eso sí, con dirección a Tan-Tan.
Por esa carretera, la N-1, apareció de repente, como si no fuera con ella, Tan-Tan. Sufrimos (sólo figuradamente) dos controles de carretera más y un último control con verificaciones de pasaportes e identidades justo tras pasar por los “camellos enfrentados” que presiden la entrada a la ciudad. Cumplido el trámite, repostamos los depósitos. Una vez hecho esto, nos movimos, con los vehículos, por una arteria principal de la ciudad. Por momentos no se observaba ni un alma. Tal vez al ser Domingo…
Continuamos ruta con dirección a Tilemsen. Es dirección Sur-Este. La carretera no está mal. Miré el reloj y mostraba que eran las 12:39. La temperatura que registraba el Partfhinder de Jorge era de 31 Grados centígrados. Es cierto que me repito en lo de mirar el reloj y ver la temperatura ambiente pero es que verdaderamente la curiosidad me puede. Ir al Sáhara y comprobar la temperatura es una obligación, tal vez por la influencia de películas y libros. Es una relación natural, supongo.
A estas alturas del viaje seguían apareciendo marcas de lluvia reciente por lo que se empezó a pensar seriamente en las dificultades para pasar por el llano amarillo (6)
Continuando la marcha, ahora nos movíamos por una carretera que iba por un puerto de mediana altura. Al ir bajando, dibujando una media luna, observamos al final, en una zona llana, una especie de lago. Una vez en el llano, comprobamos la existencia de barro por la carretera. El lago era tan real como parecía, no espejismo, como llegué a pensar en algún momento. Pues sí, ”ha debido llover bastante” repito nuevamente para mis adentros.
Siguiendo la ruta llegamos a M´Sied, donde se hizo una parada para regalar algo de ropa. Justo ahí comenzamos a cabalgar nuevamente por caminos de tierra o algo parecido. Vamos, nada de alquitrán. Era ancha la pista principal y se podía ir con seguridad relativa a 100/110 kilómetros por hora. Nos encontramos muchos pasos de oued (pasos de agua) con barro, algo natural después de observar tanta lluvia por el camino. No muchos kilómetros más abajo nos adentramos en una pista “enorme”.
¡Es una lástima que sólo durara unos cientos de metros! Todo el terreno estaba muy roto por los efectos del agua y llegado a un punto, resultó imposible continuar. Sufrimos problemas con los coches, además de con las “herramientas” y perdimos mucho tiempo intentando sacar a alguno que otro del barro. Sí, lo dicho, alguno se echó al barro. Las horas que pasamos atascados sirvieron para decidir evitar el camino al susodicho llano amarillo. Por lógica estaría intransitable. Decidimos volver sobre nuestros pasos a las 17.42 Hs una vez estuvieron todos los vehículos libres. Una hora después la temperatura ambiente alcanzó los 33 Grados C. y volvíamos a tener problemas. Siguiendo la pista que nos llevaba al nuevo destino uno de los vehículos rajó una rueda. Todo se volvía a complicar. Tras el cambio de rueda, el tiempo pasaba todo lo rápido que podía y ya no nos dejaba muchas horas de luz, así que intentamos evitar los pasos de agua porque el barro nos podría volver a bloquear y la noche pasa de aliado a enemigo casi sin darte cuenta. Había que buscar un lugar para pernoctar y no se veía ni un árbol, ni un lugar protegido; Tan sólo la nada. Entonces, para sorpresa general, encontramos una enorme explanada. La sorpresa se convirtió en mayúscula cuando descubrimos que era un campo de tiro, con sus dianas y todo. La noche era oscura, como casi todas, para montar el tinglado. Lo de la luz no fue un problema en sí mismo. El problema de usar la luz fue la llegada de todo tipo de insectos voladores y algún que otro reptante. En la lejanía se veía una secuencia interminable de rayos. El viento parecía favorable para alejarla de nosotros pero no pasó mucho tiempo antes de que cambiara la dirección e intuimos que la tormenta se podría acercar hasta nosotros peligrosamente. Particularmente, decidí pasar a la sección “tienda de campaña” por si se confirmaba la peor de las predicciones. Prefería que me pillara cobijado al abrigo de un techo antes que tener que improvisar deprisa y corriendo. Al final pasó cerca pero nada más. La imagen, de todos modos, era impresionante en esa noche mientras dábamos cuenta de la cena, bajo un manto de estrellas y un adorno interminable de rayos y truenos.
Lunes 1 de Octubre.-
A las 8 en pie. Día total y sin rastro de lluvia en nuestro campo de tiro. Desayunamos, recogimos y a las 10.15 reanudamos el camino. El termómetro marcaba 26 Grados C. de temperatura. Decidimos buscar un paso de carretera lo más próximo posible a nuestra localización, en medio de la tierra dura y árida, para evitar males mayores. Por momentos se hizo complicado y había que tomar decisiones que no siempre eran compartidas. Son momentos de tensión y, además, el paisaje no ayudaba en nada a apaciguar los ánimos. Todo estaba despoblado y el pedregal llenaba la imagen hasta donde alcanzaba la vista. La belleza parecía peleada con el lugar y no creo, tampoco, que esté considerado como el mejor lugar para la contemplación y el sosiego. Al menos eso pensé en aquel momento.
Por fin conseguimos avanzar al unísono. Recorrimos en paralelo los montículos de tierra que levantó Marruecos para evitar incursiones de vehículos no deseados (Berm). Los montículos son en realidad un amontonamiento de tierra dibujando una línea continua salvo por unas aberturas para que el tráfico discurra por esos pasos. Recuerdo haber leído hace mucho tiempo sobre esos muros y ahora los estoy contemplando. Creo que en la actualidad hay un total de seis muros como el que vimos. Lo imaginaba de otra manera. Más muro, más alto, más de todo. A los laterales de la trazada principal que seguimos había balizas. En ese momento esperé y deseé que no fueran para indicar la zona segura.
A eso de las 11.50 enlazamos con la pista “del francés” y a no más de 200 mts nos encontramos con un rio. Paramos y analizamos la situación con tranquilidad. No queríamos que nos pasara lo del día anterior. Con una atrapada en el barro hemos tenido bastante. De todas formas, el paisaje habia mejorado sustancialmente y las condiciones del terreno permiteron el cruce sin problemas.
Llegamos por fin a Smara. Es la única población importante del Sahara Occidental no fundada por España. Se la conoce como la ciudad santa de los saharauis porque es así reconocida por la religiosidad popular, esa que suele chocar a menudo con la religiosidad ortodoxa en muchas partes de Marruecos. Allí está enterrado uno de los líderes nacionalistas saharauis, hijo de un morabito y muy apreciado por el pueblo, Ma el ‘Ainin, (que viene a significar algo así como «agua de las dos fuentes») ya nombrado con anterioridad como El Sultán Azul. La entrada a la ciudad está gobernada por una inmensa llanura que se asemeja a la entrada a Dajla, según dicen. En Smara también se fundó, en 1.973, el Frente Polisario(7).
Al llegar al cruce, para tomar la carretera con destino a Smara, se ven zonas valladas para proteger la repoblación de Acacias efectuada por el gobierno. Según contó el Biólogo de guardia, casi han desaparecido en la zona por el uso excesivo de la gente de por aquí con fines domésticos, en su mayoría.
En Smara sólo conseguimos un arreglo parcial del neumático rajado. Realmente el arreglo es más que nada para dar un pequeño margen de tranquilidad ya que la confianza en el apaño es prácticamente nula. Baste decir que la cámara puesta dentro de la cubierta formó un pequeño abombamiento de la misma.
Terminada la colocación del “parche” decidimos comer en Smara. Eran las 17.05 PM. La temperatura ambiente no bajaba de 40 Grados. Entre el calor ambiental y el calor que desprendían el asador de pollos y la maquinaria del local, la comida se convirtió en una pesada broma. Y eso que comíamos en la terraza. Allí valdría decir lo de “te reciben calurosamente”.
Con el Sol ya en trayectoria descendiente, continuamos camino por carretera hacia El Aaiún (8). A nuestra izquierda dejamos una vieja carretera que era conocida como “de los españoles” que va en dirección a una colina conocida como “del viento” donde se encontraba la “garita del lejía”. La colina que sigue a la “del viento” es la “colina del zapato” por su forma, claro. Un zapato inverso. En apenas unos minutos de conducción aparecieron esas cuatro denominaciones españolas.
Nos acercábamos a El Aaiún por los cortados de la Azaquía, donde se podían ver Cormoranes, Espátulas, Flamencos, Charranes, Gaviotas…
Pasado ese precioso tramo tomamos la dirección hacia Edchiria y tras atravesar el Hamra (9), subimos hasta encontrarnos un antiguo acuartelamiento, enorme, de la legión, llamado “Fuerte Chacal”, en la provincia de “Saguia El Hamra” (Rio o acequia roja) de la colonia española del Sáhara Occidental. El Sáhara español se dividía en dos provincias. La ya nombrada como “Saguia El Hamra” al norte y la de “Rio de Oro” al sur, con la población de Villa Cisneros (Dajla).
Las fotografías en Fuerte Chacal eran obligatorias. Los muros exteriores están prácticamente derruidos y el interior sólo mantiene en pie algunas paredes. Dentro del recinto se observan algunas cúpulas, cercanas a los alojamientos de los oficiales. Estando en modo observación, se nos acercó un saharaui que nos saludó educadamente en español. Esperaba que se detuviese para charlar un poco pero no fue así. Llegó parsimonioso y continuó con la misma parsimonia, hasta alejarse saliendo por la zona de entrada/salida del fuerte.
Se hacía otra vez de noche y decidimos ir a El Aaiún playa para pernoctar. En la carretera, casi recta en su totalidad, las dunas se instalan en su orilla y las máquinas trabajan sin horario para que no sea fagocitada. Supongo que será una lucha constante y sin tregua. En la zona de playa las condiciones de los alojamientos resultaron ser penosas. La salubridad de algún camping es inenarrable. Visto lo visto, decidimos buscar alojamiento en hoteles de El Aaiún. Después de desechar más de uno por su elevado precio, por fin encontramos algo decente y accesible vía internet y decidimos, vistos los antecedentes recientes, inspeccionarlo previamente antes de confirmar la reserva. Es la cuarta noche y el hotel pasa la revista de forma aceptable. “Residencia Vladimiro Ariano” se llama. Es lo más parecido a un apartahotel que he conocido. La cocina es inmensa al igual que el salón. Como es fuera de temporada mis compañeros de viaje consiguieron un precio espectacular. Muy recomendable.
Mientras recorríamos El Aaiún buscando alojamiento, vimos bastantes coches con la inscripción de “UN”. La ONU tiene bastantes observadores por la zona. Su alojamiento era de cinco estrellas. Sin comentarios.
Duchados y arreglados, llamamos a unos taxis para salir a cenar. Empleados del hotel les indicaron el restaurante recomendado. El “viaje” se convirtió en algo caótico. Los dos primeros taxis tiraron por trayectos diferentes y, aunque salieron a la vez, cada uno llegó en tiempos diferentes de manera que el primero que llegó se encontró con que no estaba el otro. Al llegar el tercer taxi, sólo encontró a los componentes del segundo. Un lío tipo hermanos Marx que nos hizo perder un tiempo precioso. Se hacía tarde y había que comer antes del cierre del establecimiento.
Al final nos volvimos a reunir, por fin, todos en la puerta del restaurante. Mientras charlábamos del desbarajuste que habían montado los taxistas, tres personas que estaban sentadas acabando de cenar, se dirigieron a nosotros preguntando si éramos españoles. Ellos se identificaron como profesorado español en El Aaiún. Alguno entabló una charla amena
mientras el resto se sentó en el interior para cenar. Se pidió parrillada de pescado para menos personas de las que íbamos. Menos mal, ya que nos pusieron una enorme fuente de pescado. Antes habíamos pedido también una ensalada como entrante que resultó tan enorme como la del pescado. Fue imposible acabar con la ensalada. Por supuesto, sobró casi la mitad de la parrillada. El restaurante es aconsejable. Se llama La Madone y está en la Avenida Chaid Bouchraya. Es una zona muy céntrica.
Martes 2 de octubre.
Salimos a las 10:10 A.M. con 23 Grados de Temperatura ambiente. Lo primero que hicimos fue solventar definitivamente el problema del neumático (por fin) y tomamos dirección a Camp Beduine. Era un destino previsto desde el inicio del viaje. La idea era comer tallín de camello.
Para llegar allí, tomamos rumbo a la playa desde El Aaiún, dejando a la izquierda de la carretera un gran campo de dunas. Como comenté antes, la orilla de la carretera está tomada por las dunas. Llegado el momento, giramos a la derecha y comenzamos a circular en paralelo a la costa atlántica, dirección N. Observamos antiguos hangares españoles que eran conocidos como “cabeza de playa”. Pasamos junto a la “playa de la negrita”, muy visitada por los residentes de la zona y la dejamos atrás como quien deja olvidado algo sin valor.
Tenemos que acceder nuevamente a pistas para llegar a “Le camp Bedouine”, profitez du desert du Sahara. Podríamos, tal vez, haber dado un rodeo pero se decidió seguir unos Tracks y atravesar el campo de dunas. Costó seguirlos porque las dunas se suelen
comer el camino, como norma, así que si sigues un track de años pasados tienes que contar con esos inconvenientes. Este campo de dunas era un laberinto. A veces la mejor salida en estos casos, y única, es volver sobre los pasos dados. Nosotros pudimos atravesarlo, en gran parte por pericia. Aproximadamente a las 15:00 P.M. llegamos al destino y nos encontramos prácticamente todo preparado para la comida. Lo regenta Luc. Apenas esperamos diez minutos gracias a la llamada desde El Aaiún en la que acordamos y concretamos la comida.
En esencia, lo que allí encuentras es la situación dominante del lugar sobre una llanura situada a nivel inferior. Hay una pequeña cascada que, como curiosidad, fluye en contra de la gravedad si hay viento y es salina. El complejo está compuesto por siete haimas de material plástico acondicionadas para alojamiento. En la cara que da a la planicie, las haimas tienen un ventanal de plástico trasparente de manera tal que, desde la cama que tiene en su interior, se puede observar la planicie surcada por el pequeño cauce del rio hasta donde llega la vista. También tiene el establecimiento una pequeña cocina, además de baños y dos salones. Por cierto, no se permite acampar. Del tallín de camello que nos comimos me reservo la puntuación que le pondría en Tripadvisor.
La verdad es que podíamos haber evitado atravesar las dunas yendo por la carretera, que queda muy cerca, pero la vista del campo de dunas mereció la pena.
Después de la comida reanudamos la marcha con dirección a Tarfaya, ahora sí, por
carretera. En el camino hicimos una parada obligatoria, Tah. Tah era el puesto fronterizo de la zona del protectorado español en el Sur. Es un lugar importante para algún miembro del grupo ya que su familia vivió allí. Es apenas una pequeña aldea situada en el mismo paso de la carretera. Para llegar a Tah hay que dejar, en la cara que da al mar, una zona de dunas y en la que da al interior, una zona montañosa.
Ya en la población, en algo parecido a una plaza, hay un monumento, en forma de tejado, con menciones a Hassan I y Hassan II, que yo sepa. Tah fue zona de parada de la famosa marcha verde hacia el Sáhara, donde los marroquíes reclamaban el control de la colonia española del Sahara después del anuncio de España de celebrar un referéndum en la zona.
De este paso de la marcha verde también es importante la ciudad de Tarfaya, ya que fue una de las bases de salida. Fue conocida como Villa Bens, supongo que en honor al Capitán Francisco Bens, Gobernador de Rio de Oro, que ocupó la zona de Cabo Juby, en la que también se incluía Tarfaya. En 1.958 fue cedida definitivamente a Marruecos. En la entrada a Tarfaya, por carretera, y a través de la emisora, recibimos información de la existencia de un buque encallado en sus arenales. Según parece aún queda algo de su esqueleto, aunque a decir verdad, no logré verlo desde el vehículo. El buque se llamaba Assalama y pertenecía a la Naviera Armas. La compañía española mantenía una línea regular entre Puerto del Rosario, en Fuerteventura y Tarfaya, que se inauguró en 2.007 y se suspendió en 2.008 por motivo del naufragio. Una vez aparcados los vehículos en la zona del paseo marítimo, por cierto, nuevo y bonito, nos apostamos en la barandilla que separa el paseo del amplio arenal. Frente a nosotros se mantiene una construcción dentro del mar. Es como una pequeña fortificación a la que se puede acceder por tierra cuando la marea lo permite. Fue construida por los ingleses (Finales S. XIX) para comerciar por la zona. El puesto comercial fue creado, tras negociaciones con las autoridades locales, por un escocés llamado Mckenzie, propietario de la Compañía Inglesa del África Noroccidental. Se le llamó Port Victoria. La construcción que sobrevive se le conoce como “Casa de Mar”. La posesión apenas les duró a los ingleses unos años.
No hizo falta andar mucho por el paseo marítimo de Tarfaya para que un pequeño monumento, sencillo, nos llamara la atención. Se trata de un avión, biplano (Breguet 14) que simula volar, de la compañía francesa Aeròpostale.
El pequeño monumento va dedicado a Antoine de Saint-Exupéry, famoso por la creación de “El Principito”. Saint-Exupéry trabajaba como aviador para la empresa francesa “Compañía General Aeropostal” y era reconocido como buen negociador y excelente dialogante, sobre todo con los indígenas. Es el tipo de personas que nunca están de más en todos los ámbitos de la vida, sobre todo en viajes como el nuestro. Llegó a ocupar el puesto de Jefe de Escala en el aeródromo de Cabo Juby, muy cercano a Tarfaya. Allí escribió su primera obra llamada “Correo sur” y seguramente se vio influenciado para la creación, ya en Nueva York, de su obra más reconocida.
En el tiempo que estuvimos allí, alguno visitó la Casa de mar aprovechando la marea baja. Otros componentes pensaron en el avituallamiento y se acercaron a la zona del puerto para buscar algún pescado para la comida, mientras el resto pasamos un buen rato en el paseo marítimo disfrutando de las vistas y dejando que la conversación fluyera. Es cierto que dejamos de visitar, por ejemplo, la sede de los antiguos juzgados españoles aunque si vimos la fachada de un cuartel que llegó a ser fuerte español. Ante toda la información que iba recopilando no fue difícil dejarse llevar. ¿Cómo sería aquella vida? Los tiempos que corrían estarían llenos de aventuras y desventuras y la tierra aquella debía ser una trampa permanente. Lo de volar en aquellos aparatos es una historia aparte, de película de aventuras por lo menos.
Continuamos viaje hacia lac Naila. En ese trayecto bordeamos el Sabkhat tazra. Las Sabkhat son amplias superficies de terreno salino. Hicimos una parada, obligatoria, en la laguna Naila. El lugar elegido permite observar con complacencia la laguna y el entorno.
Bajamos hasta el embarcadero por una escalera de madera y a pie de agua pudimos observar de cerca las pequeñas embarcaciones de pesca, todas ellas con proa elevada para poder superar las olas que se forman a la salida al mar desde la laguna.
Una vez gastado el tiempo de visita continuamos ruta hasta llegar al “Agujero de Akfhunir”. La fuerza del mar se enfrenta a la debilidad de la tierra en este lugar. Por lo que observé, el mar está ganando la partida. El agujero es impresionante y la fuerza con la que entra el mar en él es increíble. Lo que más llama la atención es el diámetro.
Enorme. Es un agujero que aparece en medio de la tierra, a pocos metros del acantilado. El mar ha entrado por debajo de la tierra y no parará hasta destruirla.
Tal es la fuerza del mar que a apenas unos metros del agujero hay una construcción de algo parecido a un puesto de control marítimo que ha quedado a escasa distancia del acantilado por culpa de la acción de la erosión. Viendo el avance del mar y la situación crítica en la que ha quedado la edificación han construido otro, de dimensiones parecidas, unos metros más hacia el interior.
Había que continuar de nuevo la marcha. El recorrido queda salpicado por personas que pescan desde la costa, a veces desde acantilados bastante altos. La carretera discurría paralela al océano en todo momento y en la misma se apreciaban bastantes casetas (por llamarlas de alguna manera) de pescadores. A pie de carretera, los pescadores ponen una barra o palo con un neumático. Si el palo o barra tiene una botella de plástico en lo alto, es que tienen pescado…para vender, claro.
Tras algún intercambio de pareceres y tras analizar ciertos condicionantes decidimos volver a dormir (es el viaje de regreso a casa ya) en Kasar Tifnidilt. Evidentemente, el camino para llegar sigue siendo el mismo. Nos ha pillado la noche, eso sí.
Esta vez no nos atiende Magali. A diferencia de la ida, ahora no estamos solos en el fuerte. Había un grupo francés que se nos adelantó y tenían ya ocupadas la mayoría de las habitaciones. Nos repartimos como pudimos en las que quedaban libres y alguno decidió dormir en la tienda montada en lo alto de los vehículos. La cena pertinente llenó el ambiente de sosiego. Cuando estaba a punto de terminar la velada comenzó un espectáculo inesperado. Los franceses celebraban algo y nos ofrecieron una lujosa exhibición de fuegos artificiales, allí, en medio de la nada. Tras el chupinazo final, a la cama que ya es hora…
Miércoles 3 de octubre.-
Amanecía un nuevo día y traía un mismo Sol. Algunas nubes moteaban el horizonte pero no daba la impresión de existir amenaza de lluvia. Llegado el momento, seguimos una pista, bastante mala por cierto, en subida y con tramos de arena. Y en esas estábamos cuando apareció ante nosotros la maravillosa desembocadura del Dráa. Águilas pescadoras, pescadores humanos en la playa que se ven diminutos desde nuestro punto de observación… un lujo al que cuesta acostumbrarse.
Recorrimos unos 25 kms desde nuestra partida del fuerte. Había merecido la pena . Comentó alguno que las bajadas a las desembocaduras están siendo controladas por las autoridades marroquíes para evitar la acampada descontrolada. Me parece una medida acertada para preservar la maravillosa flora y fauna de esos lugares. Un pequeño ágape nos permitió continuar camino con las energías necesarias. La pista seguía siendo un calvario. Poco vistosa y movida. Y en ella, llegó el momento de un nuevo percance. Empanzó un vehículo. Sólo habíamos recorrido 29 interminables kilómetros. Eso sí, todo paralelo al mar.
Y llegamos a Aoreora. Y sí, merece la pena. La bajada hacia Playa Blanca es increíble.
Ya en Playa Blanca y con las presiones bajas en las ruedas de los vehículos, tocaba navegar sobre el arenal. Durante varios kilómetros nos permitimos la conducción rápida y con ello la eliminación de toxinas. Un poco de adrenalina venía genial. Mucha suciedad en la arena, eso sí. Y entre lo llamativo del arenal, un cadáver de Rorcual en plena playa y casetas de pescadores desperdigadas con el ya mencionado sistema para indicar si tienen o no pescado. O sea, un palo vertical con una botella.
Avanzamos sin orden. Cada vehículo a su gas, cada piloto a su antojo. El punto final de este libertinaje motorizado resultó ser una desembocadura. Aprecié en algunos rostros lo acertado del tramo para la liberación de la mente tras el tortuoso camino anterior. La tensión suele ser acumulativa y hay que buscar válvulas de escape porque, de lo contrario, puede que la explosión salpique y contamine el ambiente. El recorrido ha sido desde Aoreora hasta Foum-Assaka.
Dejamos la línea de playa y giramos hacia el interior, bordeando el Oued Noun. Mucha vegetación y muchas aves hacen del lugar un espacio apacible. Tras el despelote de la playa regresamos a la tortura de la pista, dura y rota otra vez.
La ruta de piedras vuelve a dejar paso al asfalto. En el tránsito hasta el camping Bou Jerif las laderas están repletas de chumberas. Chumberas distribuidas uniformemente, como si fueran campos de olivos. Nos ofrecen “cactus” a pie de carretera que no son ni más ni menos que los chumbos de toda la vida. Desde la carretera hasta el camping hay que seguir una pista, ancha y acondicionada perfectamente, sin ninguna dificultad.
A la llegada al camping nos encontramos un grupo elevado de coches, motos, camiones…Se trata de una competición francesa conocida como “Rallye des Pionniers”. Debido a la gran concentración, la posibilidad de alojamiento bajo techo resulta imposible así que montamos los tinglados y cenamos en un lateral del extenso terreno. El camping no está mal salvo por un pequeño detalle. Si acampas muy cerca a la hípica (al fondo del camping), que es donde acampamos nosotros, corres el riesgo de toparte con garrapatas. Ojo a ese bicho.
Jueves 4 de octubre.
La mañana es fresca. Desayunamos tranquilos mientras observamos la preparación para la partida del rallye. Al final salimos junto a los vehículos, como si formáramos parte de la competición. Tomamos la misma dirección inicial, a la derecha, unos 150 metros. Así hasta que los dejamos en su punto de partida, mientras nosotros continuabamos por la fachada lateral del fuerte Bou Jerif. Nuestro próximo destino era Sidi Ifni. Con la llegada a ese punto, ya no sería terreno desconocido para mí. Sin embargo, no podía ni imaginar que tendría la suerte de visitar algún que otro lugar que no había podido ver en mi visita anterior a Sidi Ifni. Por ejemplo
el Cine Avenida. Por una de esas casualidades de la vida, estaba abierto debido a un festival de cortos. Visitar su interior es trasladarte a otra época, otra dimensión. Allí, a tantos kilómetros por tierra de España y separado por mar de Canarias, había un mundo paralelo. No importaba estar rodeado por montañas enemigas y feroces; no importaba la nostalgia. Se quiso dar al lugar una sensación de normalidad apostando por toques de espejos, donde verse como si se estuviera en una ciudad más de España. Aún quedan esos edificios oficiales y oficiosos, esas plazas y esos nombres de calles que impiden olvidar ese pasado.
Antes de esa visita al cine, ya había tenido la suerte de ver, también por primera vez, la terminal de los funiculares. Una obra de ingeniería magnífica (data de finales de los 60).
Tras esa, mi primera visita a la terminal, nos dirigimos al centro de la ciudad. La visita al pequeño mercado era obligatoria. No me decía mucho, después de haberlo visitado hacía unos años, pero reconozco que debía ser visto por los que no lo conocían. Es un mercado muy pequeño, al aire libre, en el que hay de todo un poco. Terminada la visita y cumplimentada alguna compra, desayunamos en una terraza que estaba en el lateral del mercado, por fuera. Juntamos unas cuantas mesas y dimos cuenta de un buen desayuno. A nuestro lado, una mesa ocupada por tres residentes no dejaba de prestar atención a nuestra conversación. Llegado el momento, tuvieron la habilidad de incorporarse a nuestra tertulia. Contaron pequeñas historias de cuando España estaba ocupando aquel lugar en un español muy aceptable. Lo que más me llamó la atención de la terraza de la cafetería fue ver argollas ancladas en la fachada. Nos contaron que eran españolas y se usaban para atar allí a los animales… Así pues, para mí, fue fructífera la vuelta a Sidi-Ifni. Tocaba continuar camino y lo hicimos pasado el mediodía, tomando dirección Norte.
Rodamos por la R-104 en busca de la playa de Legzira, cerca todavía de Sidi-Ifni. Buscábamos un paseo por su playa de arena fina en su casi totalidad. Legzira tiene el atractivo de sus “Patas de Elefante”. Son arcos naturales a pie de playa. Hoy en día sólo queda uno.
Está expuesto a las inclemencias y es cuestión de tiempo que también se colapse. El terreno es rojizo y frágil y la acción del viento y el mar hacen su trabajo sin desmayo. Es un lujo caminar por el arenal. Invita a descalzarte y mojarte los pies mientras caminas hacia el arco, enorme por cierto. A la vuelta del paseo comemos en un restaurante a pie de playa. La sobremesa es agradable.
Será la penúltima noche del viaje Y buscamos un lugar cercano a Agadir para pecnoctar. Al final se decide por parar en R´bat. Es una población que está en plena simbiosis con el Parque
Nacional de Sous Massa. Tras indagaciones, contactamos con La Dune. Es una grata sorpresa el establecimiento. Nos permite varias opciones para pasar la noche. Tiene su “Hotel”, haimas y un llano para poder poner los coches y usar las tiendas. Al final dos duermen en las tiendas de coches y el resto usamos las haimas.
El cheff Juanmi (Juanma para diferenciarlo) toma posesión de la cocina del recinto tras solicitarla al jefe del lugar. Jefe y tuno, casi tunante, que nos «obsequió» con una serenata musical, por supuesto, y unos versos de exaltación de la libertad, el amor, la paz y esas cosas.
El menú se componía de bonito y fideos con pescado. Debo reconocer, y reconozco, que estaba sencillamente magnífico. Podíamos haber cenado en la terraza, como pensamos en un principio, pero preferimos hacerlo en un salón interior. Estuvo genial.
Al acostarme pude oír el ruido del mar desde la haima. Tras un breve periodo de tiempo, se apagó la luz y el sonido desapareció. El tuno también.
Viernes 5 de Octubre.
Nos despertamos pronto. El buen tiempo y el cuerpo descansado me empujaron a un paseo a pie hasta el borde del mar. El camino es corto y descendente y es de arena fina y rubia. Desde el borde del continente observo el arenal. Se ve imponente. Es un lugar estupendo con la luz recién salida de la oscuridad. Hay alguna caseta de pescadores, como en todo este último trayecto desde el Aaiún. De vuelta a La Dune, me encuentro con una mujer del lugar que camina lentamente, haciendo paradas para tomar aliento. No puedo resistirme a fotografiarla, sin robarle el alma por supuesto. Los matices cromáticos de la mañana y la humedad del ambiente hicieron el resto.

En La Dune el desayuno me recibió junto a la compañía del resto del equipo.
Nos preparamos para ponernos de nuevo en marcha, desperezados y algo cansados por el acúmulo de días y de caminos. Al principio del viaje parecía que nunca iba a llegar a pensar en la hora de volver y sin embargo ahora el camino de regreso es un motivo principal para apurar de buen ánimo las últimas jornadas.
Esta vez toca de nuevo camino por asfalto, lo que no deja de ser un descanso. Son las 10:50 cuando la caravana se vuelve a formar. Vamos camino de Essaouira. Será la última parada antes del regreso a casa. Nuestro biólogo de guardia solicita una visita a un lugar concreto. Viene a decir que pasar de largo de ese objetivo que propone y no verlo se podría considerar delito. Se le concede el deseo y nos paramos donde decía, en unos acantilados entre Agadir y Essaouira. Es una zona donde se produce, tal vez, el anidamiento más importante del pájaro Ibis. El paisaje costero vuelve a llenar nuestra visión. Es aquí donde veo lo más curioso que he visto tal vez nunca. Es una cascada de arena. Al borde
del acantilado hay una gran duna que va dejando caer su carga en el mar, a través de una grieta, de tal forma que ha creado una pequeñísima playa con sus aportes. Para llegar al lugar apenas nos hemos desviado de la carretera principal hacia una pista de unos cientos de metros que es de arena. Totalmente de acuerdo en que hubiera sido una torpeza no visitar el lugar. Una imagen especial que dudo que desaparezca de mi mente.
Tras la parada, dirigimos el destino nuevamente a Essaouira. En un principio pensamos en parar a comer antes de llegar para agotar las provisiones que nos quedaban. Para ello,y para comprar algo de pan, nos desviamos hacia la playa cuando nos quedan apenas 4 kms para llegar a Essaouira. El pueblo donde buscamos pan es Diabat. Así, a bote pronto no me decía nada. Luego me cuentan que hay una vieja historia que habla de que allí vivió Jimmy Hendrix en los años 60. Concretamente en 1.969
Teníamos la playa a tiro de eslinga, casi. Al llegar al borde del mar nos encontramos con una densa niebla. Algunos toman dirección al interior de la playa para buscar un lugar fuera del paso de vehículos y otros nos dirigimos directamente a Essaouria. En Essaouira ya se sabe, compras y caminata. Antes pasamos por el Riad (Riad Zahra) para dejar cosas. Riad en el que pernoctamos el año pasado por cierto, y que está regentado por una pareja catalana y en el que también trabaja un hijo, concretamente de camarero en el restaurante. Después de las compras y el paseo, cenamos en el hotel. La cena consistía en una parrillada de pescado y algunos entrantes. La parrillada estuvo regular , pero no mal.
Se acabó la cena y se fumaron los pitillos (quienes fumaron) en la terraza del Riad. Una noche tranquila, con buena temperatura y una sensación contradictoria. Alegría con tristeza es una mezcla de la que nunca se sabe que va a salir.
Se acabó; toca dormir y esperar el amanecer para cumplir la última etapa, esta vez la del regreso a casa. Los casi 700 kms que nos quedaban para llegar serían, de nuevo, de continua carretera.
Parar para comer algo por el camino y llegar de noche. Ese fue el final.
Repito, sólo al volver he sido capaz de regodearme en lo visitado. Hay más en todo aquello de lo que en un principio supuse.
A veces es mejor dejar reposar las cosas antes de comerlas.
(1)del Árabe, camino duro.
(2)Escribo tantas veces” carretera” para hacer constar que todavía no habíamos olido la tierra.
(3)Rio Draa. El más largo de Marruecos (también discurre por Argelia llegando a formar frontera entre ambos países), con cientos de kilómetros que discurren bajo la superficie. Sólo con lluvias intensas y duraderas vuelve a «florecer» y a llenar su cauce.
(4)Ksar. Alcazar, palacete.
(5) Sultán Azul. Jeque Ma al-‘Aynayn (inició la estirpe) que combatió la colonización francesa y española en el Norte de África.
(6)Extensa llanura situada entre Hausa y Echdeiria y separada del llano negro por la Saguia el Hamra.
(7)Frente de liberación de Saguia el Hamra y Rio de Oro. Movimiento de Liberación Nacional del Sahara Occidental.
(8)Del Árabe. Fuentes, manantiales.
(9) Roja.
P.D. De las averías y los momentos tensos ya no me acuerdo. De los amigos con los que he compartido este viaje no me olvidaré nunca.
Fotogramas de un viaje.-