
He vuelto al Marruecos mágico. Ese Marruecos intenso de olores y sabores, disperso, ruidoso y bullicioso. Eterno y poco cambiante. He vuelto al Marruecos de polvo y gente en las carreteras, tráfico infernal y aglomeraciones. También he vuelto al Marruecos de la soledad infinita y de la luminosidad deslumbrante. Siempre me llena de recuerdos, de la infancia y de la juventud perversa que me dejaba momentos de ensoñaciones (no ensoñación excesiva, ¡por favor!) profundas pero pasajeras.
PARTE I
Salimos de Ceuta con la emoción acumulada por los días de preparación. Tánger espera al grupo y el grupo espera en Tánger al último de los componentes de la expedición sin contar a Juan Ramón, que por lo que dicen los que le conocen, llega siempre, pero no a su hora. Guillermo vuela desde Madrid. Es su enésimo viaje por el país. Su presentación es natural. La naturaleza de las personas se conoce nada más aterrizar. El aterrizaje es literal. Sus primeras palabras fueron a modo de exaltación y se refirieron, expresamente, a Nueva Zelanda. Las cosas que suceden en el campo se quedan en el campo. Amén.
Kilómetros de carreteras, lo más odioso y penoso de los viajes al Sur, llenan las horas siguientes. A pesar del largo camino, la música, la inercia de las ganas acumuladas y el paisaje, endulzan la larga travesía. Te llenas de pensamientos iniciáticos. Todo está aparentemente visto pero siempre queda la ilusión del navegante que busca nuevas tierras que descubrir. Esta vez mi viaje es de copiloto, expresamente elegido así, para poder verlo todo desde otra perspectiva. Quería verlo todo; todo es todo. Lo contrario de nada. Vi todo, menos algunas cosillas.
![IMG_2447[1]](https://sinfourlife.com/wp-content/uploads/2017/12/img_24471.jpg?w=250&h=333)
Ifran (Ifrane para los Galos) sigue donde siempre. A mil setecientos metros de altura y con un frio hereditario. Como todo buen viaje de “aventura”, el horario es imposible de cumplir. Ifran es una opción válida y como tal servirá para descansar. A la luz tenue del porche del hotel Relai Ras el Maa intercambiamos pareceres. Las habitaciones repartidas y las bebidas en la mesa son el final de la larga cabalgada hasta esta parte del país. Recuerdo, de mi última visita, desayunar rodeado de jóvenes de la Universidad de Al Akhauayn, de las más caras e importantes de Marruecos. Esta vez no ha sido igual. No los he visto. Vacía la cafetería y llenos de frío, es el ambiente del pre-desayuno. Helados con la temperatura ambiente y con el precio Occidental del servicio, salimos a la intemperie en busca de los carruajes apostados en el parking. A la salida, bus de septuagenarios turistas que quieren tomar posesión tras nuestra salida. Huimos del lugar sin mirar hacia atrás. En este viaje se mira más hacia adelante que hacia atrás. Me gusta así aunque me cueste la vida luego recordar cada nombre y cada imagen de lo visitado. Para la ocasión vuelvo a llevar mi mapa en papel. El de toda la vida, el de carreteras. Desde hace algún tiempo, mis viajes deben ser reflejados en estos malditos mapas. Malditos, porque se deterioran, pero no cobardes. Siempre dicen la verdad.
Cerca está Azru (Azrou para los Galos, otra vez). La primera visita siempre es la mejor. Las siguientes sientes un poco de desinterés. Es un lugar trabajado para el turismo, atrayéndolo con el Gran Cedro Gouraud, el cedro milenario más grande de la región. Por cierto, ya es pasado. No aguantó la “plaga”. Ahí quedan los reportajes fotográficos para recordarlo.
En medio del llano apto para vehículos, la parada atrae a los macacos de Berbería. Mendigos a la fuerza. Uno siente un pellizco lastimoso al observar como acercan sus manos para pedir alimentación. El frío es intenso y el bosque no da más de sí. Particularmente, el lugar no me dice gran cosa, como anticipé. Como Murakami, me dejo llevar por canciones mientras me diluyo entre pensamientos. No puede haber tregua en este viaje. Debo dejarme la piel en cada imagen, en cada observación. No es tiempo para distracciones. Me lo tomo como si fuera el último. La última gran aventura. El verde me retrotrae a paisajes de Navarra. No es que haya similitud entre una tierra y otra. Sólo que, de repente, me fui a treinta años atrás.
La N-13 marca la dirección. Midelt es una provincia en la región administrativa de Meknès-Tafilalet. Un paso más hacia el Sur lo mismo que Ar-Rachidia. A la salida de la población hay un buen palmeral. Te acostumbras a la belleza y ya lo ves sin intensidad desmedida. Aún voy viendo lugares conocidos. Intento relacionarlos con personas a las que he acompañado o viceversa. Empecé mi interacción con el Gran Sur hace más de 25 años. La conducción por tierras cuasi vírgenes me inoculó el germen de la arena. Una enfermedad degenerativa cuyos cuidados paliativos son básicamente el recuerdo constante y la visita periódica.
Tras todo este tiempo, la realidad del Marruecos profundo apenas ha variado. Es como si la vida se hubiera parado, dejando este paisaje como una postal. Siguen acercándose los críos pidiendo stylo et papier. El riesgo es también el mismo que antaño. Se acercan mientras los vehículos están en movimiento. Prefiero que el vehículo esté en modo parado. No hay necesidad de tener un accidente por unos bolígrafos. Bolígrafos y papel; No entiendo como después de todo, sigan con esa necesidad. No sé cómo puede suceder aún. Y falta el toque final. Siguen pidiendo Bonbons. ¡Caramelos!.
Y de repente Erfoud (Arfud en Bereber). Ciudad de películas y de Oasis. Sólo ponerme a imaginar el rodaje de cualquiera de las películas, estando precisamente en el lugar, ya es un plus. Pasado el palmeral de Tizimi, la caravana (podría ser nuestra película) busca ¨Hamunaptra¨, conocida así por gran cantidad de personas. Si has visto la primera película de la Momia y te sitúas en este escenario, entenderás lo que escribo. No recordaba exactamente el lugar. Creo que fue en mi primer viaje cuando lo conocí. Me falla la memoria tanto como la vista. El recinto amurallado, con un espacio abierto central, que te adentra en la montaña hueca, es de película. No me he esforzado mucho para hacer este símil, lo reconozco. El interior tiene un espacio ascendente que tampoco dice mucho. Sólo al subir por la pista y llegar al final es cuando te sobrecoges. Eso sí es un escenario natural. El límite del recinto es un acantilado de más de cien metros de caída. Abajo, donde no es bueno caer, sólo hay inmensidad. Una planicie sin fin, bordeada por algunas estribaciones montañosas. Es por la tarde y los colores, tanto del cielo como del terreno, son increíbles. El borde del precipicio me recuerda un poco al balcón del fiordo noruego que sale en tantas páginas turísticas (el púlpito). Es un momento especial, desde mi punto de vista, de la ruta. Me quedo un momento extasiado, alejando mi vista hacia el borde del infinito y recordando algunos momentos personales. Me he dejado llevar por el lugar. Sí, sí. Las fotos pertinentes y la charla pie a tierra no faltan.
Es imposible seguir el horario previsto. No podemos entretenernos en regocijarnos con los exteriores. Bajar por la pista no es lo mismo que subirla. Es como coger olas de proa o de popa con el kayak. Mejor de proa. Lo dicho, la bajada es un poco más técnica. Un par de balanceos. Un par de cabeceos. Tres o cuatro inclinaciones y, pasado todo, vuelta a hablar con tu piloto.
Vamos, que hay que buscar donde pasar la noche.
Ese ¡vamos! es para Merzouga. Puede que el camping se llame ¨La Chance¨. Quitamos lo que hay que quitar y ponemos lo que hay que poner. Se cena, se charla y se hidrata el personal. Es un doping circunstancial, previo a dar las buenas noches y descansar. Mañana más.
Y como aquel programa de radio… si amanece nos vamos. Es un decir ya que amanece, nos despertamos, nos acicalamos, desayunamos, recogemos y…salimos. 11 A.M. Para que mentir, esa será la tónica diaria. Por la noche, promesas de ligereza en la partida; en la partida, promesas de recuperación del tiempo perdido. Un bucle. Cuando embarcamos en los vehículos la vista es distinta ya. Estamos en el Erg Chebbi. Qué diferente apreciarlo de día a de noche. Como norma, llegamos en la noche imaginando un paisaje que no vemos y al amanecer, salimos con un paisaje que sí vemos pero que nos cuesta imaginar como pudimos llegar sin ver. Moviéndonos por el Erg (primera toma de contacto con la arena desértica del viaje) aprecio esas dunas de la izquierda. El Sol incide en el suelo arenoso
y refleja colores que no puedo explicar. Es carretera aún y suena Antonio Vega, “una décima de segundo”. Que cachonda la situación. Una décima de segundo en un lugar como éste es una eternidad en cualquier otro sitio. Por un momento, desconecto y me incluyo en el espacio que ocupa mi vista. Me gusta. De esta zona recuerdo KsarHamlia. La población es sobre todo Gnawa, descendientes de antiguos esclavos mauritanos de Marruecos y que tienen una música muy característica en la que utilizan instrumentos que recrean el ruido que hacían las cadenas de sus antepasados (copia literal de un escrito anterior).Visualizo la fotografía de una actuación de ellos, sacada en otro viaje, que guardo como tesoro en mi cofre de los momentos especiales.
Jorge sigue firme al volante y, como ha dado sobradas muestras de controlar su carruaje y el camino, lo abandono, espiritualmente, durante unos minutos. Quisiera explicar lo que pienso del momento pero mejor lo dejo dentro de la cabeza. Pasados unos kilómetros y repostados, enfilamos cada vez menos asfalto y más arena y piedra. A la altura de “Taouz” (antiguo asentamiento de una guarnición de la legión extranjera francesa y a apenas unos 15 Km de la frontera de Argelia), metidos entre polvo en suspensión y con bastantes camiones trasegando, escuchamos la aclaración a tanto tráfico. Alfredo explica, a través de las ondas, la existencia de extracción de minerales, muy cerca. Concretamente nos habla de Baritina. Indago un poco y amplío la información recibida. Se extraen también: Vanadinita, hierro y galeno. Además, puede que alguno de los fósiles que hayas podido ver/tener en tu vida, vengan de por aquí.
Nos cruzamos, aparte de con camiones, con otros vehículos 4×4. Pasado un tiempo el mundo parece abrirse.
La sensación de encajonamiento desaparece para dejar paso al Daya el Maïder. El camino continúa y vamos dejando a nuestro paso pequeños oasis. De vez en cuando el grupo se detiene para dejar algunas bolsas con ropa debidamente clasificadas. Es la pequeña ofrenda que efectuamos. Reconfortante y al mismo
tiempo triste. La clase media marroquí habrá subido en su status social pero la baja (muy baja) sigue ahí, hundida en el pozo del tiempo. Hay quien dice que es su forma de vida. Yo digo que es muy dura esa vida. Es como cuando hablamos de regatear al hacer una compra. Tenemos que hacerlo porque es su idiosincrasia. Yo siento cierto desconsuelo cuando veo realmente lo que supone ese regateo. En algunos casos, apenas unos céntimos. Sí, puede que se diga que si damos lo que piden es alterar lo establecido. Bueno, tal vez en otro momento profundice en el estudio de esta filosofía. Lo que sí es cierto es que ya hay muchos comerciantes que utilizan el precio fijo.
Atardece, y mientras se acerca el ocaso, sufrimos el rigor del deslumbramiento. Es complicado seguir el camino en esas condiciones y es por ello que, aun siendo difícil de entender, deseo casi que es mejor que llegue la noche. Por fin se enlaza con la N-9 en el punto de Tagounite. Unos kilómetros más adelante dirigimos nuestros destinos a Mhamid. Sería estupendo, maravilloso y de buen juicio hablar del lugar con el resto del personal. Lo haré, pero con la llegada de la luz diurna. Ahora sólo veo hasta donde alcanza la lámpara en la frente, que tapa las arrugas propias de la edad. El personal va preparado para la acampada libre. Digo preparado porque no me sale un calificativo que lo mejore. No falta equipamiento ninguno; las funciones están repartidas de manera tal que cada uno hace algo sin sentirse presionado. Sé que algún cocinero podría discutirme el hecho, pero como el que describe la historia soy yo… Hago un ejercicio imaginativo. Pienso en algo que no tengan en el grupo y por el momento no lo descubro. Seguiré pensando hasta dormirme, después de la cena y del vasodilatador, claro.
El horario es el mismo de días anteriores. Nada que reseñar. Me desperezo con el Jebel Bani a un costado y las dunas al otro. Sé que el Oued Draa está ahí, pero no se le ve. Prefiere ocultarse para ir saliendo cuando le place. Es el agua que mece la tierra. En verdad no sé quién es el poderoso en el contencioso. Si la tierra que se traga el agua o el agua que se escurre hacia el interior del manto de arena y piedra. Lo que sí sé es que florecen pozos y oasis para que los habitantes, humanos o no, hagan uso de la vida que aporta.
Llega el esperado momento de los pilotos. Ríos de arena (literal) hacen que se afinen con la dirección del 4×4. Van eligiendo la tracción y la rodada que seguir. Algún salto con pérdida de morro, concretamente matrícula, sucede en el tránsito por estos parajes.
Y aparece el Iriki. Tenía ganas de volver a moverme por sus parajes. Lago que dejó de serlo por la presa necesaria para abastecer de agua a familias y terrenos. La tierra aparecía esta vez descarnada, cuarteada. Se seca sin remedio. La infinita vista del lago no ha desaparecido. Miras lejos y más lejos queda el final de la vista. El polvo cubre el ambiente al paso de los vehículos obligando a llevarlos en líneas imaginarias paralelas. Un espectáculo para la vista, un desorden para el grupo. Aquí sí parece que la tierra es plana. Zona inundable que no inundada. Se abre, ante los ojos, la grandeza de la naturaleza. Tengo palabras para definirlo pero seguro que cada uno tendrá también las suyas, así que lo dejo para que cada cual haga la definición que crea conveniente. La escena, no sé por qué, me recuerda a una de las de Apocalypse Now. Los 4×4 navegando (sustituyendo a los helicópteros), como flotando en el aire, sin camino, en formación y llenando de polvo toda la pantalla. La cabalgata de las valquirias. La tarareo para mí.
La jornada va a ser intensa. Seguramente sonarán, otra vez, más de cien canciones hasta llegar al próximo destino. Mi piloto ha montado una colección musical digna de nombrar. La nombro. Seguramente los que conducen tendrán cien mil cosas que contar de lo experimentado hasta el momento. Yo me limito a observar. De vez en cuando digo algo para intentar apoyar en la conducción, pero poca cosa. Esta gente también son buenos pilotos. En este punto, quiero hacer mención especial a los medios utilizados para la intercomunicación entre vehículos. Necesarios es la palabra. No te das cuenta del valor que tienen los aparatitos hasta que te quedas sin ellos. En mi coche nos quedamos sin poder comunicarnos en tres ocasiones. Tres que obligaron a cambiar los aparatos por otros. Gracias Emilio y Alfredo. Te quedas como fuera del grupo, apartado, a ciegas.
Cerca de Tangarfa giramos en busca de la N-12. Vamos a Tata para pasar la noche. Atrás hemos dejado Mohami y el albergue, Hamada Dra, del día anterior.
Tata también nos recibe con el cansancio acumulado de días intensos. El camino está salpicado por altitudes superiores a los 1000 metros. En fechas precedentes hemos pasado noches frías. Por estas tierras, los agadires empiezan a aparecer. Agadires son lugares fortificados, generalmente situados en lugares elevados, que servían, (y sirven) para proteger y guardar el grano recolectado (el orden de los factores…). Generalmente se observan más continuamente hacia el norte, en el triángulo imaginario que forman las poblaciones de Igherm, Ait-baha y Tafraoute.
Es tanto lo que esta zona aporta que la imaginación no puede parar de trabajar. En mis silencios, como dije anteriormente, me lleno de historias no narradas.
Se van perdiendo los encuentros con los palmerales. Llegado a este tramo de la narrativa y vista la hora en la que la transcribo, me vienen a la mente las cervezas del camino. Llenos de polvo a veces, otras llenos de emociones vividas en los tramos. Momentos de intercambiar impresiones, consejos o simplemente de saciar la sed. Se acerca una noche más. Se acerca el deslumbre y le seguirá la penumbra que inunda el silencio, hasta que nos perdamos en la oscuridad, nuevamente.
En estos días oigo, atento, los comentarios de los demás. El ser humano está lleno de sorpresas. Evidentemente todos tenemos nuestras negatividades. Estas suelen aparecer en los momentos más complicados y, una vez pasados, es fácil decir lo de “era previsible”. Sinceramente, no puedo usar esa frase. Hasta este momento, a día de la narración, la convivencia ha sido normal. Normal viene a decir algo así como genial.
Hasta aquí, hemos pasado controles surrealistas, caminos y zonas que nos llevan a destinos totalmente deshabitados, a veces, paisajes lunares, marcianos, otras, pueblos/ciudades de siglos lejanos. Puedo asegurar que estoy en el Sur que conocí, aunque no haya circulado, concretamente, por algunas de las localidades que visitamos. Apenas unas pistas asfaltadas, reconvertidas en estrechas carreteras cambian esa imagen que tenía del lugar.
Volviendo a la preparación del viaje (perfecta, por cierto) llega el momento de hacer referencia a los track. Los navegantes llevan la ruta de tal manera que podría seguirse sin mirar el camino. Bueno, para ser sincero, en alguna ocasión sería conveniente mirar el camino para evitar tener que reconducir algún kilómetro de más. Si sigues los track, no te pierdes, salvo que la accesibilidad haya desaparecido por arte del viento o el agua. Vuelves y buscas el camino. Ya está.
Vemos el esplendor del nuevo día por las inmediaciones de Imitek. Un poco más adelante nos salimos del asfalto a la altura de Tazegzaoute. Es un trayecto de ida y vuelta porque el acceso está cortado. La altitud ronda los 2000 metros. Volvemos a ver palmerales por estos lares y no hay sorpresas en todo el trayecto. Realmente todo ha sido muy bien llevado. Incluso los intentos fallidos para continuar la ruta señalada sirven para un relleno provechoso del currículo de los artistas del volante de ésta, nuestra expedición. Lo cierto es que hay para todos los gustos.
Tenemos, a tiro de mapa, muy cerca, las Gorges D’ait Mansour. Cada parada es una locura. Debo marcar los puntos en el papel, porque de otra manera es imposible que pueda generar, a posteriori, los pasos dados y a veces, la velocidad de las visitas me hacen creer que estoy a punto de ir de dónde vengo o a venir hacia donde se supone que voy. El mapa sirve para orientarme, por suerte para mí trabajada cabeza.
Trafraoute. Ciudad Bereber sustentada por un largo palmeral. Aquí efectuamos una parada obligatoria. Un té reconstituye. No es la primera vez que pregunto por el wi-fi, y aunque a algunos les saque la sonrisa, suele ser utilizado por la mayoría. Es tiempo de ir colgando (aprovechando el ancho de banda) algunas de las fotos del viaje y así no se acumula el trabajo para el final. No me hagáis mucho caso, pero creo que es miércoles. Al menos el zoco está funcionando y es en ese día cuando se celebra. Los días pasan tan rápido que me sumerjo en la incertidumbre del momento en el que vivo. Vale, también es un poco de despiste o tal vez, de falta de interés por el día que es. Eso es buena señal. Un viaje marcando los días en el calendario es síntoma de gatillazo. La población mantiene bastante bien conservado el patrimonio arquitectónico. Se agradece. Además hay papeleras, aunque a alguno le cueste verlas. Si fuera febrero disfrutaríamos del Festival de la Almendra. Es evidente que no es ese mes. Lo dejo ahí.
Una jornada atrás hablaba con el grupo, vía radio, que no tenían que perderse el “sombrero de Napoleón” (piedra caballera). Bueno, creo que fui el único que no pudo verlo. En carretera, tuvieron la suerte de apreciarlo por el espejo retrovisor. Lo que si pudimos ver todos fueron las “Rocas Azules” de Aoumertk. Lo que empezó siendo una forma de expresión particular, se ha convertido en una feria de brochas y pinturas, general. Creo que se han pasado pintando piedras. De todas formas, es un punto de interés turístico, aunque sólo sea anecdótico. Nos quedamos con cosas por ver del entorno. Cosas interesantes según la apreciación de otros visitantes. No descarto una visita, en un futuro, específica por la zona. Se aproxima el final, de lo que a mi parecer, es la primera parte (de dos) del viaje iniciático. El rumbo es Tizmit. Lugar de alguna compra y de comida a su hora. Por fin, ¡comida a su hora ! Aquí sí notamos la cercanía de los guías. Bueno, realmente quien lo nota es alguien cercano a mí y algún que otro componente del grupo. Al final nos dejamos llevar por uno de estos guías para la comida. Lo mejor para explicar la comida es con una fotografía del método para asar.
Me gustaría explicarlo. Atentos. Imaginad una máquina de asar pollos, con apariencia de nueva, y unos cuantos de estos pollos atravesados por el pincho típico que sirve para sustentarlos mientras se asan. Hasta ahí todo normal. Lo realmente sorprendente llega cuando me fijo en la base del asador. Podéis creéroslo. Estaba con carbón. Por lo visto el mecanismo del gas no iba, o sabe Dios. Tal vez le pareciera caro el gas. El caso es que, ante mi incredulidad, quiero sacar una foto del elemento. No era para ridiculizarlo. Sólo era con la intención de inmortalizar esta extraña situación. Cuando el mahle del lugar ve que tomo fotos me hace una señal. Me sugiere que no la haga o que solamente espere. No le entiendo en primera instancia. Me quedo un poco parado porque pienso que tal vez le moleste. ¡Sorpresa! Manda a uno de sus empleados a que apriete el botón rojo. La máquina empieza a hacer girar los pollos. Magnífica instantánea. Las miradas se cruzan buscando la complicidad de tan fabuloso hecho. Sonrío y asiento tan memorable situación. Saco la foto y el botón rojo vuelve a pulsarse para detener el mecanismo de giro.
Y llegamos a Tiznit, camino de la costa Atlántica. Se me acaba la primera parte del viaje. Lo sé. A partir de aquí es volver sobre pasos dados, con más asiduidad, en incursiones anteriores. El temor a los Kilómetros que nos quedan de vuelta, encima del asfalto, me dejan un poco dubitativo. ¿Será mucho, tal vez, para mi cansado cuerpo ?.
PARTE II
Se deteriora el mapa del uso excesivo. El olor a mar vuelve a llenar el ambiente mientras, con gestos cansados, nos acercamos al Atlántico. Aglou-Plage nos recibe con frescor y humedad. Nos dejamos querer por el destino y después de un rato de movernos, para acoplarnos al lugar de descanso, se acuerda cenar cerca del mar. Ni un alma en el camino hasta la playa. Es una carretera con ligera inclinación hacia el Océano. Cenamos tranquilos, junto al paseo marítimo, y vamos uniendo piezas del puzle del viaje. Se han creado temas comunes que, junto al uso de palabras claves, sirven para hacer un montón de momentos inolvidables de cara a futuras conversaciones rememorativas.
La prueba “física” del viaje creo que ya ha sido superada. El agotamiento acumulado es otra cosa. Todo ha ido genial, en parte por los que han organizado esto y en parte (fyfty-fyfty) por los que han acogido como suya la idea. Los agradecimientos vendrán al final.
Los momentos de vasodilatación, previos a la huida hacia el encuentro con Morfeo, son óptimos para crear lazos de amistad eterna. Se habla de pasado, presente y se imagina el futuro. Vas conociendo a la gente por pequeños detalles, igual, supongo, que ellos te conocen a ti por lo mismo. En esos pequeños detalles he conocido a mis mejores amistades. Amistades que agrupo por experiencias o por cualquier otro momento compartido, que circunscribo en un periodo concreto de tiempo y a las que clasifico por letras. A, B, C… No es un orden de preferencias. Es sólo una herramienta para ubicarme. El A no es el mejor, es el primero, por ejemplo. Tampoco es el peor, que conste. Si sigo explicando se interpretará lo que no es. Volvamos al vasodilatador y dejemos la divagación. (Esperaré tranquilo a la pregunta de “¿a qué grupo pertenecemos?”).
Amanece y veo el mar. La mer. La preparación del desayuno se ha llegado a convertir en ritual. Hay quien encuentra lo perdido entre todo tipo de utensilios y hay quien lo tiene todo a mano como en tienda de ultramarinos (En esta tierra pegaría decir Bacalito. Influencias de mi infancia) El caso es que la sonrisa matutina aparece con absoluta naturalidad. Hoy veremos mar hasta que el día se acabe, a pesar de que la intención era otra en un principio.
Recorremos la línea de mar haciendo casi equilibrios por el borde de los acantilados. Llegado el momento, los conocedores de lo que llevan entre manos deciden bajar presión a los neumáticos. Un par de advertencias así lo aconsejan. De esta manera se circula como dibujando caminos inexistentes. Las trazadas son seguras y pareces flotar. Se mezclan suelos arenosos con pedregosos y el grupo realiza varias paradas para la observación de los acantilados marinos. No he discurrido nunca por este espacio natural ya que siempre que he viajado por aquí ha sido en paralelo al mar, un poco más hacia el interior. Me gusta. Supongo que si pasas un par de veces lo ves con más frialdad. Como todo en esta vida, casi. Me recuerda a la costa de Normandía; cada una con sus peculiaridades.
El grupo es heterogéneo. Hay quien maneja muy bien los temas informáticos, otros los de navegación, seguidos por los culinarios, de naturaleza del lugar… En fin, hay de todo y, sobre todo, hay mucha coordinación y conocimientos.
Navegando, nos encontramos ante Tifnite. Es una pequeña población marinera, con embarcaciones tipo patera aferradas a tierra firme esperando a que sean depositadas en el mar, que se caracterizan por tener la proa elevada. La primera vez que vi ese tipo de embarcaciones fue en Moulay Bousselham, cerca de Ksar el Kebir (50km). Como digo, se parecen mucho las embarcaciones aunque las de Moulay tienen la proa bastante más elevada. También es verdad que la salida al mar en Moulay, desde la laguna, es bastante complicada porque se levantan olas bastante considerables en los bancos de arena que separan la laguna del Océano.
Una vez estacionados en Tifnite, observamos desde la planicie donde estamos construcciones a modo de barracas que conforman la parte superior del pueblo. Son construcciones que sirven de almacén para herramientas y demás enseres de los pescadores. Mientras observo el lugar, recuerdo que estuve aquí hace años. Realmente había un algo que me llamaba la atención del lugar pero no sabía decir el motivo. ¿Por qué me daba el pálpito de que aquí tenía que ver alguna cosa ? No supe descubrir el motivo, así que, ante la propuesta de seguir camino no opuse la menor resistencia.
No debían estar los dioses muy contentos. Hubo una pequeña parada, apenas unos metros más allá. Se escrutaba el entorno para buscar un lugar donde tomar algún picoteo. Era la hora apropiada. De repente me quedé mirando el cabo que sobresalía (como todos los cabos) en dirección Norte. Ahí estaba lo que buscaba. ¿Era eso, no? Me pregunté un par de veces. Señalé con mi dedo índice (Creo que con Colón hicieron algo similar) en dirección al cabo, que ahora si se veía desde esta altura. Aquello es un bar/chiringuito/o lo que sea, similar a lo que buscábamos y que vi una vez, dije en voz alta. Prismáticos en ristre, alguien dijo, sí, se ve algo allí que parece eso. Era una opción válida ya que en esta ocasión las prisas por cumplir horarios ya parecían haber pasado a mejor vida. Volvimos sobre nuestras rodadas y aparcamos como hicimos unos minutos antes. Al bajarme del 4×4, sin esperar a nadie, inicié el descenso, entre chabolitas y por estrecheces con suelo arenoso, hacia la playa. No era el cabo lo que realmente buscaba. ¡Ah no, no puede ser! De repente, como cuando te quitan una venda de los ojos para mostrarte una sorpresa, vi otra cosa. Fue una visión mental. Ahí abajo, oculto a las miradas e incrustado en las, ya sí, casitas de ladrillos, había un lugar que visité en otra ocasión. Esos metros parecen eternos (“Nuestras horas son minutos, cuando esperamos saber, y siglos cuando sabemos lo que se puede aprender” A. Machado). Y cuando llego, por fin, al arenal…eh voila! 
Resto, Bistro, “Chez Maxim´s”. Poissons, grilles, thé, boissons, w.c…Era Maxim. Qué larga historia en este lugar. Historia con mi grupo C.
El día es espectacular. Repartidos en unos metros cuadrados de playa, Maxim´s ha declarado la guerra al anonimato. Unos tres grupos comen y beben, por separado, en mesas playeras sin orden, dispersos en el arenal. En la terraza de lo que podía entenderse como restaurante, algún grupo más se afana en finiquitar el almuerzo. Guío a algún componente del grupo hacia el interior del local. Hay bogavantes vivos, listos para señalarlos y darles nombre y apellido. El acuerdo es cosa de Juan Miguel y Juan Ramón. Conocen bien el espíritu negociante del Bereber. Tras la aclaración de un desfase de kilos, entre lo ofertado y lo suministrado, se prepara el anafre a unos metros de las mesas y sillas vestidas para nosotros. Hay sombrilla también. Una. Es difícil apagar el Sol para ocho con una sola sombrilla. A duras penas se consigue un armisticio en la lucha por la sombra. Particularmente, prefiero el Sol. Fuente de vida. Descamisado, dejo la piel a los pies del rayo que no cesa. Cuando creía que iba a ser el eje de la valentía, Juan Ramón se descubre, y con bañador tapando lo más íntimo, se introduce en el Océano Atlántico. Gallardía según se mire. A su salida recibe un sonoro aplauso de los comensales de las otras mesas, acompañado del vitoreo del grupo. Es una situación mínimamente surrealista. Una vez que la toalla se enroca en su cuerpo, vuelve la tranquilidad a la playa. 
Al carbón. Los bogavantes hechos al carbón no son tan fáciles de cocinar. Éstos salen perfectos. Además, tienen el peso ideal. Ni grandes ni pequeños. Lo acompañamos de alguna cerveza que nos han venido acompañando desde la salida de Ceuta. Miro la cara de los compañeros de viaje y denoto bienestar. Jorge sonríe constantemente mientras recuerda tramos de conducción; Emilio no pierde de vista el mar y su cerveza; Agustín suelta su humor a recorrer la reunión; Guille no para de enfocar y de dar caladas intensas; Alfredo piensa en el siguiente viaje mientras destripa lo que nos queda de éste; Juan Miguel analiza con tranquilidad y transmite su seguridad al tiempo que se aleja y vuelve de su sesión de fotos . Por fin, Juan Ramón se seca. Es el rey en el mano a mano de las conversaciones con su agilidad mental. 
La ruta debería seguir hasta las cascadas de Imouzzer des ida Outanane ,o sea, el “Velo de la novia”, al Norte de Agadir . Situado en un valle colonizado por antiguas tribus Hippies y conocido como valle paraíso. Lo visité hace algún tiempo, también con mi grupo C. Mi opinión es, viendo la hora, dejarlo para otra ocasión. Ir allí, con la sequía que hemos apreciado durante todo el recorrido, no es una idea muy acertada. Las cascadas son preciosas, así que sin agua no tiene sentido. Es aprobada la moción. Hay que ser congruentes.
Continuamos la ruta en dirección a Essaouira. Para ello debemos movernos con agilidad por los alrededores de Agadir, hasta dejarlo atrás. Tema delicado por el tráfico que se supone intenso. Pasado lo peor, Alfredo propone, vía radio, subir al mirador para ver la población bajo un manto de estrellas. La Ciudad se ve atropellando al mar. Hay buques de pesca por decenas y algún mercante en el muelle de la zona Norte.
El tiempo pasa despacio en el mirador. Hay camellos y vendedores ambulantes. Supongo que el turismo lo llena todo en horarios y fechas más decentes. Estoy muy cansado y deseoso saber que vamos a hacer para pasar la noche. Tras una breve reunión del grupo se acuerda seguir hasta Essaouira. A mí particularmente me parece una opción bastante acertada. Estar todo el día siguiente en Essaouira nos permitirá recorrerla con tranquilidad. No sé el número de veces que la he visitado pero es un lugar que no me aburre.
Durante el viaje por carretera me duermo sin querer. Sólo es un momento, creo. El cansancio me puede y no controlo los párpados. El tiempo que fuera, me sentó de maravilla. Me pregunto si Jorge irá bien y lo verbalizo. Jorge va bien, yo voy bien, todos irán bien.
Paseo por las callejuelas de Essaouira, acompañado del grupo. Frente a la ciudad se observa una isla. Se llama Mogador. En algunos apuntes leo que Essaouira era conocida anteriormente con ese nombre. Lo investigaré. Hay tiendas por todos lados. Primero por la parte de la medina, considerada Patrimonio de la Humanidad. Es una medina como otras muchas aunque llama la atención su limpieza y el poco acoso al que someten al turismo. Mientras camino nuevamente por estas calles, pienso las veces que he dicho que me gustaría asistir al Festival de Gnaua y Músicas del Mundo de Essaouira. Tantas veces dicho y tantas veces sin hacer. Ciudad ajetreada pero limpia, tiene un poco de todo. Pesca, artesanía, arenales…
Es un paisaje de película también. Esta tierra está llena de exteriores. Concretamente, por aquí anduvo Juego de Tronos hace un quinquenio. Me podría extender hablando de esta ciudad pero tal vez me pierda y voy en grupo. Sobresalen el azul y el blanco. Tengo tiempo de ir mirando, preguntando y, cada cierto tiempo, me dejo llevar por el ambiente. Hay tanto que ver…
Recorro el límite de la fortaleza que rodea toda la medina. Al llegar a la zona defensiva que da al mar, nos llega la información de que ha sido remodelada recientemente. Hemos tenido suerte ya que está parcialmente abierta al público. Hay compras por parte del grupo durante la visita. Prefiero no comprar nada. Tengo bastantes recuerdos del lugar ya. 
Entre fotos y regateos, el día va pasando. Los que tienen aún pendientes compras se mueven de lado a lado. Cuando creen encontrar lo que buscan, entran en el juego del toma y daca. Y de repente, mientras algunos intercambian opiniones y deseos en un bazar de la Place Marché aux Grains, incrustado en una especie de soportal, oigo salir, de una pequeña tienda que hace esquina con el mismo, una música conocida. Es un tema de Beirut. «Santa Fe» o «Vagabond», ambas muy parecidas, de ahí mi amnesia parcial en este momento. El caso es que atraído por la música me inclino ligeramente hacia adelante y giro la cabeza a mi derecha para apreciar mejor el sonido. Veo en su interior a una chica dejándose llevar por el ritmo pegadizo, entre suave y movido. Se contornea mientras hace girar su cuerpo con armonía hasta que queda frente a mí. No sé por qué creo que es francesa, así que le digo -«C´est bien. Sont-ils Beirut, n´est pas? –Sí, me encantan! responde en un perfecto español. Bueno, eres española. Concretamente de Vitoria, me dice sonriendo. Charlamos un rato y mientras, va apareciendo el resto del grupo. Vino a pasar una temporada y le encantó la ciudad con su ambiente y su luz. Montó la tienda Nika– Vintage & Second Hand-.
Chica muy simpática. Nos recomienda algún local con música en vivo pero le contamos que tenemos hora con el próximo destino. Saldremos por la tarde, tal vez tras comer algo. Antes de marchar nos pide una foto grupal de recuerdo. Dicho y hecho. Pose, arreglos y foto. Nos despedimos hasta la próxima con la promesa de remitirle la fotografía. 
Va tomando cuerpo lo de picar algo. Vamos dirección a una de las tres puertas de salida/entrada del recinto y tropezamos con un local que publicita, entre otros servicios, terraza para tomar algo. Como quedan presentes que comprar, la mayoría decide seguir buscando. Guille y yo decidimos entrar y quedamos en vernos ahí mismo cuando acaben. Subimos tres plantas y pedimos. Las vistas al mar son maravillosas. La temperatura es ideal y el servicio no parece malo. A nuestras espaldas hay un pequeño escenario y pienso que no hubiera estado mal presenciar alguna actuación en vivo. Lo raro es que no sirven nada de alcohol. Raro porque el lugar pide a gritos una cerveza y me fastidia bastante no poder degustar una frente a estas vistas.
Esperando el regreso del grupo, charlamos de historias personales. A veces, comienzas una conversación sincera con la persona menos esperada y en el lugar más insospechado. Tampoco es una confesión ya que simplemente es una charla. Es verdad que en algunas charlas, sin saber el por qué, hablas de cosas trascendentales.
Llega el grupo y alguien comenta que tal vez sería bueno comer aquí. Así se dijo y así se hizo. Comimos y no estuvo mal. Precios dentro de lo razonable y con un ambiente agradable. Salut Maroc. Así se llama el lugar. Por poco no paso de tema y se me olvida poner el nombre. Debo reconocer que al llegar a Ceuta tuve que preguntar al grupo como se llamaba el local y Juan Miguel me socorrió. La memoria. Imprescindible ver el W.C. de la planta previa a la terraza. Los sanitarios son increíbles.
Baste ver la inscripción que hay en la taza de loza. «THE VENERABLE». Me han ganado para la eternidad. Cuando nos dirigíamos hacia la planta inferior para salir ya del local, hice un comentario al grupo para que observaran el servicio higiénico. La puerta estaba cerrada porque parecía ocupado. Cómo no íbamos a esperar a que saliera el usuario final, expliqué, más o menos, lo que se estaban perdiendo.
Ya en la calle, comenzamos a caminar buscando la salida del recinto. Visitamos el muelle pesquero. Buques abarloados de cuatro en cuatro y unos pescaderos apostados a un lado, ofreciendo el poco pescado que había en ese momento. Esa es la imagen que me queda del lugar. El olor no era muy agradable y tal vez por eso la visita fue un voy y vengo, sin mucho entretenerse. Entre la salida de Salut Maroc y el muelle pesquero, me entero que el usuario final del w.c. era Juan Ramón. Por lo visto pasó un buen rato oyendo como la visita turística guiada se había frustrado por estar él dentro. Se apunta una.
En la plaza Moulay El Hassan aprovechamos los antepenúltimos rayos solares para tomar un té. Un rato de descanso discrecional. Es una plaza que me recuerda a la Plaza del Comercio de Lisboa. Es cierto, no se parecen en nada, pero a mí me recuerda a Lisboa. Qué le vamos a hacer…
Nos espera la última noche en Marruecos. El alojamiento es en Oualidia. Otra vez perfecto. Ya estaban sobre aviso de nuestra llegada. Vuelvo a tener la misma sensación. Llego de noche y estoy deseando observar las vistas que me voy a encontrar a la mañana siguiente.
No hay que tener prisas. Nos preparan una cena estupenda. Marisco, pescados… muy apreciable. Charlamos en la cena de lo que ha supuesto el viaje, al menos yo. Por un momento tomo la palabra y trasmito mi parecer. Risas y comentarios se mezclan en el ambiente. Anécdotas no faltan, y, mientras nos agasajamos unos a otros con más o menos ironía, sacamos a degustación un cava que nos acompañó durante todo el viaje. Es un cava extremeño. A mí me resulta excelso. Tanto que no paré de comentarlo en el resto de la velada. 
Se acaba el viaje. Tras el despertar, viene el desayuno y la carga de los vehículos. La vista, como presumía, es fenomenal. La laguna, con dos salidas al mar, muestra su estado más tranquilo, intuyo. Se aprecian unas barquitas con asientos para el trasporte de turistas. El final me deja un poco denso. Prefiero no hablar mucho mientras contemplo el paisaje. Se acaba, de nuevo, una fuga a ningún lado.
Ceuta queda a unas cuantas horas de aquí.
Algunos limpian los coches en Castillejos y otros pasan directamente la frontera para acabar esta ruta. Volveré, tal vez, por sendas que no pensaba pisar.
El final de viaje aún no ha terminado. El mapa debo pegarlo, el papel de los personajes no está repartido y la banda sonora no ha aparecido en los créditos.
Imposible hacer una definición del personal. Si digo que me han sorprendido gratamente los recién conocidos, no miento. Es más, tal vez me quede corto.
De mis amigos de antes del viaje que decir. Si mutuamente nos consideramos amigos está todo dicho.
No renuncio a acompañarles en futuras expediciones. Gracias a todos por vuestro trato.
Este viaje, en lo que a mí respecta, tiene dos bandas sonoras. Una es mientras viajamos, obra de Jorge. La segunda es la que solía poner en las veladas, tras preparar todo para la acampada. La primera, la del coche, es difícil de hacer ya que son muchos temas y no tengo tanta memoria como para enumerarlos, pero aporto una con muchas coincidencias. Dejo un par de listas de spotify, La primera con temas muy similares a los que sonaban en ese auto, como acabo de escribir, y la segunda, la de las veladas.
«tito lolo», la del auto (en spotify de Carlos Losada Navarro). «café y sol» la de las veladas. Igualmente de spotify, Carlos Losada Navarro.
Amigos, que nunca, nadie, os impida soñar.
A los viajeros, salud y que el polvo del camino os llene por completo.